El mono imita, el Homo sapiens inventa
Jorge A. Huete-Pérez
El autor es doctor en biología molecular

“Admiremos a los grandes maestros, no los imitemos”.

Víctor Hugo

Latinoamérica ha carecido de grandes ideas creadoras que se conviertan en contribuciones indiscutibles para la humanidad. El ensayo de Alfredo González Holmann, titulado La Gran Pregunta (PAVSA, Managua, noviembre 2006), vierte luz acerca del porqué de esta sequía intelectual. Este es uno de los ensayos más provocativos e informados sobre las razones de nuestro atraso socioeconómico.

El autor, empresario nicaragüense, demuestra una cautivadora habilidad para incursionar en los más variados campos del conocimiento, faceta que distingue más a la academia que al empresariado. Se trata de un repaso de nuestra historia en todas las épocas comparándola con la de las naciones ahora desarrolladas. González Holmann va más allá de la simple descripción de acontecimientos y, si bien procura un análisis abarcador sin particularizar en un país es inevitable rastrear y darse cuenta que prácticamente todas las manifestaciones culturales estudiadas se aplican a Nicaragua, muy al estilo agudo de Pablo A. Cuadra.

El tema del subdesarrollo ha fascinado a grandes intelectuales iberoamericanos como José Ortega y Gasset, Carlos Alberto Montaner y Carlos Rangel, por mencionar algunos citados por el autor. Las interpretaciones de estos pensadores se centran en la representación de nosotros mismos frente a la ley, la conciencia social e individual, la libertad de razonar y, en fin, nuestra propia dignidad humana y la cultura.

El autor logra un magnífico enfoque desde la perspectiva económica e histórica, señalando entre las causas de nuestro atraso la brutalidad de la colonización española, el legado oscurantista de la Edad Media que truncaba la imaginación y la creatividad, y la falta de principios verdaderamente democráticos.

Y en ese recorrido breve, pero penetrante, el autor resalta una triste situación: el sistema de “cogobierno” de la monarquía española y la Iglesia por medio de la imposición del catolicismo y destrucción de las creencias indígenas, la Inquisición y censura de la lectura (Índice de libros prohibidos), no sólo castró el desarrollo intelectual sino que también frustró las aspiraciones de libertad y prosperidad en la región latinoamericana. Estas observaciones remarcadas sin grosería podrían convertirse en blanco fácil de los dogmáticos absolutistas.

Entre las soluciones al problema, el autor recomienda establecer un sistema político democrático y verdaderamente laico. Proponer salidas viables obliga a considerar todos los ámbitos relacionados con el tema, incluyendo el desarrollo científico y técnico.

En relación a esto, dos temas importantes son la exaltación de la necesidad de mejorar la educación y la importancia de la investigación. En definitiva, se trata de abogar por una educación que cuente con un pensum más práctico y adecuado a las tendencias modernas y que no sea apenas transmisora de conocimientos sino que, a través de la lectura, conlleve a razonar.

Dicho todo esto a favor del pensamiento crítico y creativo, podría parecernos que el autor se contradice cuando pasa a argumentar a favor de copiar modelos exitosos. Pero no muchos concordaremos en emular la copia. Nicaragua ha sido un país que durante décadas ha venido abusando de la copia de modelos foráneos que no necesariamente han sido útiles.

Tampoco hace justicia al pensamiento del autor la frase del subtítulo: “Lo que el mono ve, el mono hace” porque al no repararse en las consecuencias de la imitación, se excluye la importancia de ser uno mismo. Esa carencia de identidad propia proveniente de la destrucción de las culturas nativas es una de las explicaciones históricas más importantes de nuestro fracaso.

Puesto que el autor hace énfasis en reiteradas ocasiones en la importancia del pensamiento propio, no cabe duda que la idea no es que copiemos fielmente como monos y sin razón sino que, aprendiendo de las mejores experiencias se evalúe críticamente, se innove y se formulen modelos apropiados a nuestra realidad. Los que trabajamos en el sector de la ciencia chocamos constantemente con las políticas implantadas por asesores externos que desconocen el fondo de nuestros problemas, como lo hemos ya comentado en otros artículos.

Reconociendo nuestro atraso, acaso algunas propuestas de La Gran Pregunta nos parezcan demasiado atrevidas, pero es inevitable correr ese riesgo cuando se proponen cambios fundamentales. Por ello, sorprende que este ensayo todavía no haya recibido la atención merecida, lo cual podría explicarse porque la crítica académica nicaragüense es casi inexistente. Esta conclusión le daría también la razón al autor cuando dice que “en este campo somos de una pasividad extraordinaria” y que la curiosidad por “la investigación mediante la lectura no es atributo generalizado de nuestra cultura”.

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