“Educar a las nuevas generaciones en la fe es una tarea grande y fundamental a la que está llamada toda la comunidad cristiana y que por ser especialmente difícil es más urgente que nunca”.
(Benedicto XVI)
Cada generación, cada época, cada situación particular demanda una forma propia de educar, ya que el educador —padre de familia o tutor, maestro o profesor, sacerdote, religiosa o consejero— es un acompañante, el conductor moral y espiritual de un niño o niña, adolescente o joven, de una persona o grupo humano concreto, de un hijo de su tiempo en el “aquí” y el “ahora”, en cuyas manos descansará más tarde el destino de la sociedad de la patria, de la Iglesia y de la humanidad.
Por lo tanto, no se puede prescindir de la realidad o el entorno en que se desenvuelve el destinatario de la educación. Vivimos en el mundo de la globalización, donde abundan las diversas propuestas educativas, filosóficas y religiosas, en medio de una mentalidad relativista que nos puede hacer creer que cualquier opinión resulta igual, que da lo mismo “esto” que “aquello”. Hay nuevas corrientes de pensamientos, movimientos y sectas seudo-espirituales al alcance de la mano y de todos los gustos que no favorecen en nada y sí se distancian, en menor o mayor grado, de la concepción cristiana de la vida.
En el presente momento la educación, como la evangelización, reclama novedad en su ardor. Tratándose de la educación en la fe, el ardor equivale al celo apostólico o vivo interés por la salvación integral de los hijos o los discípulos, por llevar a Cristo a los demás. Pero no se puede llevar a Cristo a nadie, si no se lleva a Cristo en sí mismo al grado de traslucirlo con una conducta intachable. Por eso la coherencia entre la fe y la vida presenta la credencial del educador en la fe… tal coherencia constituye un requisito esencial y, en muchos casos, la urgencia máxima para educar en la fe.