Rápidamente se esfumó el discurso de amor, paz y reconciliación. No le habían terminado de colocar la banda al presidente Daniel Ortega, cuando ya estaba incitando al sectarismo, recordándole a los altos mandos de la Policía y el Ejército “sus orígenes revolucionarios”.
¡Cómo si necesitan que alguien se los recuerde! Yo me imagino que la Policía y el Ejército están orgullosos de sus orígenes, pero también deben estar orgullosos de ser los únicos dos cuerpos del Estado-partido de los ochenta, que han evolucionado en instituciones bastante profesionales y serias, que hacen su trabajo, aún dentro de grandes limitaciones, y obedecen a la Constitución.
Pero invocar el sectarismo no le bastó a quien una vez se comparó con Cristo en la campaña, y una vez ya en la Plaza de la Fe desenfundó la espada, dizque de Bolívar, que le regaló su nuevo mentor, Hugo Chávez de Venezuela.
O sea, amor, paz, reconciliación y espadas. Es un poco difícil de entender ese simbolismo.
El Presidente llegó “en gavilla”: Ortega, con su banda y su espada, rodeado de Chávez y su incontenible verborrea, Evo Morales —quien supongo para estar a tono con el mensaje de amor y reconciliación— pidió a gritos la muerte del “imperialismo norteamericano”, y el Vicepresidente cubano, Juan Ramón Machado, que no dijo mucho, acostumbrado a permanecer a la sombra de su enfermo líder. Más bien parecían los cuatro jinetes del Apocalipsis, en lugar de los libertadores de América como se autollamaron.
A esa “fiesta popular” Ortega invitó sólo a sus amigos más íntimos, sin importarle que vio “de cuarta” a representantes de pueblos que tanto han ayudado a Nicaragua, como España o Taiwán, por ejemplo, a los que les puso un baile de El Güegüense y luego los despachó a su hotel.
Pero ese fue probablemente el primer gran error de su gobierno —el primero de muchos, indudablemente— porque así como los gobiernos de derecha han pecado al poner todos sus huevos en el canasto de Estados Unidos (“el imperio” según el léxico puesto otra vez de moda), también Ortega peca en pensar que el petróleo venezolano es la panacea.
A simple vista, lo que ofrece Chávez puede ser muy generoso y hasta puede ser que él sólo pida a cambio que se le alimente su inmenso ego y se le haga coro en su diatriba “antiimperialista”, pero lo que Nicaragua quiere es desarrollarse, avanzar, salir de la pobreza. Es cierto, los tres gobiernos anteriores no lo lograron, pero hasta el mismo Ortega reconoció que hubo logros en comparación a como él entregó el país en 1990.
Entonces, pensar que sólo bastará extenderle la mano a Chávez y venerar su ego y la espada de su prócer, es caer en un nivel de ingenuidad que sólo se compara con el nivel de improvisación del triste y deslucido acto de toma de posesión. O es algo tan incongruente como ver al Presidente que clama paz y amor blandiendo una espada.
Ya hoy el petróleo está a 53 dólares el barril. Si se estanca allí, o peor aún si baja a, digamos, 45 dólares, ya don Hugo Chávez no tendrá mucha capacidad de maniobra.
Para desarrollar una nación se necesita mucho más que convertirla en apéndice de otra. Don Daniel necesita olvidar la incoherente retórica revolucionaria y planificar bien su programa de gobierno, que sigue en el misterio.