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Psicoanálisis del despilfarro
Edmundo Dávila Castellón
El autor es ingeniero civil

“Nadie puede vivir de lo superfluo, mientras alguien carezca de lo estricto”

Salvador Díaz Mirón

Uno de los temas políticos más comentados y criticados en el recién pasado gobierno fue el de los megasalarios y las megapensiones.

El ex mandatario Enrique Bolaños mucho insistía en que todos somos iguales ante la ley, pero en su período, por ejemplo, para ganar el salario mensual de un Ministro de Educación, un humilde maestro necesitaba trabajar la bicoca de 12 ó 14 años, desvirtuando por completo la presunta igualdad que preconizaba irónicamente el ex presidente, ya que el ministro valía más de 70 veces que el maestro.

Un político de alto rango en Nicaragua vive cuando menos cinco años como un potentado, enriqueciéndose breve y fácilmente sin necesidad de robar, ya sea asalariado o mejor aún, pensionado generosamente por el Gobierno, como es el caso de los ex Presidente y ex Vicepresidente de la República..

Los megasalariados y megapensionados se hacen millonarios en tan sólo 8 meses o un año, siendo los afortunados pensionados (que en general no tienen edad de jubilación cuando cesan sus funciones y son gente pudiente), cubiertos económicamente por los impuestos de los ciudadanos, incluyendo algunos que no tienen ni para comer, jubilados, víctimas de guerra, mendigos, etc. que a diario van engrosando la bolsa de los megafavorecidos en salarios y pensiones

Los megasalariados no llevan a cabo ninguna labor agotadora ni extraordinaria (fuera de cumplir con su deber) como servidores públicos para recibir semejantes sinecuras y privilegios. Los pensionados tampoco han hecho nada grandioso o excepcional para la patria, que merezca retribuciones desmesuradas o un agradecimiento sincero y perdurable del pueblo necesitado.

La pretendida justificación de los megasalarios ha sido el tonto argumento de que “en la empresa privada ganan más”, y esos genios específicos tienen que ser aprovechados por el gobierno de turno para que el país se engrandezca, pero la experiencia ha demostrado la falsedad de esa teoría.

Las megapensiones vitalicias fueron instauradas en el año 1990, con efecto retroactivo hasta 1984, año de elecciones. Las abultadas megapensiones, aparte de ser una ofensa para los afiliados al INSS y la gente pobre, ya no se diga para los indigentes, socavan el bajo presupuesto del país, financiado en un 30 por ciento por la comunidad internacional. Un pragmático no puede apreciar los resultados positivos ni la utilidad que reporten al país estas legales megadistribuciones.

Los megapensionados y megasalariados locales no son autóctonos, porque tienen un nivel de vida de países desarrollados, de extranjeros. Ellos son daneses, noruegos, suecos, ingleses, etc. que ganan tan bien, que viven mejor que si hubieran nacido en esos lugares. El ex mandatario Bolaños quien aducía que su salario era “legal” (con desprecio de lo moral), ganaba más que el Primer Ministro británico Tony Blair. ¡Increíble!

Los megafavorecidos deberían tener la vivencia de la pobreza y la austeridad, ajustándoles proporcionalmente sus ingresos y beneficios, conforme la economía del país. De otra manera, ¿cómo y cuándo van a comprender al pobre y al miserable? ¿Por qué deben existir diferencias abismales entre nosotros, si todos vivimos bajo el mismo techo y somos supuestamente iguales ante la ley?

Un buen criterio para definir los salarios y pensiones locales para nuestros políticos, sería fijarles un salario igual o similar al que ganan sus homólogos funcionarios en Haití, el país más pobre y cercano a nosotros, pero que podría darnos un buen ejemplo de austeridad.

Los megasalarios deben estar relacionados directamente con la justicia, la moral y la economía del país. No podemos por un lado, andar extendiendo la mano ante la comunidad internacional, y por el otro favorecer, en una forma inusitada, irracional y exorbitante a pasajeros servidores públicos de ocasión, por muy eficientes o estudiados que pudieran ser.

Aún fijar que uno de estos funcionarios gane 50 veces el salario mínimo, es prohibitivo, exagerado y degradante para un jornalero o un maestro porque implica en nuestro mundo material, alguien que vale 50 veces más que otro (cuanto tienes, cuanto vales) y por lo tanto tal criterio tan simplista y acomodaticio, debería revisarse más profundamente.

El que recibe gratuitamente o más de lo que se merece, por leyes naturales y divinas y de acuerdo con la ley del karma, tarde o temprano tendrá que pagar su precio. El lema forzoso debería ser trabajar por la patria, no por dinero o beneficios personales. Los países desarrollados son un buen ejemplo.

“La patria es ara, no pedestal”, dijo Martí. ¿Hasta cuándo empezaremos a comprender esto?

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