El periodista y poeta sabe que ese combate por la vida lo tiene que librar solo, está consciente de ello, pero a veces se duele: “En estas horas amargas, en esta soledad que es un encierro, con profunda tristeza he comprendido el cariño de Byron a su perro”. Crítico feroz aún de sí mismo, aclara que “no es una frase mía sino de Rubén, mías tengo otras”.
Brillan sus ojos de alegría cuando nos ve, necesita hablar con alguien y sus palabras son de la naturaleza de los torrentes, incontenibles y sin diques que las detengan. Ama la libertad y quizá ahora con más intensidad, pues ha perdido una pierna (la diabetes maldita) y permanece preso en su propio lecho.
Con varios reglones ha construido unas paralelas entre las que se moviliza sin usar muletas. “Voy a ver si me hacen una prótesis para poder caminar un poco. La diabetes me ha fregado, qué le vamos a hacer, un hombre debe ser como el roble que necesita agua pero no la implora. Yo lo que trato es de fortalecerme en Cristo, mi Señor, y sé que por la fe viviré”.
Este Proteo encadenado es el paradigma del periodismo que se hace entre montañas bajo las peores condiciones de tiempo, bajando a las profundas y oscuras cañadas y atravesando bravos ríos; palpando los horrores de las guerras y conociendo a ciencia cierta la vida y la tragedia de nuestros campesinos.
En la universidad de la vida
Estudió como desesperado en la universidad de la vida, fustigó injusticias con su pluma y con su verbo, fue perseguido, encarcelado y torturado por somocistas y sandinistas. Ahora está en el reposo del guerrero, midiendo sus obras pero… sin arrepentirse de nada.
Con orgullo dice que sólo llegó al segundo grado de primaria por una razón de principios. “Mi padre me sacó de la escuela pública porque en ella se enseñaba religión. Mi papá era presbítero de las Asambleas de Dios. Yo soy de origen protestante, las religiones no salvan, querido amigo, Cristo es el que salva”.
“Una vez en la escuela nos quisieron obligar a rezar, yo aunque era un chavalito descalzo y de pantalón chingo, me negué a hacerlo. La directora era doña Eva viuda de Acevedo y el subdirector Gonzalo Agüero Buitrago. No conformes con quitarme el recreo, mandaron a traer arena, la regaron en el piso y me obligaron a arrodillarme en ella, cuando no soporté salí en carrera, pero la escuela quedaba anexa al comando de la GN de El Sauce y un guardia me persiguió, me alcanzó, me tomó del pelo, me tiró al suelo y me propinó un culatazo en la espalda. Mi padre indignado me sacó y ya no volví a ver escuela, me dediqué a instruirme por mi cuenta. Soy autodidacta”.
Lector incansable
¿Algunos nos dijeron que eras de Ocotal, otros que de Totogalpa...?
Hay cariño en esas afirmaciones, pero lo cierto es que nací en El Sauce un 17 de abril de 1931, mis padres eran Marcos Sánchez Herrera y mi mamá Petrona Castillo de Sánchez. El mayor de mis hermanos era yo. Mi abuelo paterno, Marcos Sánchez Andrade, tenía un taller de herrería y al morir se lo heredó a mi papá, que me mandó a León donde el maestro herrero Antonio Tellería para que me enseñara el oficio. Así me quedé de herrero, odiando todo lo que olía al uniforme caqui de la Guardia.
¿Te quedaste sin escuela por no arrodillarte?
Yo no iba a quebrantar lo que mi padre me había enseñado que sólo ante Cristo el Señor se arrodilla uno. Después me dio por estudiar teología, mi libro de cabecera siempre ha sido la Santa Biblia, son 66 libros desde el Génesis hasta el Apocalipsis escrito por Juan. Tuve fiebre de lectura y devoré a Don Quijote de la Mancha, La Dama de las Camelias, y muchos otros. Me gustaban los libros serios y encontré literatura sobre los griegos, Tales, Heráclito, Demócrito, Diógenes, Sócrates, Platón, luego la literatura de los grandes escritores españoles y franceses. Por ellos comencé a escribir mis poemitas cuando tenía unos 12 ó 13 años. En la elección de reinas del algodón o de otros eventos me buscaban para que yo hiciera los poemas de la coronación.
Herrero y periodista
¿Cómo te iniciás en el periodismo?
Eso tiene otra explicación. Mi familia toda era liberal, yo soy liberal, pero no “liberuña”. A mí me encantaba LA PRENSA por los editoriales del doctor Pedro Joaquín Chamorro a quien admiraba sin conocerlo. Mi familia se extrañaba que yo siendo liberal admirara a un conservador, así es el fanatismo, el caso es que comencé a enviar mis cositas al periódico y me las publicaban, ahí es donde entré al periodismo cuando tenía 18 años.
En LA PRENSA denunciaba los abusos de las autoridades. Me creía un chavalo valiente. Mi tío Baltasar Sánchez, que era diputado liberal, le decía a mi padre: “Mira, si tu hijo es liberal, ¿cómo es que escribe en LA PRENSA?”, porque había un diario somocista llamado Novedades.
