“La soledad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien”.
(Benedicto XVI)
Para la edificación o la reconstrucción de una sociedad justa se requiere el ejercicio de un gobierno con un sentido profundo de la justicia.
Pero tal tipo de gobierno no puede darse si dentro del arte de gobernar no se distinguen claramente los “variables” o elementos que legítimamente pueden ser susceptibles de modificación o cambio con un nuevo gobierno, de los “inmutables” o valores humanos y ciudadanos, algunos de los cuales son universalmente reconocidos como “inalienables” o que por nacer con el hombre mismo como dones recibidos de Dios, absolutamente nadie, incluso ningún gobierno sobre la Tierra, puede quitar o arrebatar arbitrariamente: el derecho a la vida, a la libertad de expresión o de disentir políticamente, de profesar determinada religión, de escoger libremente los padres de familia la educación que mejor le parezca para sus hijos; a la tranquilidad, a no ser molestado, amenazado ni perseguido o apresado por razones ideológicas, etc., etc. El derecho a ser persona humana y ser tratado como tal, con el respeto que se merece la persona humana, no por debajo de los intereses del grupo gobernante… ni oprimido por un capitalismo salvaje, ni aplastado y denigrado por una revolución o un partido salvaje. Ante la inminencia del traspaso del poder público el pueblo espera mejores condiciones de vida, seguir adelante, no retroceder.
Cada gobernante posee su propio estilo. Gobernar constituye una ciencia y es todo un arte. El gobernante que abre su inteligencia y empeña su voluntad según las exigencias del bien común sabe establecer la diferencia entre lo trascendental y lo accidental, mantiene el respeto al ser humano como un valor permanente e inmutable y pone y dispone todo lo “variable” al total servicio de lo “inmutable”, del respeto y del bien del hombre.