¿Existe una nueva izquierda? La pregunta, que es de carácter general, tiene en América Latina un particular interés después de los resultados electorales que han favorecido a los candidatos de izquierda en Chile, Brasil, Argentina, Uruguay, Ecuador, Bolivia, Panamá, Perú, y más recientemente en Nicaragua, con el triunfo y ascensión al poder de Daniel Ortega.
A pesar de su complejidad, el tema no se agota con esa pregunta, sino que se abre a nuevas interrogantes. ¿Es una izquierda o son varias? ¿Si es una, cuáles son sus características? Y si son varias, ¿cuál es la característica de cada una de ellas y las diferencias entre sí? ¿Es nueva o es una reedición de lo ya visto. Si es nueva, ¿por qué lo es?, y si no es nueva, ¿por qué no lo es?
Indudablemente las respuestas a todas esas preguntas exceden a las posibilidades de este artículo, que además deja pendiente la reserva del autor en torno a la denominación de izquierda y derecha para designar determinados contenidos ideológicos, políticos o programáticos.
A pesar de todo ello, o quizás precisamente por eso, se hace necesario tratar el tema destacando que, en América Latina, lo nuevo se refiere, de entrada, a los gobiernos que han tomado el poder comprometidos con un determinado sistema jurídico e institucional, dentro de un marco de relaciones con los organismos multinacionales de financiamiento, pero con la decisión de priorizar los temas sociales, con la voluntad de llevar a la práctica verdaderas políticas y estrategias que hagan compatibles la libertad con la justicia social y la igualdad de oportunidades.
Cuba no puede ser ubicada en ese grupo y bajo esa denominación, no sólo por la duración del gobierno revolucionario, desde el 1 de enero de 1959 hasta hoy, sino, sobre todo, porque su enfoque ideológico se pretende fuera del marco de las relaciones capitalistas de producción, el que los planteamientos de la nueva izquierda trata, más bien, de preservar, flexibilizándolos y humanizándolos. Venezuela, aunque no puede ser asimilada a Cuba de manera literal, tampoco, por la propia naturaleza y ejercicio del poder económico y político que le es propio, puede ser considerada dentro del movimiento denominado de nueva izquierda latinoamericana.
Quedan para esa denominación el resto de los países mencionados, con las interrogantes sobre el destino del gobierno de Evo Morales en Bolivia, que parece inclinarse cada vez más hacia Cuba y Venezuela, el de Daniel Ortega en Nicaragua, apenas iniciando el gobierno que le abre una segunda oportunidad y el de Rafael Correa en Ecuador, a punto de empezar su mandato.
Los otros gobiernos, los que han sido llamados la nueva izquierda, reivindican, como ya dijimos, la formulación y aplicación de políticas sociales, que den prioridad a la búsqueda de soluciones a los grandes problemas que flagelan a la mayoría de la población de sus respectivos países, y a la reducción de la brecha entre ricos y pobres, acentuada con la aplicación irrestricta de las políticas neoliberales.
La izquierda democrática se presenta como la alternativa al neoliberalismo radical que ha profundizado la miseria y marginalidad, al dejar todo, la economía, las finanzas, la política, la educación, la salud, en manos del mercado, que equivale a decir, en manos de quienes controlan el mercado, con un Estado pasivo y facilitador, que más que todo es el Estado espectador y abstencionista del liberalismo económico y del capitalismo manchesteriano del siglo XIX.
La nueva izquierda surge hoy como alternativa frente a este tipo de sistema, llamado en 1891 por León XIII, en la Encíclica Rerum Novarum y en 1991 por Juan Pablo II, en la Encíclica Centésimo Anno, Capitalismo Salvaje. Pero el capitalismo de hoy es sólo en parte el capitalismo del siglo XIX. Ciertamente el neoliberalismo es un viejo liberalismo, un paleoliberalismo como le llama Hans Küng, caracterizado por las privatizaciones, la desregulación, la orientación del gasto público, la esquizofrenia entre el discurso y la realidad, pues mientras se habla de libertad económica, se fortalecen los oligopolios y monopolios de las grandes corporaciones transnacionales.
