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¿Y ahora para qué lamentarse?
Silvio Méndez-Navarrete
El autor es ingeniero

El día de toma de posesión del nuevo gobierno sufrí la mayor de mis decepciones. No podía creer que algunos nicaragüenses, traidores a nuestros mártires y bienhechores de la patria, fueran capaces, por su actitud, de desperdiciar tanta sangre santa como la que derramaron los patriotas que lucharon por la libertad de nuestro suelo. Sentí que la adrenalina inundaba mi cuerpo al extremo de la frigidez. Perdí el sueño, el hambre, el deseo de continuar viviendo en mi patria. No podía encontrar respuesta aceptable para darle a nuestros muertos heroicos, qué decirle a los comandantes y luchadores de la contrarrevolución que me llamaban lamentando lo sucedido, los que con tanta valentía y desprendimiento a sus vidas y propiedades, dejaron todo para entregarnos una república libre y soberana.

Cólera, vergüenza inundó mi mente, no podía aceptar la existencia de nicaragüenses capaces de entregar su patria por una esperanza fatua de pasiones y avances personales. El egoísmo, la petulancia, la decadencia moral de los candidatos llamados “democráticos”, no les permitió llegar a un acuerdo justo para la patria, decidieron la satisfacción del ego. La arrogancia de creerse los elegibles nos llevó al abismo. Participar separados en las elecciones de noviembre pasado hubiese sido bueno, si no existiera un pacto tan deleznable mediante el cual la Presidencia fue prácticamente entregada a Ortega, con el 35 por ciento requerido para ganar. A él lo eligió Alemán, no el pueblo. En estas elecciones no perdió un partido. Perdió una nación y un pueblo indefenso.

Alemán creyó pactar con los marxistas arriesgando poco, no tomó en cuenta que ellos han hecho una ciencia de los pactos que les ayudan a avanzar su agenda, conquistar el poder por el medio que sea, paso a paso con visión de largo plazo, utilizando brillantemente su capacidad de adaptación con discurso y método disciplinado, estrategias de doble estándar, negociación y al mismo tiempo amenazas alternada con tintes de violencia por medio de sus bases partidarias. Funcionó tan bien, que el resultado es que Ortega vuelve a la Presidencia, el gran perdedor: el pueblo, que en un 62 por ciento lo rechaza. Y el pueblo siempre tiene la razón.

No debieron subestimar a Ortega, detrás tiene toda una conspiración que lo respalda y asesora. Por el momento ha abandonado la lucha armada, pero la imposición se mantiene con procedimientos intimidantes, huelgas y asonadas con violencia. Esto, secundado por nuestra falta arraigada de cultura, conciencia política, responsabilidad democrática y social, y por la ambición y egoísmo de quienes hacen a un lado el interés nacional por lo personal. Los sandinistas aprovechan oportunidades, toman riesgos, emplean los medios a su alcance y pactan con quien sea que les permita tomar ventaja de la desgracia, la pobreza y la desilusión de un pueblo. La pobreza y la miseria es su fortaleza. Quienes piensan que están interesados en mejorar la situación se equivocan. Pobreza es su caldo de cultivo.

Ortega es el presidente, ahora la empresa privada desfila ante él. Empresarios, banqueros y comerciantes pretenden ser sus nuevos amigos. Quieren darle el beneficio de la duda aunque esto sea un trago amargo. La duda carcome las entrañas del 62 por ciento. ¿Ha cambiado Daniel? ¿Cuáles son sus planes para su nuevo gobierno? ¿Cuál es la capacidad de convencimiento de Ortega, experto manipulados que le sabe la vida y hechos a muchos influyentes personajes, teniendo todas las herramientas del gobierno? ¿Hará una constituyente populista? ¿Con quién se asociará? ¿Volverá su retórica populista antiimperialista?

Históricamente hemos fomentado errores y barbaridades de nuestros gobernantes, adularlos para después quejarnos. Antes de la elección presidencial, Ortega era el ex dictador que se negaba debatir y responder cuestionamientos comprometedores. Ahora se ha convertido en “salvador” de Nicaragua, le dan voto de confianza y ofrecen su cooperación, hecho que él nunca dio a los tres gobiernos anteriores. Ya hace ostentación que las leyes y las instituciones le importan poco, que está por encima de las mismas y no le obligan a él. Da temor y vergüenza ver las reacciones como van cambiando a medida que avanza el nuevo gobierno que ganó sin mandato, por minoría, por trucos de leyes viciadas. Dios ilumine la mente de estos políticos descarados. Y nuestros muertos que callen y perdonen.

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