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Los pacientes del Hospital Psiquiátrico de Managua son parte de las personas que atiende el doctor Nelson García Lanzas. (LA PRENSA/ARCHIVO)
El buen ánimo cura todo
Convive con sicóticos, esquizofrénicos, asesinos y locos. Este psiquiatra asegura sentirse muy identificado con las ideas de Patch Adams, el médico “payaso” que sugirió que para curar enfermedades hay que curar también el alma de los enfermos con solidaridad y buen humor
Alma Meléndez
nacionales@laprensa.com.ni
Al estilo Patch Adams

El doctor Nelson García Lanzas, quien en el futuro se ve como profesor de psiquiatría forense, conferencista internacional y fundador de una clínica grande de hospitalización y recuperación, en la que a los pacientes se les llamará por su nombre y apellido, no “el de la cama seis” o “el de la cama diez” y los médicos le dedicarán al menos cinco minutos a cada enfermo para preguntarle cómo se siente y platicar con él, dice sentirse muy identificado con Patch Adams, el peculiar doctor que en los años ochenta revolucionó la comunidad médica aplicando singulares terapias que consistían en hacer reír a los enfermos y proporcionarles además de fármacos, afecto.

“Satisfacer las fantasías de los pacientes aumenta sus niveles de endorfina y su deseo de recuperarse”, solía decir Patch Adams, a quien era común verlo circular por los pasillos del hospital con nariz de payaso y los bolsillos de la gabacha abultados por los juguetes que siempre llevaba consigo para divertir a sus pacientes.

“Él tenía razón, no sólo con fármacos se debe tratar al paciente, la depresión complica las enfermedades y muchos estudios han demostrado que el sistema inmunológico de las personas deprimidas también se deprime, por lo que no podés contar con una recuperación eficaz si el estado de ánimo del paciente no es el adecuado”, afirma.

Una tarde cualquiera en la vieja Managua, en las proximidades del barrio Bóer, caminando sobre el andén que va del estadio de beisbol Denis Martínez al Ministerio del Trabajo, un muchacho tipo pandillero, sin camisa y pantalones flojos, de esos que llevan el cuerpo todo tatuado y la cabeza raspada, camina como desorientado, sale de su letargo y acelera el paso cuando distingue a un hombre de gabacha blanca saliendo del ministerio. Se acerca, tratando de esconder entre la mano y la pierna derecha el cuchillo que hurtó de su propia casa. Se encaran. El tiempo se congela y el engabachado reconoce los ojos vidriosos que lo miran con rencor.

Hace un año habían estado frente a frente. El joven le había ofrecido protección personal a cambio de que le ayudara a salvarse de la cárcel y le había asegurado que sabía dónde encontrar a su familia. Con todo, Nelson García Lanzas, el psiquiatra forense, se limitó a decirle que ese no era su trabajo. Al siguiente día, en la valoración que entregó al Poder Judicial, había certificado que el joven no padecía patologías mentales y que estaba en pleno uso de sus facultades al cometer el robo con intimidación y lesión física del que era acusado.

Con la memoria refrescada, la víctima en potencia hizo uso de todo un juego de palabras y técnicas psicológicas, le dijo que su trabajo era hacer diagnósticos del estado mental de las personas que le enviaban, que los dictámenes los daban los jueces, que a veces eran perjudiciales para las víctimas del sistema como él, pero que ahora que ya estaba fichado debía ser más responsable con sus actos para no recaer. Después de un par de eternos minutos los argumentos surtieron efecto y el muchacho cambió el cuchillo por diez pesos. “Me sentía indefenso pero con postura firme le demostré que quien tenía el control de la situación era yo”, cuenta. Debido a su profesión, situaciones como esa hacen parte de su día a día.

VOCACIÓN INNATA

Aproximadamente 1.70 metros de altura, moreno, pizpiretos ojos negros que instintivamente observan y analizan todo lo que tienen enfrente. El chinandegano Nelson García Lanzas, de 37 años, desde niño supo que traía la vocación en la sangre. “Mi abuelo fue clínico general, mi padre odontólogo, yo me sentía atraído a la vida religiosa, pero como era muy enamoradizo pensé que en lugar de ser un mal sacerdote mejor sería un buen médico”, cuenta sin esconder la sonrisa que le dibujan sus recuerdos.

Alumno de la tradicional Universidad Nacional Autónoma de León, antes de irse becado a España a estudiar un postgrado en medicina legal, hizo su servicio social en Chinandega, en el municipio El Viejo, donde llegó a ser director de un centro de salud rural llamado Hospital Teodoro King. En España, como parte del programa de formación, pasó seis meses en el Hospital Psiquiátrico San Juan de Dios, cerca de Madrid, en Ciempozuelo. Ahí conoció la psiquiatría forense y empezó a involucrarse más a fondo con la vida de los internos del hospital.

Ahora el doctor García es de los que creen firmemente que con terapia, psicofármacos y cariño, ante todo esto último, los enfermos mentales pueden rehabilitarse y reintegrarse normalmente a la sociedad. A su regreso de España hizo una especialidad en psiquiatría clínica y desde entonces trabaja en el Hospital Psiquiátrico de Nicaragua.

UN “TRABAJÓLICO”

Como el dinamismo y la hiperactividad son trazos característicos de su personalidad, aparte del psiquiátrico, tiene dos trabajos adicionales. A partir del mediodía se traslada al Instituto de Medicina Legal y después de las 5:00 p.m. hasta las 7:30 de la noche atiende en el Centro Médico Saint Dominic Clinic. Se declara apasionado por su trabajo y asegura que la parte que más disfruta es tratar a los internos del psiquiátrico.

