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De Vargas Vila a José Santos Zelaya
Jorge Milla Reyes
El autor es Embajador r de Honduras en Nicaragua

En el archivo personal de doña Graciela Zelaya, que es un verdadero filón de oro sin explotar, se encuentra bastante bien conservada la carta que LA PRENSA tiene la amabilidad de llevar a sus numerosos suscriptores.

Doña Graciela notó mi interés especial en esa carta y me preguntó si quería publicarla. No pude resistir la tentación. Para alguien que en sus mejores años fue un voraz lector de José María Vargas Vila la invitación no era de despreciar.

Inicialmente pensé en publicar algunos comentarios a la carta, pero después de releerla varias veces y descubrir algunos matices tan sólo insinuados en ella pensé que lo correcto era publicarla íntegramente y dejar que cada lector, cada fanático de Vargas Vila, o de José Santos Zelaya, o del liberalismo, encontrara sus propias satisfacciones o, como diría Vargas Vila, sus propias tristezas.

A continuación la carta...

“C/3-7-1911

Vía Tácito 7- Interno 9

Roma, Junio 7-1911

Al Señor General

J. S. Zelaya

Mí estimado General y amigo:

Mis editores de París, le enviarán, por orden mía, mi nuevo libro El ritmo de la vida que acaba de salir de prensas. No es literatura. Filosofía, Ética y Estética, todas negadoras, todas revolucionarias, amargas y muy tristes. Libro de aforismos; desolado y desolador. No le pido entristecer su grande espíritu leyendo ese libro demoledor, sino recibirlo y, conservarlo como un recuerdo de mi grande amistad personal por usted y mi vieja admiración por el caudillo liberal constructor de un pueblo, y, último defensor de una nacionalidad.

¿No me será dado verlo a usted aquí en esta Roma augusta, digno asilo a las tristezas de un gran espíritu como el suyo, que sintetiza el alma dolorosa y heroica de una nacionalidad vencida? Roma, es digno campo de meditación y de fortalización de un Hombre Histórico como usted. Todos los grandes vencidos, como los grandes vencedores han tenido su momento de Roma, como todos los grandes artistas han tenido su minuto de Atenas... Venga usted, mi querido General, y, recorreremos juntos estas grandes ruinas donde vagan tan grandes sombras.

La exposición aquí es una gran fiesta de belleza, que el Papa y los jesuitas no han podido hacer fracasar aunque han hecho y hacen todo lo posible. Es una fiesta del espíritu que usted debe aprovechar, ahora que por motivo de estas fiestas, las rebajas ferroviarias son enormes y, reducen tanto los gastos del viaje.

Si usted resuelve venir me lo dice antes para buscarle un asilo decoroso, tranquilo y equitativo.

Varios amigos de Nicaragua me escriben, entre ellos Argüello, preguntándome el por qué de mi silencio... ¿qué podré decirles, cuando mi silencio es la última forma de mi decoro?

Estrada, el de Nicaragua, camina a tientas, en la tiniebla, no sabiendo qué hacer de su Traición: la espada de los conservadores le amenaza la garganta, como el dogal de Judas...

Estrada, el de Guatemala, recibe los treinta dineros de la venta, y entrega el país a los yanquis; la guerra de México crea una nueva topografía moral sobre la cual podrían edificarse grandes cosas, y, lidiarse grandes combates de ideas... los demócratas llegarán al poder en Washington: es la hora de comenzar a desarrollar una política y una diplomacia de vencidos, que podrá sernos muy útil; si hemos de vernos pronto, aquí o en París, yo le diré algo que pienso a ese respecto, y, que tal vez realizaré...

Entre tanto mi querido General ya sabe usted que soy siempre muy su amigo

Vargas Vila”

P.D. ¿Le ha enviado Argüello su conferencia pronunciada en Costa Rica? Era una ocasión excelente para haber hecho justicia a la gran política y al nombre histórico de usted. ¿Por qué calló? ¿Le faltó valor? ¿Le sobró olvido? El deber con una bandera vencida no es esconderla, es desplegarla... Usted es un símbolo, más que un hombre. Usted sintetiza el liberalismo y el antiyankismo en Centroamérica, es decir, la libertad y la nacionalidad; el alma de un pueblo y de una raza. Usted es una bandera y en torno a esa bandera hay que lidiar todos los combates; ¿a dónde van desorientados sin un símbolo esos combatientes de guerrillas? Argüello está en León; ¿se puede pues vivir allí? O ¿eso es vivir?

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