En Bayside, durante el show promocional de Oscar De la Hoya y Floyd Maywaether, seguramente Ricardo Mayorga parecía un desesperado en busca del tiempo perdido.
Dijo una gran verdad: todavía tengo mucho que ofrecer. Cierto, cuando se tiene esa exuberante fortaleza para pegar y recibir, y se dispone de una aptitud admirable para desplegar rabiosas aunque distorsionadas ofensivas, se puede pensar en regresar a los niveles de mayor exigencia, sobre todo considerando la escasez de valores que está afectando severamente al boxeo mundial.
Y dijo una gran mentira: sigo enamorado del boxeo. Obviamente eso es falso. Nunca lo ha estado, porque de ser así, se hubiera entregado de lleno a la dura, terriblemente desgastante, pero productiva profesión, como lo hizo De la Hoya y lo ha hecho Mayweather, quienes siempre estuvieron claros que sólo trabajando horas extras, sintiéndose apasionados por el riesgo que implica este deporte, podrían llegar a la grandeza.
A Mayorga le hizo mucho daño haber provocado impactos y conseguido notoriedad tan rápido, como lo logró luego de enfrentarse a Andrew Lewis y Vernon Forrest. Se creyó capaz de alterar la redondez del planeta a puñetazos, sin esforzarse mucho. Se negó a escuchar, mientras se aburguesaba, recomendaciones que se le hacían desde afuera, y fueron inútiles los consejos de entrenadores.
Llegó el momento en que pensó que no necesitaba a alguien en el gimnasio, ni en su esquina. Lamentablemente Ricardo no leyó sobre Ray “Sugar” Leonard, el talentoso y versátil pugilista, cuando pensó de igual manera.
Después de perder casi catastróficamente con De la Hoya, todo se volvió negro para Mayorga. Pasado, presente y futuro parecieron anularse mientras rebotaba bruscamente entre paredes que le recortaban el espacio, lo aturdían y lo mantenían a la orilla del colapso, hasta que logró salir clandestinamente del país.
En ruta hacia los 34 años, quien ha vivido rodeado por un torbellino, flotando entre una vorágine de sucesos, buscando un asidero para intentar orientarse, piensa que puede concretarse una pelea con Fernando Vargas, igual que él, demolido por Trinidad y De la Hoya, pero con actuaciones diferentes.
El pinolero necesita pelear lo más pronto posible intentando iniciar su reconstrucción, pero tendrá que someterse a una disciplina y empeño que le permitan salir del hoyo.
Es en este punto donde saltan las interrogantes: ¿Habrá alcanzado algo de madurez?, ¿tendrá una voluntad lo suficientemente ardiente para involucrarse en modificaciones de comportamiento frente a una pelea?, ¿tomará en serio el boxeo aun sin llegar a enamorarse?
Cierto, todavía tiene mucho que ofrecer, pero genera expectativas menores que cuando venció dos veces a Vernon Forrest, y nos hizo creer que estábamos frente a una nueva edición de esos peleadores que matan atropellando.
Hasta hoy, en lugar de sacar el máximo provecho de su impresionante vitalidad, resistencia y capacidad de agresión, Ricardo Mayorga se ha dedicado a conspirar eficientemente contra sí mismo.