Desde el período del “Esclarecimiento” pasando por la “Revolución Industrial” las diferentes escuelas de pensamiento han debatido sobre cuál debe ser el verdadero papel de los gobiernos en el proceso de desarrollo económico de un país.
Recientemente esta discusión se puede resumir en dos: una corriente neoclásica (promovida por el FMI y el BM) que aboga por una mínima intervención y que pone sus esperanzas en el comercio internacional como motor del crecimiento, y otra neokeynesiana o estructuralista que considera que las “rigideces institucionales y tecnológicas” de los mercados no permiten alcanzar los equilibrios de oferta y demanda, por lo que se necesita de la intervención estatal y un cierto nivel de protección para alcanzar el desarrollo.
Definiendo el desarrollo económico como aquel proceso de crecimiento sostenido de la producción que permite una transferencia sistemática de recursos de las industrias de baja productividad hacia las industrias de alta productividad, resultando en valores incrementales de ingreso real, hemos encontrado en la historia económica reciente, iniciativas gubernamentales que van desde la sustitución de importaciones a través de la protección de la industria manufacturera, hasta modelos de desregulación y promoción de exportaciones que buscan insertar a los países en los mercados internacionales para que la demanda internacional empuje la producción.
Desde su cátedra en la Universidad de Berkeley, la profesora Irma Adelman se suma a los críticos del llamado Consenso de Washington (FMI-BM) por promover en los países en desarrollo una receta de desregulación, libre comercio y poca injerencia estatal. En sus estudios sobre el rol del Gobierno en el desarrollo, la profesora Adelman ha demostrado que ningún país ha alcanzado niveles considerables de desarrollo sin la participación activa del Gobierno, y cita como ejemplo a EE.UU. y Gran Bretaña quienes aún con el “dominio” del pensamiento neoclásico durante el siglo XIX e inicios del siglo XX, alcanzaron considerables niveles de desarrollo económico con una importante “intervención” del Estado en la actividad económica. Otro caso de desarrollo con participación activa del Estado, dice Adelman, es el de los países asiáticos a mediados del siglo XX, quienes pasaron de desarrollar una industria protegida a promover la exportación de productos manufactureros.
¿Quiere decir esto que necesitamos de un gobierno “interventor” para alcanzar el desarrollo? No necesariamente. Pero es importante destacar que para que un país pueda iniciar su camino hacia el desarrollo es absolutamente necesario alcanzar estabilidad institucional. Ni la dirección gubernamental ni los tratados de libre comercio le permitirán a un país pobre alcanzar el desarrollo si las instituciones de dicho país son inoperantes. ¿Qué puede esperar un país de un sistema judicial que no garantiza el respeto a la ley?
Por otra parte, en aquellos países en que sí se ha logrado alcanzar el desarrollo económico, la participación de sus gobiernos no ha sido como dueños de los medios de producción, es decir, que sus gobiernos no se han involucrado directamente en los procesos productivos. ¿Cuál ha sido su participación entonces? Su participación ha sido básicamente en tres aspectos: Invirtiendo en capital humano y tecnología, para desarrollar una clase empresarial y laboral altamente productiva; Invertir en infraestructura (carreteras, puertos, comunicación, energía, etc.) para permitir el desarrollo acelerado del comercio interno y externo y reducir los costos del mismo y por último, la implementación de diversas políticas económicas (monetaria y fiscal), para contrarrestar las rigideces (ahorro pobre, inversión insuficiente, falta de acceso a los mercados) y permitir a las industrias en períodos de infancia poder desarrollarse.
Una vez que los niveles de crecimiento permitan suficiente ahorro e inversión y que la rigidez desaparezca, el enfoque del Estado debe orientarse más a mantener la estabilidad macroeconómica. Lo que ninguna escuela económica apoya es un modelo que pretenda definir el papel del Estado como súper empresario. El Estado simplemente no puede resolver racionalmente el problema económico básico de la escasez. Esto lo resuelven los entes económicos al decidir entre ellos a qué precio se va a producir el intercambio de mercancías. El Estado como empresario acaba con la competencia y elimina la iniciativa privada, llevando los niveles de productividad a decrecer.
En 1992, en la edición del 2 de diciembre de la revista US News and World Report, el ex Presidente de la Unión Soviética, Mijail Gorvachov, señaló: “El dominio total de la propiedad por el Estado destruía la motivación natural, los incentivos naturales para trabajar… También generó una mentalidad igualitaria, falta de iniciativa y dio nacimiento a cierto tipo de trabajador que no está interesado en nada”. Las nacionalizaciones, ahora de moda en Venezuela y Bolivia, terminarán por destruir la institucionalidad y minimizar la inversión privada en dichos países. Esperamos que este “socialismo del siglo XXI” no cale tan profundo en nuestro país.