Meditemos la visita, de los sabios de Oriente, al Niño Jesús. Ya la Virgen María lo había presentado el día de la Navidad a los más pobres de Belén y sus alrededores. Ahora lo presenta en la persona de los sabios de Oriente, los que popularmente llamamos Reyes Magos, al mundo entero, pues Jesús vino al mundo para salvar a todo el género humano.
Los regalos que le llevan estos personajes encierran un simbolismo muy particular. Incienso, oro y mirra.
Incienso porque Jesús es Dios. Él es el mismo con el Padre y el Espíritu Santo, engendrado, no creado, luz de luz, Dios de Dios como profesamos en nuestra fe. Sólo a Jesús, que es Dios, debemos adorar. A nada, ni a nadie, debemos adorar. Cuando olvidamos esto, caemos en la idolatría, que es colocar en el lugar que le corresponde a Jesús, todo aquello que no es Jesús, llámese como se llame. La más grave de las tentaciones es la tentación del poder, fue la misma que resistió Jesús en el desierto cuando fue subiendo de tono, el enemigo antiguo, y le propuso dominar los reinos terrenos, y Jesús con la palabra de Dios le contestó: Sólo a tu Dios adorarás. Jesús es Dios. Sólo a él debemos adorar. Ante la tentación de postrarnos ante remedos de mesías, de vida fácil, debemos resistir con la poderosa y adorable presencia de Jesús Dios.
Oro porque es Rey. Con razón en el libro del Apocalipsis, y los repetimos con frecuencia en nuestras oraciones, se le da el título “Rey de Reyes y Señor de Señores”. Ningún reinado de este mundo, por pomposo que sea, por amedrentador que parezca es para siempre, lo único perdurable es el Rey Jesucristo. Que importa qué digan lo que digan, que hagan los demás lo que quieran, debemos pedirle al Rey de Reyes, al Cordero Inmaculado, que no caigamos en la tentación de cambiar el tesoro grandioso que es Jesús, por las aparentes glorias del mundo. Seamos valientes, ante la tentación, huyamos, decía San José María Escrivá.
Mirra porque es hombre. Misterio grande de fe, de adoración, de postrarnos ante su adorable presencia y llorar de emoción, el mismo Dios Hijo, se hace uno como nosotros, asume nuestra condición, en todo, menos en el pecado, por eso nos conoce, nos ama, nos ha redimido, nos perdona. Y como hombre Jesús tuvo hambre, pidió pan, tuvo sed, le pidió agua a la mujer samaritana, lloró a su amigo Lázaro y se angustió en el huerto de Getsemaní, angustia de muerte. Jesús conoce nuestra condición, pero ha vencido el pecado, Él, el sin pecado, ha vencido a la muerte y ha resucitado y está en medio de nosotros.
María, la doncella de Nazareth, lo presenta ante todos los pueblos, que sea ella en su regazo amoroso que acuñó al más bello de todos los hombres, nos lleve siempre de su mano, para conducirnos a su Amado Hijo, y presentarle nosotros en este Año que ha comenzado, nuestras intenciones de rectificar el camino errado, pero no quedarnos solamente en buenas intenciones, porque de buenas intenciones, sin cumplirlas, está empedrado el camino del infierno.
Te presento hoy Jesús mi vida, tú la conoces, tómala, haz de ella lo que tú quieras, no permitas que sea como invitado de piedra ante los acontecimientos y signos de nuestra historia, que requieren de nuestra valentía para ser de ti y de nadie más.