Dictar, en el sentido político, es imponer. Así que dictador es quien se impone por cualquier medio. Pero las dictaduras no surgen espontáneamente sino que hay factores que las favorecen. Por ejemplo, (1) que alguien con una “personalidad dictatorial” conquiste el poder político y (2) que exista una ciudadanía apática que la favorezca. Si bien es posible que la tendencia a imponerse sobre los demás sea parte de la naturaleza humana, en algunas personas este impulso se convierte en una compulsión enfermiza que en muchos casos tiene sus raíces en trastornos sicológicos arrastrados desde la niñez.
En psicología se habla de la “personalidad dictatorial” la cual resulta de traumas adquiridos por una niñez caracterizada por marginación social, repetidas humillaciones, extrema pobreza y violencia familiar. Aparentemente, algunos niños sometidos a este tipo de condiciones albergan resentimientos que mantienen reprimidos y que como adultos liberan desde posiciones de poder. Se cree que en este perfil encajan personas como Fidel Castro, Adolfo Hitler y José Stalin. La niñez de estos tres personajes exhibe semejanzas sorprendentes.
Fidel Castro, por ejemplo, desde sus primeros años tuvo que soportar el estigma de ser hijo ilegítimo (y, además, no bautizado) de una criada analfabeta. Cuando tenía cuatro años, su padre lo mandó a vivir con sus amigos para acallar los rumores y a los seis años fue enviado como interno al Colegio La Salle donde sus crueles compañeros de clase alta lo humillaron de una y otra manera. Como joven trató desesperadamente de sobresalir en lo académico y en el deporte. Su sed de notoriedad le llevó a casarse con Mirta Díaz-Balart, hija de un abogado de la United Fruit Company, de la cual se divorció posteriormente. Castro encaminó todos los actos de su vida a conseguir la posición que le permitiría volcar los resentimientos acumulados contra las clases pudientes y lo logró.
La niñez de Hitler fue asimismo traumática. Odiaba a su padre porque trataba con brutalidad a su madre; desconfiaba de su madre porque observaba cómo se dejaba abusar pasivamente y sin ofrecer resistencia a su agresivo marido y se despreciaba a sí mismo porque se sabía débil e impotente para cambiar las circunstancias familiares. El niño Hitler aprendió que la brutalidad es la manera más efectiva de imponerse sobre los demás. En su libro, Mein Kampf (Mi Lucha), dice: “La masa se inclina más fácilmente hacia el que domina que hacia el que implora y se siente íntimamente más satisfecha con una doctrina intransigente que no admita paralelo que con el goce de una libertad que generalmente le sirve de poco”. Sus atroces crímenes durante la Segunda Guerra Mundial, incluyendo el holocausto de seis millones de judíos, son una clara evidencia de su deformada psiquis.
José Stalin fue el hijo de un zapatero alcohólico, analfabeto, curtidor de cuero y pieles que abusaba físicamente de él y que, además, se oponía a que estudiara. Sus abuelos habían sido siervos que labraban los campos en la aldea de Didi-Lilo. Antes de que Stalin naciera, sus padres ya habían perdido a dos hijos debido a las severas condiciones de miseria en que vivía la familia.
En cuanto al segundo factor que favorece el surgimiento de una dictadura, que es la indiferencia ciudadana, hay que señalar que los dictadores llegan hasta donde se lo permitan los pueblos. Una ciudadanía apática, no participativa, acrítica, irresponsable y fácilmente intimidada, es el caldo de cultivo ideal de las dictaduras. El dictador abarcará todos los poderes que la sociedad le permita tener. Extenderá su influencia hasta donde encuentre resistencia. Cuando los ciudadanos ceden algunos de sus derechos y garantías a los dictadores, estos no se van a detener hasta anularlos por completo. Irónicamente, el dictador Fidel Castro tenía razón al decir el 2 de abril de 1959 en el programa Ante la prensa de CMQ TV: “Ah, cuando se empiece a clausurar un periódico, no se podrá sentir seguro ningún diario, cuando se empiece a perseguir a un hombre por sus ideas políticas, no se podrá sentir seguro nadie, cuando se empiece a hacer restricciones, no se podrá sentir seguro ningún derecho”.
En Nicaragua los émulos de Fidel Castro quieren de nuevo seguir sus pasos. Pero las dictaduras se imponen sólo cuando los ciudadanos les permiten imponerse.