|
Danilo Torres Rodríguez, su muerte reduce el ámbito de la poesía, la narrativa y la pintura nacional. Lo conocí cuando fue un niño; y quienes estuvieron a su lado, incluso los mayores que él, siempre fueron germinados por la alegría y la paz que traspiraba su persona. Su narrativa iba por el camino de los grandes narradores. Su pintura había alcanzado un grado de calidad y autenticidad pocas veces visto en este país. Su muerte, desgajar una vida, no tiene justificación alguna; y tronchar cruelmente su carrera únicamente entregada al arte, empobrece a este país a unos límites que, por ahora, no se ven. En alguna parte, alguien debería entender que las abejas del canto son intocables. Su muerte, más que la destrucción de un cuerpo, implica la destrucción de un sueño para Nicaragua. En cierta forma, de todas las formas posibles, su muerte empequeñece nuestro sueño. Nicaragua sufre un baldón irreparable. Los sueños de un escritor sólo se elevan cada cien años. Todos sentimos la pérdida de Danilo, pero más sentimos lo que Nicaragua pierde con Danilo.
|