Una vez los ganaderos de El Sauce invitaron al doctor Chamorro para que llegara a ese lugar, él llegó y se hospedó en el Hotel Mangas, más conocido como Hotel Central. El doctor quería conocer al muchacho que escribía, que era yo. Cuando me presenté el doctor Chamorro me felicitó y me dijo que si quería trabajar como corresponsal de LA PRENSA en El Sauce. Así trabajé bastante tiempo en El Sauce hasta que conocí a una jovencita llamada Rosa Elena Cardoza Blandón, de Estelí, me enamoré de ella y por eso me trasladé a Estelí, como corresponsal quedó Agustín Moreno Chavarría.
Torturas y carceleadas
¿Cuánto ganaba un corresponsal en ese tiempo?
Más o menos unos sesenta córdobas, de sesenta a ochenta córdobas. Si me publicaban en primera plana ganaba más. Yo me inicié en el periodismo escribiendo en letra de molde pues no tenía máquina de escribir. Tenía muy bonita letra y si usted quiere algunas faltas de ortografía, pero en Managua me corregían bien y me publicaban, les interesaba el contenido más que la forma de la información. Mis escritos iban en el ferrocarril como parte del correo que salía en el tren.
En mi labor sufrí varias “carceleadas”, una vez me llevaron a la 21 de El Sauce. El comandante de esa cárcel era el coronel Félix Roberto Guillén. Mi tío, el diputado somocista Baltasar Sánchez, llegó a hablar por mí: “Sacame a este muchacho que está loco, sólo escribe barbaridades, no sé a quién salió porque mi familia toda es liberal”. Me pusieron en libertad, pero siempre me metían preso cuando escribía alguna cosa que no les gustaba, pero nunca bajé la guardia. Tampoco la bajé durante los años del gobierno sandinista cuando me hicieron muchos ultrajes, carceleadas, torturas sicológicas, amenazas de muerte y ejecuciones simuladas.
Corresponsales de ayer
Estamos hablando más o menos de los años cuarenta. ¿Quiénes eran los otros corresponsales de LA PRENSA?
Recuerdo algunos, Adán Monzón Fornos, de Matagalpa; Arnel Barillas, de San Rafael del Norte; Sandoval Jarquín, de Corinto; René Barrantes, asesinado por la guardia, de Estelí; Teófilo Jiménez Viales, de Rivas; Aragón Pastora, de León; Armildo Valenzuela, López Lumbí, Montenegro, de Granada. Ellos son los corresponsales de la vieja guardia.
¿Cómo transcurría el día para un corresponsal?
Yo trabajaba en la herrería y si me daba cuenta de algo salía a tomar nota, pero también la gente venía a informarme, yo investigaba bien, anotaba todo en mi libretita y me ponía a escribir, pero la noticia que mandaba hoy salía hasta pasado mañana. Yo siempre buscaba la noticia, andaba detrás de la noticia. Siempre le di duro al somocismo y ya últimamente, así viejo, cubrí todo lo de la guerra aquí en el norte, estuvo conmigo el licenciado Ernesto Aburto Martínez, en ese tiempo estaban en LA PRENSA.
Cuando triunfó la revolución me pusieron un telegrama para que me presentara a LA PRENSA, cuando llegué todos los trabajadores estaban bajo un gran árbol de guanacaste. Yo pregunté por el doctor Danilo Aguirre Solís y por don Javier Chamorro, los encontré y les enseñé el telegrama: “Si hombre, Abelardo, te mandamos a llamar porque vamos a fundar otro periódico por esta y esta razón”. Ahí hubo democracia, para qué. Yo no traiciono mi sangre, mi conciencia y mi religión, yo no tengo nada que resentir de LA PRENSA. “Entonces anda para Las Palmas”, me dijeron. Me fui y ahí estaban reunidos “Korico”, el periodista César Vivas, don Pablo Antonio Cuadra, doña Violeta, estaba Pedrito y varios periodistas. Don Pablo Antonio Cuadra me dijo: “Nosotros sabíamos que Abelardo no nos traicionaba” y así me quedé en LA PRENSA.
Pobres y mal remunerados
“Por ese tiempo tuvimos una reunión en San Rafael del Norte con el doctor Danilo Aguirre Solís para fundar la Unión de Periodistas de Nicaragua (UPN), me gustó y soy fundador de esa organización”.
¿Cómo ha sido la vida de los corresponsales?
Pobres y mal remunerados. Yo tengo una pensioncita bien pobrecita, y paso ahí dando lástima sin una pierna.
No esta demás recalcar, ser honesto, ser veraz, ser breve y dominar sus pasiones y opiniones.
¿No estás arrepentido de haber sido periodista?
No, si volviera a nacer volvería a trabajar en LA PRENSA, amo ese periódico, diario la compro, allá está en el escritorio, pero hay algo que quiero pedir… ¿Por qué no me la envían como una cortesía para Abelardo?