91 aniversario de la muerte de Darío

Ayer 6 de febrero se conmemoró el 91 aniversario de la muerte de Rubén Darío. A pesar de sus escasos estudios formales —a los 15 años hizo una solicitud para estudiar en Europa que le fue negada por el Gobierno de Nicaragua—, Darío exhibió una inteligencia superior desde que era un niño. Obedeciendo tal vez a su instinto privilegiado, el poeta intuyó la falta de apoyo y de interés en lo intelectual de parte de sus compatriotas y cuando todavía era un adolescente, dejó el país en busca de mejores horizontes. Estuvo en El Salvador, Guatemala, Costa Rica, Chile y Argentina en donde trabajó para varios periódicos. En Chile, a los 21 años (1888) —tres después de su llegada— publicó Azul, obra que sería su carta de presentación ante el mundo y que marcaría el punto de inicio del Modernismo latinoamericano. La primera edición de Azul fue tirada con fondos privados, o sea que Darío no encontró una casa editorial interesada en financiar el libro. (La publicación de Prosas Profanas en 1896, su segundo libro más importante, fue financiada por el dueño del periódico El Tiempo, de Buenos Aires para el cual Darío trabajaba a la sazón). Los escritores jóvenes de hoy no deben decepcionarse demasiado cuando sus manuscritos son rechazados. Que una casa editorial se niegue a publicar un libro, no significa mayor cosa, excepto quizás, que no sea proyecto comercialmente atractivo.

Como obra seminal, Azul produjo controversia. Los primeros críticos de Darío fueron injustos e, incluso, algunos de ellos —los insignes Unamuno y Menéndez Pelayo— claramente malintencionados. Aunque tiempo después —demasiado tiempo después— Unamuno y otros más rindieron su orgullo ante el genio de Darío y de manera pública y dramática reconocieron el mérito indiscutible de su obra, así como el valor de su persona, es evidente que muchos escritores e intelectuales de reconocido prestigio se sintieron amenazados por el nicaragüense y atacaron sistemáticamente su obra. Sin embargo, hubo también hombres de gran valía, como el escritor y académico español don Juan Valera, que pudieron reconocer en la belleza digna y aristocrática de los versos de Darío, el brillo del genio. Don Juan Valera hizo una crítica mesurada, objetiva, experta pero también muy entusiasta de Azul y, luego, Darío la usó como prólogo a las sucesivas ediciones de su libro.

El Modernismo dariano recoge la pasión del Romanticismo, las imágenes atrevidas del Simbolismo y el ritmo armonioso del Parnasianismo. Como dice don Juan Valera en su prólogo a Azul, Darío cocinó en el alambique de su cerebro lo que le precedió y produjo una rara quintaesencia que asombró al mundo. La crítica más frecuente al Modernismo y a Darío en particular —sobre todo al principio— fue el supuesto énfasis en la forma y el ritmo con detrimento del contenido temático. Asimismo, se decía que la poesía de Darío se concentraba en los palacios de marfil y hacía caso omiso de la realidad latinoamericana. Sin embargo, hoy se admite que esta fue una crítica carente de sobriedad y de balance. La obra de Darío en su conjunto revela una preocupación por lo americano y además, por las cosas esenciales de la vida. En sus poemas aborda temas tan variados e importantes como el absurdo de muchos aspectos de la existencia, el poder desequilibrante de la muerte, la solidaridad entre los pueblos, el menosprecio del arte y del artista, la injusticia social, el papel de Estados Unidos en América Latina, etc. Darío canta lo mismo a París que al “buey que vio en su niñez echando vaho un día”. Sólo que viste de oro y seda sus ideas y las convierte en notas musicales. Nadie lo hizo como él en lengua española excepto, tal vez, Garcilaso de la Vega en el siglo XVI. Ese fue su pecado. Eso, lo que molestó a sus críticos.

La vida familiar y amorosa del poeta fue desastrosa. La falta del amor paternal y familiar en general, su precoz juventud (“¿…fue juventud la mía?”) y su apresurada adultez le impidieron el cultivo de relaciones estables. Sin embargo, Rubén hizo lo mejor que pudo con lo que la vida puso a su alcance. Por eso hay que saludar al que despierta el orgullo de ser nicaragüenses.

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