Unas pocas semanas en un solo campo han sido suficientes para mostrarle al observador interesado todos los elementos del síndrome nicaragüense de subdesarrollo, aquellos elementos de una dinámica sociopolítica, la que al no superarla mantendrá al país en el subdesarrollo. Los ingredientes del síndrome son problemas estructurales que, como el país no se ha atendido nunca en siglos, el superman o caudillo pretende resolverlos por pura voluntad suya y luego los detractores del mismo le echan la culpa cuando no pudo, sin captar que ellos mismos son elementos esenciales para si acaso encaminar soluciones.
El problema estructural es el desastroso sistema de educación de Nicaragua, desastroso en todos los niveles —desde preescolar hasta universidad— y en todas sus formas de organización, pública o privada, un sistema que no cubre la demanda, mas donde la cubre produce resultados que en lo general no sirven, es decir no se atiende a todos los que se debe atender, y los que salen no son aptos para encontrar trabajo u oficio que les permita vivir dignamente del mismo. El superman es el nuevo Ministro de Educación, Miguel de Castilla, quien se ha presentado como si a pura voluntad suya y usando una combinación caudillesca de discurso y poder más unos cuantos recursos —siempre con preferencia de la cooperación externa— se pudiese resolver el problema de golpe o al menos encaminar una solución definitiva.
Visto por un momento como empresa, sólo el sistema de educación pública con unos 38,000 empleados, unos 2,000 gerentes intermedios, unas 8,000 sucursales, unas 170 gerencias territoriales y una clientela fija diaria de 1.6 millones, es la corporación a distancia más grande e importante del país. A la alta gerencia de esta corporación —ministro, viceministro y secretario— le corresponde hacer funcionar la corporación como tal. Aunque ciertamente se decida sobre éxito o fracaso de la corporación en cada departamento y cada sucursal, es decir cada aula de clase, y aunque quizás le duele como maestro el no poder incidir directamente ahí, Miguel de Castilla tiene como cargo la gerencia general, no la supervisión aula por aula.
Liderazgo como gerente general es una cosa, el mercadeo con garrote de una determinada filosofía de educación es otra. Liderazgo implica saber motivar y orientar a los empleados y gerentes, atraer a posibles aliados y convencerles de la marca a los clientes. Bajar solamente ordenanzas y mandar inspectores para sancionar su incumplimiento no motiva ni convence a nadie. Lo que ni siquiera funcionaría en una corporación con fines de lucro, mucho menos va a funcionar en un ambiente que requiere de compromiso y entusiasmo, o, por qué no decirlo, de amor, para que todo marche bien.
Los detractores en los medios de comunicación y en la política no dejaron pasar la oportunidad de la aparente baja en las matrículas y del estado ruinoso de las instalaciones físicas de escuelas y colegios para señalar supuesta culpabilidad del ministro, de esta forma oscureciendo en lugar de iluminar las verdaderas dimensiones del problema. Por ejemplo, de todos países HIPC Nicaragua dedica el menor porcentaje del Producto Interno Bruto a la educación y formación de su juventud. Desde tiempos de Zelaya los gobiernos mantienen la educación separada de las comunidades locales y de la sociedad civil en todas sus formas. La educación misma, pública y privada de todos los niveles se dedica desde los tiempos de la colonia a la producción de titulados de cartón, mientras necesitamos con urgencia mujeres y hombres emprendedores, dispuestos y capacitados a cambiar su respectivo entorno. Estos son algunos de los problemas de fondo a los cuales medios políticos y la sociedad en lo general deberían aportar propuestas de soluciones en lugar de perderse gritando crisis en insignificancias como la cantidad de alumnos por aula de clase o el uso de toldos.
Ojalá que tanto el ministro y su equipo como los detractores recapaciten antes que una vez más el país en búsqueda de culpables pierda su futuro.