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El camuflaje del aborto terapéutico
Migdonio Blandón
El autor es empresario

El “aborto terapéutico” es en sí un camuflaje delictivo y por eso se ha definido su penalización por el Poder Legislativo a finales del año pasado, a solicitud del pueblo cristiano nicaragüense de todas sus denominaciones. Sin embargo elementos interesados en abolir dicha ley, insisten que tal delito es una terapia necesaria para la curación de mujeres embarazadas que adolecen de ciertas enfermedades, las que, según afirma la ciencia médica, pueden tratarse sin que para ello sea preciso la falaz terapia del aborto.

El gran avance de la ciencia médica ha comprobado que en ningún caso de embarazo, por complicado que sea, si la criatura está viva, para salvar a la madre tenga que recurrirse al aborto que no es más que la supresión de una vida que comienza a gestarse, la que tiene en todo concepto derecho a la existencia. De manera que además de cometerse un vil asesinato, quizá se estaría privando a la humanidad de un ser de gran valía.

La Asociación Médica Nicaragüense, con amplio conocimiento de los adelantos de la tecnología médica ha confirmado: “Que no existe una situación, en la práctica médica actual donde la vida humana, desde el momento de la concepción deba ser intencionalmente destruida”. Siendo de sobra entendido, como ellos lo afirman, que el aborto no es ninguna terapia, siempre que en el vientre materno haya vida latente.

Por tal razón la obsoleta ley del siglo XIX, que autorizaba esa clase de terapia destructiva, ahora sólo puede considerarse un camuflaje delictivo utilizado por personas amorales e inescrupulosas, por egocentrismo u otros sucios y bajos intereses. Por tal delito camuflado, han sido frecuentes los casos en que suprimiendo el sagrado derecho a la vida han sido impunes; y ahora sin ningún decoro gestionan su obsoleta aprobación.

Me permito transcribir un párrafo de La Encíclica Los Fieles Cristianos Laicos de Su Santidad Juan Pablo II (de venerada memoria) que literalmente dice: “El efectivo reconocimiento de la dignidad personal de todo ser humano exige el respeto, la defensa y la promoción de los derechos de la persona humana. Se trata de derechos naturales, universales e inviolables. Nadie, ni la persona singular, ni el grupo, ni la autoridad, ni el Estado pueden modificarlos y mucho menos eliminarlos, porque tales derechos provienen de Dios mismo”.

Asimismo en su último mensaje de Navidad, hablando del singular valor y el respeto que se debe a cada criatura que nace ha dicho: “…Para Dios y ante Dios, el hombre es único e irrepetible, alguien eternamente ideado y eternamente elegido, alguien denominado y llamado por su propio nombre”. Tales conceptos sobre el nacimiento y la valía de toda nueva criatura, son muy meritorios viniendo de una persona que, como S. S. Juan Pablo II, ha estado tan cerca de Dios, dueño absoluto de la vida y de todo.

El aborto, en lo general, es un crimen sobre una criatura indefensa, con premeditación, alevosía y ventaja. Me permito repetir lo ya dicho en un artículo anterior: “La Constitución defiende el derecho natural de proteger la integridad física de todos los ciudadanos, máxime cuando la persona se encuentra en la etapa de su vida más indefensa, en el vientre materno”. Por lo que al querer volver al camuflaje de “terapéutico” sería legalizar otra vez múltiples asesinatos.

Referente a la multitudinaria concentración del pueblo cristiano de todas las denominaciones, efectuada el 4 de octubre del año pasado, se promovió a raíz de que la Cámara Legislativa, en esos días codificaría la obsoleta ley del siglo XIX que aprobaba el aborto terapéutico, al ser descartado por la ciencia médica, por ser un medio frecuentemente utilizado para la comisión de tales delitos, en su oportunidad fue debidamente penalizado, por lo que ahora al ser debidamente comprobado tal delito, sea justamente castigado. ¡Que Dios misericordioso nos ayude a erradicar el mal!

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