Un muchacho nicaragüense con pinta de jamaiquino y apellido inglés estaba sentado en un hotel de cinco estrellas de Toronto en septiembre pasado. Respiró bien profundo y miró hacia sus antebrazos oscuros.
“Aquí está un muchacho de Laguna de Perlas”, dijo el lanzador de los Medias Rojas, Devern Hansack. “No puedo creer que estoy aquí”.
No se le puede culpar por su asombro, ya que en el último año Hansack se ha convertido de un lanzador poco conocido en Nicaragua a un pitcher de Grandes Ligas en el último día de la temporada en el Fenway Park, tirándole un No Hitter a los Orioles durante un partido de cinco entradas recortado por la lluvia.
Fue Craig Shipley, el vicepresidente del departamento de scouteo internacional y profesional de Boston, quien vio a Hansack, de 27 años de edad, en el otoño del 2005 lanzando por la Selección nicaragüense. Hansack había sido dejado libre por los Astros en el 2003, y no estuvo contratado hasta que Shipley le dio un bono de US$3,000 al firmar. Hansack llegó a ser Lanzador del Año de AA de los Medias Rojas, mientras vivía en el apartamento de un fanático dominicano en Portland, Maine.
Ahora Hansack, con 29 años de edad y con un slider impresionante más una recta entre 93-97 millas por hora, tiene posibilidades, aunque él no es el favorito, de quedarse con el puesto de cerrador de Boston. Puede que sea una posibilidad escasa, pero así ha sido la trayectoria de Hansack.
“Boston me firmó y me dio una segunda oportunidad”, dijo Hansack. “Le puedo decir a cualquier joven que quiera hacer algo, que hay una segunda oportunidad. Sólo es cuestión de quererlo hacer”.
INVITÓ A ESPN
A finales de enero, Hansack invitó a ESPN The Magazine a su pueblo natal, donde la mayoría de los habitantes habla inglés con acento jamaiquino. “Creo que vive en medio de la nada”, dijo el director de Relaciones Públicas de los Medias Rojas, John Blake, cuando se le preguntó dónde se podía encontrar a Hansack. “Puede ser difícil”.
Lo fue. El viaje no es para los débiles; desde avionetas Cessna hasta una canoa motorizada hasta Laguna de Perlas, el destino es un lugar donde reina la pobreza y donde reside gente alegre.
No son muchos los que logran salir de Laguna de Perlas, un pueblo de unos 7,000 habitantes cuya población es una mezcla de descendientes de esclavos jamaiquinos y africanos, colonialistas ingleses y tribus indígenas en la costa del Atlántico de Nicaragua. Para la gente del segundo país más pobre de América Latina (Haití es el primero), escasean el dinero y el comercio.
La gente de Laguna de Perlas es muy pobre, pero ellos, a diferencia de sus compatriotas del interior, son gente del mar. El agua es lo principal para esta comunidad de pesca, donde la mayoría de los hombres empezaron a vivir desde jóvenes de una gran variedad de pescados y mariscos.
Están orgullosos también de su raza. El racismo latente existe en todos los países latinos, pero la diferencia en el idioma y la ubicación remota de la costa del Atlántico aumenta la separación. La Costa ha sido tradicionalmente de raza negra; sólo en los últimos años algunos enclaves de mestizos de habla hispana han llegado de otras partes del país.
A LA ORILLA DEL BEISBOL
El agente de Hansack, Evelio Areas —quien es de Managua— bromea que Hansack habla el español “con acento gringo”. Pero Areas habla en serio cuando dice que Laguna de Perlas es “un país aparte. Soy nicaragüense y para mí fue una tierra ajena”.
Hansack no está claro de cuáles son exactamente sus raíces étnicas y raciales, pero sí sabe que nació con el beisbol en la sangre. Situada justo detrás de la pizarra en el jardín central está la casa de Hansack. Nació al lado del terreno de beisbol, y lleva toda su vida allí. Aún no se ha ido.
Aún están frescas las huellas de la guerra civil de los años 80, una guerra cuyo pasado se recordó ahora que volvió a la presidencia el sandinista Daniel Ortega. La primera noche que conocí a Hansack fue el 27 de enero, cuando fue homenajeado como uno de los mejores deportistas nicaragüenses en una ceremonia en Managua. La importancia de Hansack de conocer a Ortega, se magnificó al día siguiente cuando llegamos a Laguna de Perlas y vimos pintado en todas partes el logo de la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN), uno de los partidos de la oposición. “Gracias por mencionar la Costa”, le dijo Hansack a Ortega. “Necesitamos ayuda”.
DE VUELTA A LA RAÍZ
El viaje hacia Laguna de Perlas comienza a las 6 a.m. el domingo 28 de enero, cuando compramos boletos por unos US$60 del aeropuerto de Managua a Bluefields. Normalmente antes de abordar, los pasajeros deben pesar su equipaje. Pero cuando salió el avión medio vacío, pasamos rápidamente la seguridad y empezamos el vuelo de una hora. Con poco viento, es un viaje bastante agradable. Sin embargo, a la vuelta los fuertes vientos hacen de un aterrizaje seguro algo incierto.
Llegamos a la ciudad porteña de Bluefields para conseguir nuestra panga, una canoa motorizada. En el taxi del aeropuerto, Hansack, su hermano Dennis y primo Delmer gritan a sus amigos desde la ventana del carro. Conocen a todo el mundo. Laguna de Perlas está rodeada de tierra, pero como el gobierno no ha construido caminos pasables, la panga es la única opción. Hay planes de construir los caminos, pero eso podría tomar años. Cada panga tiene capacidad para 22 adultos —y varios niños también están presentes—. Esperamos 45 minutos para la llegada de todos antes de poder salir. Llega la Policía para una inspección. Hansack aprovecha para decirme que chocó una panga hace dos días, así que están haciendo cumplir las normas de seguridad.
Dos hombres y un niño nos esperan en el muelle de Laguna de Perlas. Se siente el olor de madera quemándose mientras Devern, Dennis y Delmer van a pie por el camino de tierra. Algunos niños se unen al viaje, para luego abandonarlo. Al toparse con Devern, la gente lo saluda con un “Hey Deverrrn”, con entonación jamaiquina. “Ves donde vivo”, dijo Hansack, mientras caminamos por una calle con mucha basura en el suelo. “La gente es feliz. No tenemos mucho, pero somos felices. Vivimos bien suave”.