Acaban de cumplirse 16O años de publicado un libro que causó impacto en su tiempo y que ahora cobra actualidad, al discutirse sobre la democracia participativa. Se trata de la obra de Alexis de Tocqueville Democracia en América, publicada después del viaje de su autor en 1835 a Estados Unidos de América. En esas reflexiones, el joven jurista francés divulgó los secretos del éxito de aquella nación que consiguió pronto estabilidad y desarrollo sin recurrir a la dictadura. Hasta entonces se sostenía que todo el andamiaje democrático descansaba en elecciones periódicas. Tocqueville demostró que la actividad electoral siendo necesaria no es suficiente, pues la democracia es toda una cultura, que debe actualizarse y defenderse todos los días.
Más aún, para el aristócrata galo de pensamiento liberal, la piedra sillar del modelo estadounidense reside en la igualdad, ejercida en libertad. Conforme a ello, todos los participantes en la lucha por el poder deben tener la misma posibilidad de ganar.
En cambio, notaba Tocqueville, en la Europa de aquel tiempo el control que ejercían las élites privilegiadas impedía el limpio cotejo comicial. Como consecuencia, rondaba siempre en la mente de los perdidos la inevitabilidad de una revolución que derrocase al sistema.
Para Tocqueville, los norteamericanos evitaban esa posibilidad manteniendo la igualdad, al procurar que el ciudadano común conquistase su lugar en la sociedad con el esfuerzo propio y no por favor de poderosos que luego le cobrarían convirtiéndolos en clientela sumisa.
Había algo más. Para Tocqueville, la base de esa convivencia igualitaria en EE.UU. se nutría de la “socialización” del ciudadano, estimulada por los numerosos y variados clubes esparcidos en todo el territorio. En ellos aprendían sus miembros a autogobernarse por métodos democráticos en asociaciones voluntarias, autónomas, e independientes, donde trataban de facilitar y proteger intereses concretos, compartidos y sentidos.
Había toda clase de esas agrupaciones: pescadores de salmones, aprendices de baile, cultivadores de rosas, coleccionistas de mariposas o monedas, deportistas, alcohólicos anónimos, etc. En realidad no eran letrados, ni políticos, sino ciudadanos comunes con alguna educación que se entrenaban sin saberlo, para organizarse y funcionar democráticamente. Eran actitudes que luego proyectaban en actividades políticas.
No obstante, quienes habían puesto la simiente de esa nueva concepción de democracia ejercida por el ciudadano, era gente que había huido de una Europa absolutista en lo social, político, económico y religioso. Eran peregrinos que buscaban oportunidad para desarrollarse en libertad y crear sus propias instituciones.
En América Latina la situación fue distinta. Aquí los conquistadores españoles impusieron el absolutismo que regía en su país. Cuando aquellos se fueron en 1821, los criollos y mestizos repitieron con los nativos el comportamiento de los colonizadores, frente a una población desposeída y de poca educación, de la cual sacaban provecho.
Hago estas reflexiones porque en América Latina están surgiendo movimientos encaminados a revisar el sistema tradicional, alegándose con razón que no producimos los efectos deseados. Los cambios recientes de gobierno en Latinoamérica lo demuestran. Sin embargo, no nos equivoquemos: hay dos modelos identificados por el presidente Felipe Calderón, de México, para producir el cambio: a) el que trata de modernizar al Estado usando métodos democráticos (Chile, Brasil, México, Uruguay); y b) el que emplea la dictadura populista (Venezuela, Ecuador, Bolivia, Cuba).
Frente a ese desafío que ya llegó a Nicaragua, los nicaragüenses demócratas debemos aceptar el reto manteniéndonos alertas, uniéndonos, organizándonos y proponiendo los cambios necesarios, denunciando las maniobras autoritarias. Ya es tiempo de poner las cartas sobre la mesa. Al menos gozamos de libertad y organización política, pero estamos desunidos.
En verdad ni los Somoza, ni los sandinistas solos, usando dictadura, pudieron recuperar el tiempo perdido. Necesitamos montar oportunidades para discutir en un ambiente de libertad y transparencia las alternativas para corregir juntos errores históricos. La mecha está prendida, debemos encauzarla.