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Cortés y El Arcángel
Douglas Carcache

La novela de Guillermo Cortés Domínguez, El Arcángel, que será presentada mañana martes, bien podría llamarse “Los jinoteganos y la revolución sandinista”, porque los personajes principales resultan ser originarios de ese departamento del norte de Nicaragua y enfatizan su cultura e historia en todo momento.

Aunque las tramas se desarrollan en Managua o en escenarios montañosos de la guerra, prevalecen en la obra los matices de la “jinoteganidad” exaltados por los protagonistas, por la descripción de los paisajes, de las referencias a los mitos de su gente o a sentencias, como para que no quepa duda, de que “los jinoteganos no sólo producimos repollo, también buena música”.

En El Arcángel, su primer libro de literatura de ficción, Cortés relata historias de perversión, ingenuidad y disparates ocurridos durante la revolución sandinista de los años ochenta, pero comienza con una larga evocación de la ciudad de Jinotega de los años sesenta y setenta, la que describe de madrugada al paso lento de un bus que recoge a los viajeros que van a Managua y pasan por “el viejo, ruinoso y apolillado Cine Colón” y el “parque de tres pisos”.

El primer atisbo a los disparates que vendrán después está en la vía sinuosa que baja de Jinotega a Matagalpa, donde se aprecia el Disparate de Potter, la construcción que hizo un inmigrante inglés en la cima de un macizo agreste, cuando en la zona no había ninguna carretera.

El caso del joven jinotegano que reside en Managua y es interrogado por los directivos del Comité de Defensa Sandinista (CDS) de su cuadra, sólo porque recibió una carta de un amigo que vive en Estados Unidos, adquiere en esta novela una connotación más cómica que dramática, como debió ser en su momento cuando ser sospechoso de oponerse al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) podía significar hasta la muerte.

“Espero que no te murás en la guerra”, le escribió al joven su amigo en Estados Unidos, y añade que se siente bien por haber salido a tiempo del país, porque de lo contrario también estuviera preparándose para ir al Servicio Militar obligatorio.

Los líderes del CDS, encargados de vigilar a los vecinos, escudriñan la carta privada del joven y, ayudados por un agente de la Seguridad del Estado ven en ella la mano de la Central de Inteligencia Americana (CIA) que trata de intimidar a los jóvenes nicaragüenses para que se resistan a cumplir el Servicio Militar y busquen cómo huir del país.

Este episodio tragicómico termina días después en una asamblea de los CDS en el Ministerio del Interior, donde el comandante a cargo de la institución denuncia que han descubierto un nuevo plan del imperialismo norteamericano, que consiste en que nicaragüenses exiliados manden cartas a jóvenes en Nicaragua para que se opongan a la revolución.

El lector percibe con claridad cómo la dirigencia sandinista manipula, le arrebata la privacidad al ciudadano, quiere cercenarle su “yo” y envolverlo como “masa”, para que actúe bajo consignas y no por un pensamiento propio. “Mirá hijo, aquí no hay cosas personales porque, o estamos o no estamos con la revolución, mejor enseñanos la carta y ya...”, le ordena la cedecista al joven sospechoso.

Ahí el respeto al otro no existe. Ojalá ya sólo sea historia.

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