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Umberto Eco ()
Nada nuevo bajo el sol
Umberto Eco
El escritor es autor de novela “La Misteriosa Llama De La Reina Loana”, junto con “Baudolino”, “El Nombre de la Rosa” y de “El Péndulo de Foucault”

Voy sentado en el tren leyendo el periódico cuando un señor a mi lado se me pone a charlar: “Hay que ver, ¿ha leído usted en qué tiempos vivimos? Seguro que ha leído hoy lo de ese que ha matado a su mujer que estaba embarazada. ¿Y lo de esos otros dos que hace algunos meses se cargaron a toda la familia de al lado porque tenían la radio un poco alta? ¿Y lo de la prostituta rumana que le clavó el paraguas en el ojo a una chica por una pelea de nada? ¿Y cuántas madres en los últimos tiempos han matado a sus hijos? ¿Y ese que acabó con su hija para impedirle que se casara con un cristiano? Y bueno, si vamos hacia atrás en el tiempo, ¿la chica aquella que se liquidó a su madre y a su hermano pequeño? ¿Y los que secuestraron al hijo del vecino y luego lo mataron porque lloraba? Pero, ¿qué es lo que está pasando?”

Yo le hago notar que, evidentemente, no lo sabe todo. Si hubiera leído con atención lo que he leído yo (posiblemente en Internet) se daría cuenta de que la lista no acaba ahí.

¿No había leído la historia aquella de Piacenza? Un tal Menini, para congraciarse con uno que debía asegurarle el éxito en su empresa, le entrega a su hija, sabiendo perfectamente que era uno sin escrúpulos y que se la despacharía, y luego se va tranquilamente a su viaje de negocios. Mientras tanto, como el marido está lejos, un prometedor gigoló, un tal Egidi, se pone a consolar a la Sra. Menini, se convierte en su amante, prácticamente se instala en su casa y, cuando el Sr. Menini regresa de su viaje, lo mata, naturalmente con la colaboración de la señora. Le echan la culpa a no se sabe quién, en el funeral se hartan de llorar, pero el hijo de Menini no se lo traga, vuelve del extranjero donde está haciendo un Erasmus, mata al tal Egidi y luego, como no le parece bastante, se carga también a su madre (y, entre otras cosas, es la hermana la que intenta salvarlo, dándoles indicios falsos a los investigadores). Qué fuerte, qué fuerte, suspira el señor.

¿Y lo de la señora Medi de Molfetta? El marido la deja plantada, y ella para vengarse, como sabe que está loco por sus hijos, va y los mata. “La verdad es que ya no hay religión, se queda en nada eso de cortarse los testículos para darle un disgusto a la mujer, mire usted que cargarse a la sangre de su sangre para darle rabia al marido”, se queja mi vecino, “pero, ¿serán madres, semejantes mujeres? Yo digo que es la influencia de la televisión, y de esos programas violentos que hacen los comunistas”.

Insisto. Pues a lo mejor, el señor no ha leído la historia del tal Croni de Saturnia que antes, no sé si por temas de herencia o de qué, el caso es que ese sí que le corta los testículos a su padre y luego --como no quiere tener hijos, y con razón, vista su experiencia filial-- hace abortar a su mujer y se come los fetos. Dice el señor: “Estaría afiliado a una secta satánica, quizá de joven se dedicaba a tirar piedras a la autopista desde los puentes, y a lo mejor en su pueblo todos lo consideraban un caballero. Pero claro, vea usted, si es que justo en el periódico que está leyendo no hay más que elogios del aborto y del matrimonio entre travestis...”.

Hombre, mire, le digo, que la mayor parte de los delitos sexuales se verifica hoy en día dentro del núcleo familiar. Habrá oído lo de ese Lai de Battipaglia, que su hijo lo mató y luego se arrejuntó con la madre hasta que ésta no pudo aguantarlo más y se mató también ella. Y en una ciudad que no queda muy lejos, los hermanos Tiesti primero matan a su hermanastro por interés, luego uno de los dos se convierte en el amante de la mujer del otro y el otro, para vengarse, le mata a los hijos, se los asa a la parrilla y se los sirve para comer, y el otro va y se traga su Big Mac sin saber qué está comiendo.

Jesús, Jesús, dice mi interlocutor, ¿pero eran italianos o emigrantes? No, no, le explico yo; he hecho un poco de trampas con los nombres y los lugares. Eran todos griegos, y las historias no las he leído en el periódico sino en el diccionario de mitología. El señor Menini era Agamenón, que sacrifica su hija a los dioses para tener éxito con la expedición de Troya; el joven Egidi que lo mata es Egisto, y la mujer infiel era Clitemnestra, que a su vez es asesinada por su hijo Orestes. La señora Medi era Medea, el señor Croni era Cronos, para los romanos Saturno. El señor Lai era Layo, asesinado por Edipo, y la mujer incestuosa era Yocasta; y para acabar, los hermanos Tiesti eran Tiestes, que se come a sus hijos, y su hermano Atreo. Y son éstos los mitos que fundan nuestra civilización, no sólo las bodas de Cadmo y Harmonía.

El asunto es que, entonces, se escribía de vez en cuando una tragedia o un poema sobre estas historias, mientras que hoy en día los periódicos están atentos a cualquier hecho de crónica y llenan con sangre dos o tres páginas. Se calcula, además, que hoy somos seis mil millones mientras que entonces la población del mundo se limitaba a algunas decenas de millones. Si sacamos las proporciones, antaño se mataban más que hoy. Por lo menos en la vida de cada día, excluyendo las guerras. Y quizá Agamenón era incluso peor que Bush.

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