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Valores que debe institucionalizar el PLC en su reestructuración
César Augusto Bravo Vargas
El autor es escritor liberal chontaleño

Cuando la dirigencia y las bases del PLC hablan de una reestructuración “total” de las estructuras de ese partido, habría que preguntarse qué valores y fines la van a orientar, pues desde 1992 que empezó a levantarse como una fuerza política pujante, sus pasos por la historia nacional han estado coloreados por una serie de actuaciones que distan mucho de la esencia del liberalismo.

La frase de Manuel García-Pelayo (España 1909-1991) refiriéndose a la revolución inglesa de 1688, de que “los movimientos, con frecuencia se realizan no para abandonar un cauce sino para retornar a un cauce abandonado”, me parece aplicable a esta iniciativa “renovadora” del PLC. Bajo esta perspectiva el cauce abandonado del PLC es el de los dignificantes ideales que motivaron a Ramiro Sacasa Guerrero a fundar el PLC el 25 de julio de 1970, donde proponía, como principios de constitución, que “el PLC debía salvar para la historia, la vigencia liberal de quienes han rendido sus banderas a la ambición personal y los intereses electoreros. Que un partido no es una manada de siervos, sino una asociación voluntaria de hombres liberales con derecho a pensar, discutir y aspirar. Que fieles liberales somos los que defendemos los principios del partido y no los que quieren transgredirlo. Que no es liberal el enriquecimiento ilícito, ni el monopolio, ni la desleal competencia, ni el tráfico con necesidades sociales. Que no son liberales quienes irrespetan sistemáticamente la voluntad popular”. Es bien sabido que Ramiro Sacasa y demás fundadores del PLC como Guillermo Rothschuh, Pedro J. Quintanilla, Leopoldo Navarro, Orlando Trejos Somarriba, Enrique Delgado y demás, aspiraban a que las leyes fueran el reconocimiento del derecho y no la expresión de la fuerza.

Es una total incoherencia que las personas que más han transgredido estos valores estén orientando la renovación del PLC. ¿Qué cambio puede producir la reestructuración del PLC cuando la mentalidad de ese partido sigue siendo manejada por Arnoldo Alemán, quien representa todo lo opuesto a las aspiraciones de Sacasa y, por ende, a las razones de existencia de ese partido? Aún cuando el PLC se encuentra en escombros no se han logrado percatar que no son las directivas de comarcas, barrios, municipales, distritales ni departamentales las que amenazan con desaparecer al PLC, sino el CEN mismo quien obedece, con total ceguera, la voluntad metálica de la familia Alemán.

Para que la renovación del PLC sea efectiva y verdadera, debe ser con miras a retomar y aplicar los valores apolillados de sus verdaderos fundadores, debe girar entorno a difundir y a crear un verdadero y auténtico clima de unificación de la gran familia liberal para que éstos unificados, abran la brecha que daría paso a realizar una alianza duradera de todas las fuerzas democráticas, donde se excluyan todas aquellas personas que en aras de sus beneficios personales entregaron el país al FSLN. La consolidación de estos ideales, anhelados por la mayoría de los nicaragüenses, jamás deberá girar alrededor de personas, prebendas o repartición de puestos públicos, sino con base en principios y valores que encuentren sustento en un marco democrático y republicano.

Los que decimos ser liberales debemos volver la mirada hacia ese liberalismo que visto por Carlos Alberto Montaner concibe que “a mayores cuotas de libertad individual corresponden mayores índices de prosperidad y felicidad colectivas”. A ese liberalismo que propugna por respetar los derechos constitucionales de los nicaragüenses, de elegir y ser elegido. Ese liberalismo que es la antítesis del absolutismo y que encuentra su pontífice y su justificador en el filósofo inglés John Locke (1632 -1704).

“Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu, (1689-1775) en su obra El espíritu de las leyes de 1748 proponía la separación de los poderes para que el Estado fuera un conjunto de pesas y balanzas en el que se contrapesen los distintos poderes que ostenta sobre el individuo, para que ninguno pueda devenir en tiranías”. Lo mismo podemos aplicarlo a los partidos políticos. En éstos también deben existir ese conjunto de pesas y balanzas montesquianas que eviten, en lo posible, mantener el aliento tradicional de todas aquellas personas que quebrantan las libertades individuales y colectivas de los mismos.

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