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Danilo Torres, lee sus poemas durante el Festival Internacional de la Poesía, el pasado 9 de febrero.
Caminando junto al poeta
Pedro León Carvajal

“Lomas hermanan hombres”.
(José Martí)

A las seis de la mañana venimos caminando, hemos salido de la ciudad por el galillo de unos barrios orilleros, cortando atajo por los amplios anillos que nuestra pobreza centroamericana va bordando como una marea silenciosa alrededor de nuestras ciudades, venimos trepando por unas primeras lomas al oeste de Estelí, en los primeros vuelos del ruedo de las faldas del colosal cerro Quiabuc. Caminamos a paso firme, saltando o sorteando por el margen zanjas, cauces secos, vertederos de desechos, charcos y corrientes de aguas servidas o lodosas.

Después de un kilómetro escaso, el camino empieza a empinarse, es un camino descalzo, bronco, áspero, pedregoso, disparejo, reseco, árido y polvoriento en las desolaciones del verano. Camino de la Ermita de San Roque, por donde bajan a esa hora campesinos a caballo, labriegos pedestres, vendedoras de heliotropos y de huevos frescos, finqueros con estatuto y categoría de doble tracción o una pequeña tropa madrugadora y dispersa de cortadores de leña o recogedores de chiviriscos y buruscas.

El esfuerzo por seguir, acompañar y sostener el paso enérgico de Danilo Torres se multiplica para mis pulmones porque no hemos dejado de conversar un segundo mientras caminamos. El centro obsesivo de nuestras conversaciones es siempre algún asunto literario que puede revestir innumerables variantes en cuanto a procedencia o autoría. Focílides, Píndaro y Arquíloco, Dante y Petrarca, el Siglo de Oro castellano, la novela francesa del siglo XIX, los novelistas rusos, los poetas malditos, los simbolistas, los parnasianos, los decadentes, los imaginistas, los surrealistas, la poesía norteamericana, los escritores latinoamericanos, la negritud literaria, nuestra literatura nacional, los escritores estelianos...

Lo que compartimos más estrechamente es una pasión por analizar, desmenuzar, interpretar y entender cada elemento de la literatura entera como parte orgánica de un significado vivo y unitario, que dota de sentido a toda nuestra vida inteligente. Literatura universal, madre única de infinitas manifestaciones y expresiones.

Pero, además, desmenuzamos, analizamos, discutimos la mayoría de sus propios proyectos literarios. Durante estas conversaciones-caminatas que subían y bajaban un par de buenas leguas de cerro y que se repitieron muchas veces, fui viendo cuajar paso a paso y engranarse dentro de una secuencia gradual, paulatina, los capítulos de su novela Ojos Sobre el Valle, por ejemplo. Cuando fue publicada la novela, yo había visto esbozarse, decidirse o definirse con mucha anticipación el destino de muchos de los personajes, durante alguna de nuestras innumerables conversaciones.

Pero, además, a partir de estas conversaciones, a partir de nuestro intercambio de ideas, conceptos, métodos, técnicas y otras informaciones, tuve acceso a la mayoría de los documentos que Danilo guardaba en sus archivos de escritor. Los leí y los releí todos, varias veces. Oportunamente entregaré cuenta completa y detallada del contenido de tales archivos. Mientras tanto, van algunos datos que voy comunicando desde ya, sobre algunos documentos particularmente interesantes.

Con Danilo Torres Rodríguez he sostenido una de las amistades intelectuales, literarias, artísticas, más prolongadas, intensas y fructíferas de toda mi vida. Nuestra amistad, nuestra fraternidad persistente, que jamás se vio empañada por malentendidos, chismes, desconfianzas o desavenencias, alguna vez habrá de proponerse como proverbial, en un medio donde menudean a veces el menosprecio, la envidia y la cizaña, y siempre sobra quien los coseche, los empaque y los distribuya en sobres instantáneos.

Me enorgullezco de los méritos notables en los libros de Danilo Torres, publicados o inéditos, de la misma manera que me enorgullezco de la obra conjunta, múltiple y varia del artista y antropólogo Bayardo Gámez, hermano nuestro y parte indispensable, víscera cordial de ese cuerpo compacto de amistades estelianas, en el que tuvimos siempre como núcleo simpático a Danilo Torres. Porque debo decir que nuestra amistad con Danilo, estrecha y recia, prolongada y generosa, nunca fue cerrada sino todo lo contrario. La casa de Danilo Torres, además de ser una de mis casas de hospedaje habitual en Estelí, fue siempre una casa de encuentro y de convocación, donde nos reuníamos a conversar, a departir alrededor de unas cervezas o de unos tragos de ron, a discutir, a comentar, a plantearnos unos a los otros preguntas y respuestas posibles, junto con la mayoría de los otros escritores y artistas visuales del medio esteliano, así como con algunos invitados y visitantes provenientes de otras cercanas o lejanas partes.

No contamos más con la presencia viva de Danilo, no volverá a leer sus poemas entre nosotros, junto a nosotros, junto con nosotros. Camina siempre a nuestro lado, nos acompaña entera, la fuerza del ánimo que siempre nos infundieron su lealtad franca, su mirada amiga, su firmeza de carácter, la espontánea alegría que prodigaba con nosotros, sus semejantes cercanos.

En lo personal, yo he perdido una amistad incomparable que nadie en esta vida me devolverá.

Estelí ha perdido a uno de sus hijos de singular talento, a uno de sus más devotos admiradores, de los más cariñosos y aquerenciados, un hijo enamorado hasta la muerte de su tierra, de su naturaleza, de su paisaje, de su flora y de su fauna, un amante obsesionado del país y de la gente, un incansable devorador de paisajes urbanos y rurales, uno que conversaba y departía con todos, comenzando por los más pobres, y un poderoso pintor de amplias escenas naturales, un delicado acuarelista trazando con pulso certero y firme las bellezas menudas de su tierra.

Nuestra literatura nicaragüense pierde a un prosista lúcido, de expresión depurada, precisa y elegante y pierde a un espíritu privilegiado por finas intuiciones.

Ganamos todos nosotros una obra escrita, ganamos, lo repito, entre otros tesoros, un libro inédito de prosas breves, intensas, cargadas plenamente de vislumbres poéticos y un canto generoso, abundante en el elogio de la naturaleza, del paisaje segoviano y de sus gentes.

Ganamos todos, además, el acervo de una extensa obra plástica excepcional, plasmada sobre papel, sobre lienzo o sobre tabla. Ganamos un mundo personal, el de Danilo Torres, desplegado con la paciencia del concepto sistemático para sumarlo e integrarlo a todos los mundos sucesivos que inventemos y plasmemos al final entre todos los demás.

(Mi 21/02/07)

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