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Danilo torres. (LA PRENSAA/Cortesía/Donaldo Altamirano)
Autorretrato de pintor
Danilo Torres

Me llamo Danilo Torres Rodríguez y nací en Estelí, Nicaragua, el 19 de octubre de 1954. Me inicié en el dibujo a partir del conocimiento personal de jóvenes pintores de mi ciudad natal como Donaldo Altamirano y los hermanos Rafael y Bayardo Gámez Montenegro que escandalizaban absolutamente mi visión ingenua del mundo. Cifraba entonces los catorce años.

Con posteridad, a través de innumerables conversaciones prolongadas y observaciones asombrosas de la obra de estos tres jóvenes transcurridas a lo largo y ancho de barrios periféricos, ríos y quebradas, parques municipales, aceras de sorbeterías y buhardillas fantasmagóricas en lo alto de la Funeraria Gámez, empecé a desarrollar un poderoso impulso de expresarme y desencanto de lo que hasta ese momento, entre clases de colegio privado y uniformes celestes de diolén y camisas blancas y corbatas negras extravagantes, cursis tertulias que reflejaban la mediocridad del medio en que nací… discurría mi vida; empezaron entonces los faunos y sátiros a amargarme la vida y merodear mi paz de colofón y cortinas de humo y poblaron mi imaginación diablos y demonios y feroces rostros de personajes sin tregua y severas facciones de monjes verdes metidos en hábitos medievales, guiñando los ojos sobre monociclos con paraguas, hasta expulsar atronadores manchas rojas, negras, azules, amarillas y sepias tintas chinas, en texturas planas chillantes y soberbias y trazos rápidos irrazonables y papeles crujientes embadurnados de tinta de mimeógrafo en automático baile de San Vito… expulsando demonios ¡Automatismo psíquico a todo color¡… surrealista sin saberlo; pero asomado ya a nuevos valores y conceptos, nacía distinto lleno de preguntas con repuesta o sin ellas, collage escurridizo y amenidad, ávido lector de leyendas y abre boca de Jeronimus Bosh (El Bosco) y me enredé en intrincados problemas filosóficos y místicos hasta que en la cresta de la gigantesca ola de furia popular que se alzaba arrolladora, me vi convertido en soldado, guerrillero profeta de su tierra, no exento de algunos años de vida universitaria y vida destartalada en piezas de estudiantes y largos pasillos universitarios donde sólo la alegría cabía y las cervezas y las bombas lacrimógenas.

Pinto por una gran vocación de sacar demonios y fantasmas que agitan mi ánimo y aclaran mi febril imaginación de poeta que aún obra alguna para alejar las facciones incrédulas de su rostro. Pinto sin saber hacerlo sólo por una gran complacencia de crear un cuerpo halaste y pastoso que al destruir se convierte en miles de fragmentos igualmente vivos y repugnantes con el fin de mantener pura y cristalina la mirada. Pinto cuando mis dedos se resisten a malabarar dulces melodías a las cuerdas de mi guitarra o las imágenes se esconden y malogran poemas que se quedaron para siempre en proyectos truncados.

Todo me motiva desde una dama, una bella joven de ojos negrísimos y suave piel como la brisa del mar, un sorbete, la solución a un intrincado problema de economía política, hasta como salir de una emboscada. Y pinto para corroer la maldad del único diablo de veras, del que no se duda de su diabólica naturaleza: Reagan y su corte infernal, a quien combatimos, además de pintar, trabajamos, cantamos, bailamos en nuestro país, Nicaragua donde “la lucha es el más alto de los cantos”.

Estelí, agosto de 1987.

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