Traducido magistralmente por Luciano Cuadra (1903-2001), pertenecen a la póstuma obra de Twain (1835-1810): Travela with Mr Brown, publicada en 1940, que consta de una larga serie de cartas de viaje que el célebre humorista norteamericano publicó entre 1966-67 en el periódico Alta California de San Francisco. Describe en ellas su viaje entre esa ciudad y Nueva York, como pasajero de la Compañía Accesoria del Tránsito, que hasta entonces había transportado unas cien mil personas.
Twain relata sus impresiones del cruce que hizo sobre nuestra histórica Ruta del Tránsito: San Juan del Sur-San Juan del Norte. Fue en aquellos días cuando el cólera azotaba por tercera vez nuestro país (1937 y 1957 también fuimos víctimas de esa peste); pero ni aun eso pudo opacar la sensibilidad del gran prosista ante las bellezas del paisaje nicaragüense.
El personaje Mr. Brown, humorista y filósofo, es ficticio, creación del autor, según los editores del libro. JEA.
29 de Diciembre de 1866. Todo viaje por tierra algún día tiene que terminar. Estamos en la bahía de San Juan del Sur, en donde dejaremos el vapor para cruzar el istmo. A bordo habían puesto un cartel con la noticia de que el cólera morbus estaba haciendo estragos entre los pasajeros recién llegados de Nueva York vía San Juan del Norte, por lo que se nos prohibía desembarcar. Y para los ojos de algunos de nosotros, hartos ya de ver sólo mar y cielo, nunca unos verdes-brillantes cerros de enfrente fueron más bien vistos, más encantadores, tan hermosamente amenos, como aquellos que veíamos allí no más, a sólo un tiro de pistola. Pero es la Ley la que ha hablado, y la mitad de la familia de a bordo se ha quedado mirando ansiosamente a tierra, o bien comenta recelosa la noticia mientras la otra mitad está en la sala de popa cantando en alboroto igual que una pandilla de alocados colegiales.
1. Desembarco en San Juan del Sur
San Juan del Sur. Mientras pasábamos la noche anclados en la bahía de San Juan del Sur, llevaron en lanchones nuestro equipaje a tierra, y por la mañana desembarcamos. Componíase entonces el puerto de unas pocas destartaladas casitas de madera —allá les llaman hoteles— enclavados entre el lozano verdor del pie de los pintorescos cerros que atalayan la había. En donde pisamos tierra se apiñaban caballos, mulas, diligencias y sanjuaneños semidesnudos, con machete de dos pies de largo y un palmo de ancho fajados a la cintura. Pensé al principio que serían los soldados, pero no, eran simples paisanos. Por la playa deambulaba una mujer blanca, mugrienta y haraposa, para quien la vista de nuestro barco debe haberle parecido una visión del paraíso, porque en el puerto un cargamento entero de pasajeros llevaba ya quince días de exilio a causa de la funesta ineptitud de un hombre: el agente de la compañía de vapores en el Istmo. Este sujeto había despachado un vapor vacío a San Francisco, cuando muy bien sabía que esta multitud era esperada en San Juan del Norte. Ahora terminarían su viaje en nuestro barco.
Los de nuestro grupo —lo habíamos organizado la noche anterior— que fuimos los primeros en desembarcar, teníamos derecho a escoger la diligencia en que haríamos el viaje de doce millas que hay de San Juan del Sur a La Virgen, puertecito del Lago de Nicaragua. Algunos de los caballos y de las mulas —que eran muchas por cierto— parecían buenas bestias; pero si entre las diligencias había alguna que fuese mejor que otra, y especialmente entre los esperpentos que tiraban de ellas, la diferencia era mínima. Nunca vio nadie arneses como esos ni mulas semjantes, ni tales cocheros tampoco. Individualmente eran ridículos, y en conjunto también. Y el tan solo ver las atroces cholladuras de los lomos de esos pobres animales que los dilapidados arneses les habían machacado y acuchillado era para enternecer el corazón más duro.