Muchos de los que están ahí han sido abandonados por sus familias, algunos son esquizofrénicos, otros padecen trastornos bipolares u otras patologías mentales controlables que no siempre ofuscan su razonamiento y su sensibilidad. “Mantengo agradables conversaciones con mis pacientes y puedo asegurar que son personas con las que he aprendido mucho. Yo me debo a ellos”, dice, y reitera que el simple hecho de escuchar a esas personas y demostrarles un poco de respeto basta para que ellos retribuyan con afecto y respondan mejor a los tratamientos.

“Antes de la existencia del Instituto de Medicina Legal los enfermos mentales eran sentenciados sin tomar en consideración que padecieran una patología mental”, lamenta el psiquiatra, quien hace seis años pudo salvar de la cárcel al adolescente sicótico que una vez amenazó de muerte al Presidente de la República.

El hecho ocurrió un poco antes de las elecciones de alcaldes, en noviembre del 2000, cuando el pan de cada día de los periódicos nacionales eran los escándalos de corrupción del entonces presidente Arnoldo Alemán.

Un día, una voz al teléfono, amenazó de muerte al gobernante. Ante las sospechas de un golpe de Estado o de un acto de terrorismo las fuerzas de inteligencia de la Policía Nacional no se hicieron esperar y antes de que terminara el día la llamada había sido rastreada.

El autor resultó ser un joven de 18 años de edad, que durante un episodio sicótico tuvo la idea delirante de que era el salvador de la Patria y que tenía la misión de matar al Presidente corrupto. Fue un arrebato de patriotismo, tal vez se sintió el propio Rigoberto López Pérez, el hombre que en septiembre de 1956 durante un baile ajustició a Anastasio Somoza García, pero el joven sicótico aseguró que simplemente se había dejado llevar por un impulso, una voz que le resonaba en la cabeza y le ordenaba ciertas cosas. La familia, gente sencilla y sin mayores recursos, alegó insanidad mental y el caso fue enviado al departamento de psiquiatría forense del Instituto de Medicina Legal, donde fue valorado y confirmado que había un serio trastorno de personalidad.

Al quedar descartadas las sospechas de golpe de Estado y de terrorismo, el joven quedó eximido de cualquier responsabilidad penal y orientado a someterse a un tratamiento antisicótico.

INVESTIGACIÓN CRIMINAL

En Nicaragua desde hace siete años el Instituto de Medicina Legal brinda asesoría al Poder Judicial. No sólo atienden casos de reos y procesados que acusen alguna enfermedad mental, también evalúan a personas lesionadas, víctimas de violación, accidentados de tránsito y a toda persona que requiera de una valoración que certifique su estado de salud.

Pero el aporte de la psiquiatría forense no termina ahí, también suelen colaborar en investigaciones policiales descifrando casos siniestros y macabros, en los que la única forma de llegar al victimario es interpretando las pistas encontradas en el lugar de los hechos. Tal y como pasó en uno de esos sonados casos de noticiero nota roja en el que un asesino con tendencia necrofílica mutiló el cuerpo de una mujer (la decapitó y le cortó brazos, piernas y genitales).

Apenas contaban con la evidencia y los elementos que encontraron en el mismo cadáver. “En la morgue al ver los trozos de cadáver supe que sólo podían ser los cortes perfectos de un carnicero”, recuerda el psiquiatra. En el tronco había una marca, algo como un sello o una firma y fue eso justamente lo que dio la pauta para llegar al asesino.

El marido de la muchacha, un leñador, dueño de un aserrío, que luego se supo había sido carnicero, les ponía a los trozos de madera las iniciales de su nombre, las mismas que figuraban en el tronco y extremidades de la difunta descuartizada. “Es un hombre vanidoso, le gusta el poder, quería demostrar que podía hacer lo que quería y al final se lo demostró a ella”, dice en tono explicativo el psiquiatra.

En los siete años que tiene de ejercer la profesión no fue ese el caso que más lo conmovió. Fue el de una niña de 7 años que había dejado de hablar y de mover la mitad derecha del cuerpo. La madre había sorprendido al vecino manoseando a la hija e inició un proceso que la llevó a Medicina Legal para una valoración. Después de algunos intentos por hacerla hablar la niña contó cómo el vecino la acosaba.

Llegaba a la casa cuando no había más gente, la manoseaba, le hablaba bajito al oído, le decía que todo estaba bien mientras se bajaba los pantalones y la obligaba a masturbarlo con la manito derecha y hacerle sexo oral. La niña tenía un trauma disociativo (pérdida de la integración normal entre ciertos recuerdos, ciertas sensaciones y el control de los movimientos corporales) para la niña no existía ni su boca ni su brazo izquierdo.

AUXILIO MENTAL

El psiquiatra confiesa que no siempre es fácil mantener el buen humor. Hay días en los que no quisiera salir de la cama y mucho menos ir a trabajar, pero como por inercia se levanta, porque hay que llevar al perro a caminar y a los niños al colegio. Cuando se siente sobrecargado suele invertir posiciones y visita un psicólogo para hacer su catarsis.

Uno de los factores protectores de su salud mental es su familia. Según él, sólo la estabilidad y el cariño que encuentra en su casa le ayuda a mantener el ritmo. “Cuando llego a la casa hasta el perro se me tira encima, feliz de verme, me siento reconfortado”, dice.

En su profesión lo difícil no es sólo la sobrecarga laboral, está también la sobrecarga emocional. Con todo, jura que no cambiaría su vida con nadie y que no se arrepiente de la carrera que escogió.

“Los psiquiatras no sólo tratamos sicofarmacológicamente, manejamos la psicoterapia, somos terapeutas y podemos ayudar a resolver problemas mentales y emocionales”, concluye.

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