Los soldados estadounidenses ingresaron ayer a Bagdad, preparándose para un enfrentamiento con rebeldes sunís y milicianos chiís, pero la mayor parte de los disparos escuchados fueron tiros al aire de policías iraquíes, quienes les abrían camino a sus convoyes.
Ello no significa que los extremistas se hayan rendido o que Bagdad esté camino nuevamente a la calma. Al menos 63 personas murieron y casi 130 resultaron heridas en dos atentados con automóviles-bomba cometidos ayer.
Sin embargo, la capital ha estado relativamente tranquila desde el inicio de la operación estadounidense el miércoles.
En tanto, parece que las partes en el conflicto, el gobierno iraquí, los rebeldes sunís y los milicianos chiís, están guardando sus recursos para el asalto siguiente, acaso el definitivo, una guerra civil que podría estallar tan pronto termine la acción estadounidense y empiecen a retirarse los soldados.
Más importante aún, el gobierno de mayoría chií parece no cumplir con la celeridad necesaria varias demandas estadounidenses, entre ellas la de actuar rápidamente en contra del dominio miliciano chií en Ciudad Sadr, donde tiene fuerte presencia un aliado del primer ministro.