Nos metimos en una de las más grandes diligencias de un rojo desteñido (carromatos para cenagales llamamos a eso en nuestras montañas), tirada por cuatro caballos cholencos, y partimos para La Virgen. El cochero comenzó de inmediato a sacudirlos y apalearlos, y también a maldecidlos como loco furioso en un inmundo español, y así fue a todo lo largo de aquellas doce millas de linda, plana y pareja carretera durante las tres horas y media que duró el viaje. Allí envidiamos a los que no estando incapacitados pueden montar a caballo.
Pero siendo el nuestro un grupo alegre no hicimos más que guasear. Lo primero que las mujeres notaron apenas perdimos de vista el mar y torcimos internándonos en un tupido follaje empapado de rocío y bajo árboles selváticos, fue un “¡Qué precioso chiquilín. Ay!, miren que amorcito más l-i-i-i-n-d-o!”. Era un churretoso y anémico mocoso que hacía tortas de lodo frente a un rancho desierto. Y la primera cosa que los hombres vieron fue, pero sin saber qué cosa era: un mojón tal vez, una cruz, o quizá la modesta lápida de algún desventurado aventurero americano. Pero no, no era nada de eso; al acercarnos vimos clavado en un árbol un letrero que decía: “¡Compre una camisa Ward!”. Era, pues, simplemente uno de esos abusos en que se refocilan los mercachifles de mi tierra dueños de la camisería de esa marca. Y pensar que gente como esa invade los lugares más sagrados con sus anuncios canallas para desnaturalizar los paisajes en que uno podría extasiarse… Cuando algo sublime pulsa las fibras de nuestra sensibilidad esa gente hace chacota. Sé que si yo estuviera ante la majestuosa catarata del Niágara y sintiera su diáfana llovizna atomizada empaparme la cara, y escuchara su fragorosa voz, mi pecho se hincharía de noble inspiración para exclamar: ¡Oh, grandiosa, sublime, magnífica…!”, para en seguida ver un prosaico anuncio en frente que diría: “Hay trabajo en el algodonal de Fulano”. Pero, con todo, me encantaría la vista. Bueno, y ¿qué más da?
2. En caravana hacia La Virgen
El brillante y fresco verdor del campo, la dulzura y suavidad del aire (había caído un aguacero poco antes de nuestra partida), el interés que despertaban la vista de nuevos pájaros, árboles y flores, la sabrosa y nueva sensación del balanceo y el traquetear de la diligencia, todo ello tan gozoso y agitado —si lo comparamos con aquella ya lejana e insípida monotonía a bordo de un barco que navega en un mar sin orillas— llevó a nuestro grupo a tal punto de entusiasta ebullición que me parecía increíble fuera ahora viajando con los mismos badulaques de antes. Ruego me perdonen las damas, y hasta los caballeros también. Todos estaban de acuerdo con aquel “slogan”: “La ruta de Nicaragua para siempre jamás”. (Antes acostumbraban cada uno o dos días, y después día de por medio, maldecir la ruta de Nicaragua por los siglos de los siglos. Así son los viajeros en todas partes del mundo).
Cada doscientas yardas pasábamos ranchitos con ventas atendidas por muchachas de pelo negrísimo y relampagueantes ojos que de pies ante las bateas nos miraban pasar en actitudes como de agraciada indolencia —chavalas éstas de color de baqueta— y vestidas siempre lo mismo: una sola bata suelta de zaraza con estampados chillones, recogida arriba de los pechos, los que cuando de jóvenes son bien turgentes, y de volante fruncido. Tienen dientes blancos y caras bonitas de sonrisa ganadora. Son vituosas en la medida de sus luces, pero me temo que sus luces sean un tantico apagadas. Vimos dos de estas muchachas que eran en verdad muy lindas. ¡Ah. Sus ojos líquidos de mirada opiácea, aquellos labios carnosos!, su abundoso pelo liso y satinado; ¡y qué decir de su arrebatadora prestancia incendiaria!, ¡cuán llenas de gracia, y qué curvas tan voluptuosas!, ¡y con tan pocos trapos encima..!
-Sí, pero no más tantee usted a una de esas potranquitas ofreciéndoles un peine fino para los piojos…
Esta pesadez la soltó Brown a quien desterramos en el acto. Este hombre no se conforma con sólo mirar lo que es atrayente; siempre ha de salir con alguna patochada para estropear todo lo que ve.
