“Se trata de comunicar a los jóvenes el aprecio por el valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al servicio al del bien”.
(Cardenal Tarcisio Bertone, Sec. de Estado Vaticano)
Para poder comunicar a los niños y los jóvenes aprecio por la vida e infundar el deseo de gastarla progresivamente al servicio del bien de sus semejantes es imprescindible educar para el bien, para el amor.
En la reciente campaña electoral pasada se habló hasta la saciedad de amor, respecto a la necesidad de “amarnos los unos a los otros” como fundamento y garantía de la paz y el progreso social en Nicaragua. Se abordó mucho el tema del amor, pero muy poco el de la libertad. Ojalá radique tal diferencia en que el amor auténtico comprende o lleva implícito el respeto a la libertad individual y social de la persona humana, la cual no puede ni debe concebirse como una concesión estatal o gubernamental sino como un don y un derecho otorgado por Dios al hombre.
El amor no se impone por la fuerza de las armas, el “lavado de cerebro” o la implantación del miedo en sus mil formas, solapada o abierta.
En el seno del hogar se puede catalogar de exitosa la educación familiar cuando los padres logran que la niña o el niño llegue a ser ordenado porque quiere serlo y arregla su cuarto con gusto, no por el temor de ser regañado o castigado por omitir dicha tarea, para ilustrar con un caso sencillo, sino porque ha asumido el orden como un valor personal en su vida.
En el plano político sucede igual. Es del hombre libre, de la mujer libre, de quien puede esperarse la entrega generosa, el espíritu solidario, el deseo sincero y la decisión firme de gastar la vida al servicio del bien.
Sería sensato y saludable que, tomando en cuenta la idiosincrasia y los valores espirituales, morales y cívicos del pueblo nicaragüense se eduque en el nuevo gobierno para forjar ciudadanos capaces de decir “NO” a todo lo indigno de un hijo de Dios.