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La vocación en el maestro
Benito Agustín Díaz L.
El autor es religioso, psicólogo y orientador familiar

Con el entusiasmo acostumbrado cada año, hemos iniciado un nuevo año escolar. Miles de niños, jóvenes, padres de familia y la sociedad entera han puesto sus ojos en el maestro o la maestra, no importa de qué escuela. Resulta que el maestro es el puente obligado por el que las generaciones presentes se asoman al futuro. El maestro es un elemento esencial en el desarrollo del país, su actuación está en función de futuro.

Pero ¿qué imagen tiene la sociedad nicaragüense del docente? La respuesta, por lo general, es positiva, Pero si ahondamos un poco más en la pregunta estamos convencidos que es una profesión que exige gran dosis de sacrificio sin recibir gran cosa a cambio.

Quizá sea la profesión de maestro la que para un desempeño cabal lleva cierta concepción religiosa, de una mística que pide un conjunto de cualidades humanas que otra profesión no necesita como: paciencia, entrega, disponibilidad, etc. en resumen se necesita vocación.

Vocación, etimológicamente, llamada es la capacidad de hacer o dedicarse a algo y realizarlo de manera satisfactoria. El hombre humanamente se realiza en el fiel ejercicio de una profesión que le importa alegrías y satisfacciones por encima de lo económico.

El magisterio pide al maestro una fuerte dosis de altruismo, de paciencia, de entrega desinteresada, de disponibilidad que no se justifican solamente en razón del salario. Está fuera de duda que la profesión docente exige un componente vital que ayude a superar las dificultades propias de la misión, exigencias que hacen del docente no un maestro obrero sino un maestro apóstol de ideales y valores que la sociedad necesita pero no son excusas para negarle las legítimas condiciones laborales que le corresponden.

La misión docente es compleja aunque a primera vista no lo parezca. Son diversas las actividades que la integran y hay que conocerlas para valorarlas. Además de las meramente didácticas, el maestro está llamado a ser consejero, acompañante, tutor, orientador y guía de jóvenes. Todo esto debe crear en torno al maestro una aureola de admiración y respeto que con frecuencia le negamos Si el maestro cumple esto que por vocación está llamado a realizar, pocas profesiones serán comparables a la de maestro, porque implica influencias sobre personas; alumnos, padres de familia, colegas, sociedad, todo ello en un marco cultural y valorativo.

Es fácil hacer un catálogo de aquellas cualidades que hacen al buen docente. La Salle habla de las doce virtudes del buen maestro. La educación está vinculada a la transmisión de valores y la escuela lo mismo que la familia, está llamada a cumplir esta misión.

Pero hay elementos, de todos conocidos, que hacen poco atractiva la vocación de maestro. Vivimos en un mundo anárquico, de rebeldes, alejados de la ley que ha perdido toda fuerza moral. Esta situación la vive, por desgracia, la familia, donde no hay concepto de autoridad y respeto creando ambientes que a veces empujan a los hijos a la independencia personal, a dejarse arrastrar por los caprichos sin que los padres puedan poner límites a exigencias desmesuradas.

Este ambiente repercute en la escuela y muchas veces el maestro se siente solo, frente a los problemas que la docencia crea, sin ayuda de quien deba darla: con frecuencia los padres exigen al maestro lo que no se atreven a pedir a sus hijos.

Otros de los aspectos que hacen poco atractiva la profesión docente son las condiciones económicas, profesión muy mal remunerada. Quizá tenga razón el que dijo: lo que no gastemos en maestros lo gastaremos en policías.

El maestro, por circunstancias actuales, está sometido al estrés que provoca la docencia, máxime en estos tiempos de relajamiento de la disciplina y rechazo de la autoridad. Pese a todo, siempre hay personas de alma noble, decididas a quemar sus vidas en las aulas tratando de alumbrar los caminos de las nuevas generaciones. Para ellas mi admiración.

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