En esta realidad de hoy, como en la de ayer, la economía social de mercado y el Estado Social de Derecho, que proclama la nueva izquierda, son una reivindicación jurídica, política y ética de carácter fundamental. Igual lo es la reivindicación de los derechos laborales básicos, el fortalecimiento del sindicato, la contratación colectiva, los contratos a tiempo indeterminado, la participación del Estado en las relaciones sociolaborales, la reforma tributaria y fiscal, la humanización del capital, la ética del empresario o de la responsabilidad social, entre otras medidas y estrategias que reivindica la izquierda democrática.
Se trata, además, para esta línea política, de recuperar en el plano económico, el pensamiento de John Maynard Keynes, frente al ultraliberalismo de Ludwig Von Misses, Frederick August Von Hayeck y Milton Friedman, este último el paradigma de la Escuela de Chicago y el gran maestro de los Chicagos Boys, de ayer y de hoy, de Reagan, Thatcher y el grupo de economistas de Pinochet en la década de los setenta y en la de los ochenta.
Si la vemos enfrentando al neoliberalismo que es un viejo liberalismo, la nueva izquierda de hoy reivindica las mismas demandas de la vieja izquierda de ayer. Pero esto es perfectamente válido, pues la repetición de las mismas medidas han producido la repetición de los viejos problemas. Por esa razón, esta izquierda democrática no debe ser considerada la derecha de la izquierda, o la izquierda de la derecha, sino una opción legítima, fundada en esa concepción humana y ética de la sociedad.
Pero, además de estas consideraciones, hay algo nuevo más allá de los espectros renacidos. El neoliberalismo no es sólo el viejo liberalismo del siglo XIX inserto en los finales del siglo XX y en lo que va del siglo XXI. El capitalismo de hoy no es sólo la reedición del capitalismo industrial Manchesteriano; es el capitalismo financiero especulativo, en el que, inclusive, la idea de la producción, el consumo, el empleo, el trabajo y el mercado mismo, pasan a un segundo plano en la realidad, aunque mantengan su prioridad en el discurso que más que expresar y exponer, encubre y oculta. La revolución tecnológica, juega aquí un papel esencial.
Esta es la nueva realidad: el negocio, más que la economía y la especulación, más que el negocio. Como se pregunta Viviane Forrester en su libro Una extraña dictadura, “¿Qué es la economía? ¿Es la organización y el reparto de la producción en función de los pueblos y su bienestar? ¿O bien es la utilización o marginación de éstas en función de las fluctuaciones financieras anárquicas, en su detrimento y en beneficio exclusivo de las ganancias? ¿Estamos en una economía verdadera o por el contrario, en su negación?”.
Frente a esta situación del capitalismo financiero especulativo, la nueva izquierda en el mundo pareciera desprovista de una propuesta alternativa adecuadamente estructurada, por lo que corre el riesgo de caer en la demagogia y el populismo ante el pragmatismo deshumanizado del sistema.
Ni sólo pragmatismo desprovisto de ideales, ni sólo utopía alejada de realidades. El pragmático no cambia la realidad porque se somete a ella; el utópico, tampoco, porque la sustituye por sus sueños los que, no pocas veces, terminan convirtiéndose en pesadillas.
Frente a esto se plantea el desafío no sólo a una nueva izquierda sino a la política en general, a los intelectuales, filósofos, juristas, sociólogos, para construir teóricamente y llevar a la práctica una nueva ética que permita sustentar y orientar una nueva sociedad más, justa, humana y participativa. Como dice Hans Küng en su obra, Una ética mundial para la economía y la política, es necesaria “una política de responsabilidad que trata de realizar el siempre precario equilibrio entre ideales y realidades. Una economía de responsabilidad capaz de conciliar estrategias económicas con convicciones éticas. El cambio de mentalidad que todo ello requiere es una tarea para el nuevo milenio”.