“La Iglesia de aquellas naciones (de América Latina) afronta enormes desafíos, pero al mismo tiempo es “la iglesia de la esperanza”, que siente la necesidad de luchar a favor de la dignidad de todo hombre, de una verdadera justicia y contra la miseria de nuestros semejantes”.
(Benedicto XVI)
La esperanza no es sinónimo de pasividad, no significa “esperar simplemente”, con los brazos cruzados, dejando que todo ocurra sin poner nada de nuestra parte para que las situaciones cambien para bien, a nuestro alrededor o en nuestro mundo.
La esperanza es algo que “se hace” hoy en función del mañana, constituye toda una obra de construcción. Implica poner en uso nuestra inteligencia y nuestra voluntad en la lucha incesante por enfrentar los desafíos, a veces enormes, que nos presenta la vida, conlleva el compromiso de actuar con la mirada puesta en un objetivo concreto. El hombre o la mujer de esperanza, por ejemplo, si es creyente, confían en la ayuda divina y no deja de implorarla, pero no cree que Dios lo va a hacer todo, incluso la parte que a él o a ella le corresponde realizar.
“La Iglesia de la esperanza” es una iglesia de oración y vigilancia, profundamente sacramental y bíblica, para poder mirar la realidad con los ojos de la fe, según el Corazón de Jesucristo, sin la contaminación de las ideologías ni la interferencia de intereses meramente personales o políticos partidistas, ajenos a su misión evangelizadora.
El cristiano católico, como hombre de esperanza, está lejos de ser un demagogo y, por lo mismo, no promete lo que sabe que no va a cumplir, es una persona de acción, que espera que las cosas mejoren haciendo algo positivo para que así suceda. Y siendo su motivación más poderosa el amor a Jesucristo, concretado en el servicio a sus hermanos más necesitados, demás está decir que es capaz de grandes sacrificios sin buscar por ello ventaja o pago de ninguna especie, más que el de la mayor gloria de Dios y la felicidad y la felicidad de sus hermanos.
Si a la Iglesia de América Latina se le califica como “la Iglesia de la esperanza” se debe a que se confía mucho en nosotros los cristianos, pues nos creen capaces de poder afrontar el fuerte desafío de la injusticia y la miseria que agobian a nuestros pueblos.
Si creemos en la gracia de Dios, tenemos que creer en que contamos con su amor y su poder para construir la esperanza en este Continente de América Latina. Entonces… ¡Manos a la obra! No defraudemos al mundo… ¡Empecemos por Nicaragua!