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Se buscan líderes
Marcela Sánchez
washingtonpost.com

Desafortunadamente, la única figura regional dispuesta a tomar el liderazgo en estos días no es otra que el presidente venezolano, Hugo Chávez. Sus bolsillos, especialmente provistos gracias a los petrodólares, le permiten financiar programas alternativos para reducir la inequidad y promover candidatos populistas

Con Washington empantanada por la guerra y polarizada por el partidismo, líderes latinoamericanos tendrán este año la oportunidad de dar un paso al frente y tomar las riendas en cooperación hemisférica.

Retos internos, sin embargo, probablemente impedirán que líderes regionales presenten soluciones prácticas a la desigualdad, la inmigración, el narcotráfico y la violencia pandillera, por nombrar sólo algunos de los problemas que claman por una acción común.

Particularmente desalentadores son las señales de que el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, no será el activista internacional que fue en su primer mandato.

Lula demostró ser un innovador particularmente con la creación del G-20, el grupo de países en desarrollo establecido en el 2003 para resistir medidas proteccionistas que hacen el comercio internacional más injusto para los más pobres.

Ahora, el G-20 parece haber perdido su fuerza y Lula, quien empezó su segundo mandato esta semana, da señales de su retirada hacia un papel internacional más modesto. Un rezagado crecimiento económico, creciente violencia pandillera y una erosionada influencia política —debido al escándalo de corrupción sufrido por su Partido de los Trabajadores— probablemente mantendrán postrado a Lula. De hecho, el sábado pasado, Lula, quien hizo 17 viajes al exterior en sus primeros 12 meses de gobierno, canceló viajes a Nicaragua y Cuba programados para la próxima semana.

Lula no está solo. Nuevos y reelegidos líderes en América Latina están encontrando poco tiempo para enfocar sus intereses más allá de su territorio.

En su última visita a Washington, el Presidente Felipe Calderón expresó su deseo de convertir a México en interlocutor entre Estados Unidos y el resto de Latinoamérica frente a apremiantes temas hemisféricos.

Es difícil ahora imaginar cómo podría México ser ese “puente” cuando lucha con la creciente inseguridad dentro de su territorio, provocada en gran medida por el narcotráfico y cuando Calderón se enfrenta a una oposición renuente a reconocerlo como líder legítimo.

Incluso, el Presidente Oscar Arias, de Costa Rica cuya búsqueda de la resolución del conflicto en Centroamérica lo hizo merecedor del Premio Nobel de la Paz durante su primer mandato, parece mucho más preocupado con asuntos internos tras una reñida reelección en el 2006.

Cuando le pregunté durante su visita a Washington el mes pasado sobre la posibilidad de un nuevo liderazgo internacional desde América Latina, su respuesta no pareció la del líder que vino a una Washington igualmente divida en los 80 a promover la paz en Centroamérica. Insistió en cambio en que Estados Unidos debiera liderar para asegurar la prosperidad en la región.

Pero si eso es lo que esperan los latinoamericanos, mejor que lo hagan sentados. La política estadounidense hacia América Latina, relegada a baja prioridad y afectada por disputas internas dentro de la administración Bush, se verá más enredada con los Demócratas en control del Congreso.

Recientes visitas a la región de una delegación legislativa encabezada por el nuevo líder demócrata de la mayoría, el Senador Harry Reid parece ser un buen indicio de los desacuerdos por venir.

La delegación ha estado hablando acerca de la necesidad de una dirección diferente y mejores relaciones tras reunirse con los líderes de centro-izquierda en Bolivia, Ecuador y Perú. Pero es difícil imaginar a la Casa Blanca de Bush dispuesta a extender la mano a opositores ideológicos.

Con el liderazgo de Washington en América Latina en prolongado declive, líderes latinoamericanos debieran intentar llenar ese vacío.

Tal vez no haya otro apremiante tema hemisférico que pueda beneficiarse más con dicho liderazgo que la inminente transición en Cuba.

Líderes de centro-izquierda en América Latina tales como Lula podrían jugar un rol constructivo y estabilizador equilibrando las preocupaciones de los cubanos en la isla con los intereses de Washington por una transición democrática.

Si por alguna razón se hace necesario el uso de fuerzas de seguridad, tropas brasileñas serían, sin duda, mejor bienvenidas que soldados estadounidenses. Algo similar a lo que ocurrió en Haití hace dos años y medio cuando Brasil lideró la primera misión de la ONU con mayoría de fuerzas sudamericanas.

Desafortunadamente, la única figura regional dispuesta a tomar el liderazgo en estos días no es otra que el presidente venezolano, Hugo Chávez. Sus bolsillos, especialmente provistos gracias a los petrodólares, le permiten financiar programas alternativos para reducir la inequidad y promover candidatos populistas.

Pero Chávez, claro está, no imagina una cooperación o ni siquiera un contrapeso sino una asociación en contra de la hegemonía estadounidense, una receta para mayor división hemisférica.

Mientras Chávez merece el crédito por promover un muy necesitado activismo contra la pobreza, sería triste el año que comienza si otros no toman la iniciativa con una opción más pragmática y constructiva.

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