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Contenido del Alba debe ser público

La euforia política impide ver la realidad objetivamente. Es engañosa y, asimismo, pasajera. Como euforia política podrían calificarse algunas declaraciones de Hugo Chávez y Mahmud Ahmadinejad durante su estadía en Nicaragua en días pasados. Por ejemplo, el presidente iraní dijo que Nicaragua e Irán tienen muchas cosas en común —incluyendo a sus enemigos— en una clara alusión a Estados Unidos y al occidente en general. Pero esto no es verdad por razones prácticas, históricas y culturales. La economía de Nicaragua mira hacia el norte y hacia el oeste, no hacia el oriente. Sin la ayuda de Estados Unidos, la Unión Europea y los múltiples organismos financieros internacionales —con decisiva influencia norteamericana—, Nicaragua colapsaría.

Por otro lado, Nicaragua comparte con Estados Unidos y occidente en general, gran parte de su cultura, incluyendo la religión y el sistema democrático que promueve la democracia y las libertades individuales. Irán, en cambio, es un país islamista que adora a Alá y a su profeta Mahoma, y que irrespeta los derechos y libertades de las mujeres y de grupos minoritarios. En Irán, la mujer es poco menos que un objeto doméstico. En Nicaragua, como en Estados Unidos y el mundo occidental, la mujer ha conquistado la igualdad de derechos con el hombre de tal forma que pueden llegar hasta a ser presidentes de sus países. Tal vez más importante que todo, Irán es un país cuyos dirigentes no descartan el terrorismo como medio de lucha contra sus enemigos. Nicaragua, en cambio, se ha suscrito a tratados internacionales de condena al terrorismo y cree en la solución pacífica de los conflictos internacionales.

Como enemigo de Estados Unidos, Irán se le enfrenta, contraviene sus políticas y rechaza cualquier resolución en su contra. Por ejemplo, ha ignorado hasta hoy la resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) que le manda a detener su proyecto de refinación de uranio con el que pretende fabricar armamento nuclear, y permanece desafiante. Por su parte, Estados Unidos ha concentrado buques de guerra en el Golfo Pérsico. Las posibilidades de una guerra entre Irán y Estados Unidos son reales. ¿Qué tendría que ver Nicaragua en este conflicto? Absolutamente nada. Es cierto que Ortega no podía tapar la boca al presidente iraní pero sí podía distanciarse expresamente de ese tipo de discurso, no sólo ante los nicaragüenses sino también ante la comunidad internacional, reafirmando la vocación pacifista de nuestro país y rechazando cualquier forma de guerrerismo y aventurerismo. Nicaragua necesita la ayuda de todos aquellos que le extiendan su solidaridad pero no debe aceptar el condicionamiento de compartir enemigos.

En el caso de Venezuela, la situación es similar en varios sentidos. Más allá de su retórica agresiva, Chávez da pasos concretos para perjudicar al gobierno norteamericano. Con petrodólares intenta una cruzada antinorteamericana que podría tener graves consecuencias para su país. Pero la economía venezolana depende casi exclusivamente del petróleo. Si los precios se derrumbaran —como se anticipa que ocurrirá en los próximos años— Venezuela se sumiría en una devastadora crisis, pues el crecimiento real de la economía de ese país es muy bajo.

Por el momento, Chávez ofrece el Alba para oponerse a los tratados de libre comercio (TLC) ofrecidos a su vez por Estados Unidos a Latinoamérica. A Nicaragua Chávez ha ofrecido, además, la construcción de una refinería y suministro de petróleo a plazos preferenciales. Chávez espera a cambio la solidaridad de Nicaragua contra su enemigo a muerte, Estados Unidos. Por eso es imperativo que la opinión pública conozca el texto de compromiso firmado por el presidente Daniel Ortega y a los detalles e implicaciones del Alba. Si Ortega firmó el 11 de enero el acuerdo con Chávez para unir a Nicaragua con el Alba , de acuerdo con el artículo 138 de la Constitución debió haberlo enviado a más tardar ayer, a la Asamblea Nacional, para su aprobación o rechazo.

El presidente Ortega no debe pensar que el sí a ciegas de la muchedumbre sandinista que asistió a la plaza el día de su toma de posesión, representa o sustituye a la mayoría del pueblo de Nicaragua que no votó por él. El presidente Ortega debe gobernar para todos los nicaragüenses.

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