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Las intenciones de Ortega
Pedro Belli
El autor es economista

A menos de un mes de haber asumido la presiden-

cia, Daniel Ortega ha abandonado el rosado chicha por su tradicional rojinegro. Desde la toma de posesión Ortega empezó a mandar claras señales de lo que le gustaría hacer con Nicaragua, no en Nicaragua, ni para Nicaragua, sino con Nicaragua.

Ese día su indumentaria dijo claramente: “Sigo siendo un rebelde. El protocolo que se espera de un Jefe de Estado no me importa”. El desaire a sus invitados, motivado por el atraso de Chávez, también fue una clara señal: “Para mí ustedes no son tan importantes como Chávez”. Todo esto nos dice que a Ortega no le importa nada ni nadie. Él tratará de hacer lo que se le antoje porque considera que el electorado le otorgó un mandato para revolucionar al país. Está equivocado. La vasta mayoría lo repudió.

Ortega quiere seguir los pasos de Chávez, su nuevo maestro. Tratará de destruir lo que él llama el modelo neoliberal (la fuente de todos los males sociales de Nicaragua según los izquierdistas criollos) e implantar el socialismo del siglo XXI de Chávez. A pesar de su nombre, este neosocialismo no es más que la vieja fórmula dictatorial envuelta en petrodólares: concentrar el poder económico para comprar apoyo y monopolizar el poder político. Chávez ha (1) nacionalizado las telecomunicaciones y la industria de energía y amenazado con nacionalizar todo lo que fue privatizado; (2) debilitado al sector privado fijando límites a los márgenes de utilidades de las empresas privadas y anulando unilateralmente contratos entre el gobierno y la empresa privada; (3) limitado las opiniones adversas al régimen cancelando la licencia de la estación de televisión más poderosa de Venezuela; (4) concentrado el poder político para mandar por decreto y poder ser reelecto; (5) eliminado la autonomía del Banco Central; y (6) repartido petrodólares entre los pobres.

Al igual que Chávez, Ortega quiere concentrar el poder económico, debilitar al sector privado, reducir la libertad de prensa, acaparar el poder político y permanecer en el poder hasta la muerte. Ya el programa comenzó con las reformas a la Ley 290, el establecimiento de consejos populares manejados desde la Presidencia y coordinados por Rosario Murillo, la centralización de la información, posiblemente para posterior manipulación, la centralización de la educación, la postergación de las pláticas con el FMI, el cuestionamiento de la legalidad de las privatizaciones y las sugerencias de reformas constitucionales. Si la sociedad civil y la Asamblea no frenan a Ortega, dentro de un año Nicaragua será otra Venezuela, pero sin petróleo.

Esto sería fatal para el país. No podemos salir de la pobreza imitando a Chávez. Terminaremos más pobres y bajo la bota de un dictador. A pesar de la repartición de petrodólares, casi la mitad de los venezolanos viven en la pobreza. Si en Nicaragua se repartiera lo que producimos por igual entre todos los nicaragüenses, a cada uno nos tocaría alrededor de 2.75 dólares por día. Distribuir pobreza no es la solución; necesitamos aumentar nuestra producción aceleradamente.

La realidad ineludible que Ortega no quiere aceptar es que el bienestar económico va de la mano con la libertad económica. Ese neoliberalismo salvaje, que tanto le repugna, produce bienestar y ese neosocialismo, que tanto le encanta, produce pobreza. Por eso, los 10 países con mayor libertad económica en el mundo son todos ricos. Y los 10 países con menor libertad económica son todos pobres. Venezuela se encuentra entre los menos libres y entre los más pobres.

La otra realidad ineludible que Ortega tendrá que aceptar es que Nicaragua necesita por lo menos US$1,500 millones de inversión anuales para crecer, lo que implica que necesitamos atraer inversión extranjera. El reto para Ortega es doble: mejorar su imagen y fomentar la libertad económica. Tiene que mejorar su imagen porque sus antecedentes espantan al inversionista. Tiene que fomentar la libertad económica para aumentar el ingreso y reducir la pobreza. Hasta la fecha Ortega no ha hecho nada que nos haga pensar que va en esa dirección. Ni siquiera ha querido dialogar con el FMI —paso fundamental para asegurar estabilidad económica a los ojos del mundo—. En cuanto a su imagen, su acercamiento a Chávez, Morales y Ahmadinejad le para los pelos a casi cualquier inversionista.

¿Qué podemos hacer para evitar que Ortega nos lleve una vez más al desastre económico y político? El primer dique es la Asamblea. El PLC, la ALN y el MRS tienen el deber histórico de proponer leyes consecuentes con sus principios y planes de gobierno y de oponerse a cualquier proyecto de ley que esté reñido con ellos. Estos partidos políticos, que juntos representan al 62 por ciento del electorado, no deben claudicar y dejarse arrollar por un partido minoritario. Tampoco deben responder ciegamente a los caudillos que los nombraron, sino al pueblo que los eligió. El segundo dique es la sociedad civil, que tiene el deber de oponerse a todo aquello que lesione los intereses de la mayoría, de la democracia y del progreso. Juntos, debemos luchar por una Nicaragua mejor: el pueblo unido jamás será vencido.

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