La única vez que había visto y escuchado la ópera Don Giovanni, de Mozart, antes de su presentación en Managua el fin de semana pasado, fue en la Ópera de Berlín, en septiembre de 1980, cuando fui a Berlín Oriental (en ese tiempo capital de la extinta República Democrática Alemana, RDA), para participar como observador en una reunión de la Unión Interparlamentaria (UIP).
Aparte de que ha pasado mucho tiempo desde entonces como para recordar detalles de aquella puesta en escena de Don Giovanni en uno de los teatros de ópera más acreditados y prestigiosos del mundo, no sería apropiado compararla con la presentación de la semana pasada en el Teatro Nacional Rubén Darío, en Managua, por parte de la Ópera de Cámara de Costa Rica y con la participación musical de la Camerata Bach de Nicaragua.
En realidad, pienso que es cierto el viejo precepto de que toda comparación resulta coja. Y creo además que esto aplica sobre todo a las múltiples y diversas manifestaciones del arte. La obra artística, del género que sea, a uno simplemente le gusta o no le gusta. ¿Qué sentido tiene, por ejemplo, comparar el cuadro de una pintora o pintor nicaragüense contemporáneo, con una pintura de Leonardo da Vinci o con cualquiera otra de los grandes maestros, que se muestran en los grandes museos de diversas partes del mundo? Lo importante es que a uno le guste un cuadro —o la ejecución de una sinfonía, o la interpretación de un aria operística, o el contenido y la forma de un poema, o la redacción y trama de una novela—, independientemente de quien la interpretó o la creó.
Siempre me ha parecido que con todo el respeto que se merecen los críticos de cualquier manifestación del arte, su oficio es como pretencioso (dicen que por eso no hay un solo monumento a los críticos, en ninguna parte del mundo). Y en el caso específico de la ópera cabe citar al tenor colombiano Alejandro Escobar, quien vive en Italia y escribió que en ese país europeo que es considerado como la Meca del bel canto: “Quien no sabe cantar dirige; quien no sabe cantar o dirigir hace la dirección de escena; y quien no sabe hacer nada de estas cosas critica”.
De manera que en este artículo quiero limitarme a decir que he escuchado cantar Don Giovanni —en grabaciones, por supuesto— al barítono alemán ya fallecido, Herman Prey (1929-1998) y me ha gustado mucho; pero que igual me encantó el barítono —de cuyo nombre no me acuerdo— a quien escuché cantarlo en la Ópera de Berlín en 1980; y también me gustó mucho la interpretación del costarricense José Arturo Chacón, el domingo 28 de enero recién pasado, en el Teatro Nacional Rubén Darío de Managua.
También me complacieron bastante y a mi criterio fueron excelentes, las interpretaciones de las sopranos Anayanci Quirós, como Doña Anna; Raquel Ramírez, como Doña Elvira, y María Marta López como Zermina. ¡Ah!, y la ejecución musical de la Camerata Bach y de los músicos invitados, me pareció impecable. La verdad es que no se podía esperar otra cosa de este conjunto orquestal nicaragüense que dirige el maestro Ramón Rodríguez, el cual con la puesta en escena de Don Giovanni, de Mozart, ha iniciado otra brillante temporada esta vez dedicada al XV aniversario de “nuestra” Camerata.
Por otro lado, es mucho lo que se puede escribir sobre Don Giovanni y muy poco lo que se escribió y dijo en los medios, inclusive en LA PRENSA, por razones comprensibles aunque tal vez no justificables. Pero al respecto sólo quisiera aclarar que no es exactamente cierto, como se dijo, que la ópera Don Giovanni de Mozart está inspirada en Don Juan Tenorio. Mejor dicho, el libreto de la ópera fue inspirado por el personaje don Juan Tenorio, pero no está basado en el libro titulado igualmente Don Juan Tenorio, el cual fue escrito por el escritor español José Zorrilla. Éste escribió ese drama en 1844, cuando ya habían pasado 57 años desde que en octubre de 1787 Mozart estrenó su Don Giovanni, en Praga.
Ciertamente, el libreto de la ópera Don Giovanni (escrito por Lorenzo da Ponte, un cura que tuvo que dejar el hábito religioso porque embarazó a una joven feligresa y luego fue un Don Juan empedernido, igual que el personaje de la famosa obra), está basado en la pieza teatral El Convidado de Piedra o El Burlador de Sevilla) del también famoso escritor español pero del siglo XVII, Tirso de Molina, cuyo verdadero nombre era Gabriel Téllez y fue también —como Lorenzo da Ponte— un sacerdote católico.
Por cierto que el título completo de la ópera de Mozart es: Don Giovanni ossia il Disoluto Punito, pues un aspecto fundamental de la obra es su culminación con el merecido castigo que recibe el inescrupuloso personaje, el cual es llevado al infierno por el espíritu del Comendador (quien fuera asesinado por Don Giovanni) y otros seres fantasmales del más allá. Y el mensaje de la obra de Tirso de Molina en la que se basó el libreto de la ópera de Mozart, es que no hay crimen sin castigo. Por eso, antes de que muera Don Juan y se lo lleven al infierno, un coro de músicos dice al público: “Adviertan los que de Dios/ juzgan los castigos grandes/ que no hay plazo que no se venza/ ni deuda que no se pague”.
¿Recuerdan la “Mise en Escène” del doctor Arnoldo Alemán en la toma de posesión presidencial de Daniel Ortega, el 10 de enero recién pasado? Allí el ex Presidente devenido en reo dijo esas mismas palabras sin explicar a qué se refería ni de dónde las había tomado. Incluso, no pocas personas creyeron que eran frases propias del dicharachero ex gobernante.