Estas doncellas achocolatadas venden café, té y chocolate, bananos, naranjas, piñas, huevos cocidos, guaro aborrecible, jícaras labradas, y hasta monos; y los precios son tan módicos que, a pesar de órdenes y reconvenciones en contrario, los pasajeros que en el vapor venían en tercera se atiborraron de toda clase de bebidas y comidas. Ellos, con el cólera que teníamos a la vista, pagarían pronto con la vida. El camino era suave, plano y sin lodo ni polvo, y el paisaje ameno, aun cuando no llegaba a maravillar. Muchos árboles florecidos hermoseaban la vista. No faltaba, pues, la vegetación, y a veces nos llegaba una fresca brisa impregnada de fragancias exquisitas. Pasamos dos o tres lomas altas, cuyas laderas, sin árboles ni arbustos, cubría una tupida alfombra de la más blanda y verde hierba, paisaje que los ojos nunca se cansarían de admirar. A ratos cruzaban el cielo pájaros de quimérico plumaje, y del boscaje salían de cuando en cuando gratas melodías. Pero los monos eran los que más llamaban la atención. Todo mundo allí quería ver un auténtico monito piruetear en las ramas de sus nativos lares. Nuestro interés en las muchachas fue poco a poco decayendo; los pájaros, los jicarales con sus globos de jade que parecían frutas; aquellos grandes y curiosos nidos en los árboles que nos dijeron eran “casas” de comején; los limoneros, y hasta una singular especie de bejuco llamado matapalo, largo, delgado y verde, que sube hasta las copas de los gigantescos árboles y les ciñe sus troncos y sus ramas, y los ahoga enrollándose en ellos en un mortífero abrazo vegetal, como si fuera una fea serpiente sin fin. Pero jamás el grupo se cansó de aplaudir al monito montaraz, motivo siempre de curiosidad y gozo.
3. Carnaval en el camino
Los cuatrocientos viajeros que éramos unos a caballo, otros en mulas y otros más en diligencias tiradas por cuatro mulitas, formábamos la más bizarra, astrosa y extraña comparsa que yo jamás hubiera visto. Aquello me recordó las fantásticas carnavaladas con que en el oeste se celebra el cuatro de julio, o aquel martes de carnaval en Nueva Orleáns. Los pasajeros de tercera iban casi todos en mulas, con sus abrigos, sacos ahulados y frazadas en continuo bamboleo sobre los faldones de las albardas. De éstas algunas eran nuevas y buenas, pero las había también que ya eran sólo piltrafas. Entre los doscientos cincuenta jinetes no había doce que pudieran llamarse tales, pero todos parecían considerar que siendo las bestias propiedad de la Compañía del Tránsito, era su forzoso deber —de serles posible— matarlas, y ciertamente que parecían empeñados en hacerlo. Como aquellas carreras y gritolera, y apaleadas y riendazas y espueleo, y el zangoloteo de motetes, más el aletear de las albardas, y aquel frenético desbarajuste del atajo de mulas y caballos, más los nalgazos en sube-y-baja de los montados, con el enorme tropel de “amansadores” de bestias y los bandazos y embestidas de las diligencias en el centro de semejante maremágnum, como todo aquello, digo, fue algo que jamás vi antes. Y nunca gocé tanto como en aquel memorable día.
Y nunca tampoco vi, como esa vez, la ecuanimidad de Mr. Brown tan alterada. Nuestro filósofo había recibido en San Francisco el encargo de atender a una viuda con tres niños y su niñera. Durante todos los días del viaje se había visto obligado a bajar a la pestilente bodega del barco a revolver y alzar montones de baúles de otros pasajeros y rebuscar entre ellos el de la señora para sacar una camisa de Johnny, o un babero para Tommy, o bien un chal de la mamá o de la criada, y hasta tal vez un pañal para el tierno. Pero bien, todas esas friegas fueron nada comparadas con las contrariedades que sufrió cruzando el istmo de Rivas. Tuvo que cuidar de esa pequeña tribu cuando iba montada, y a fin de que siempre estuviera junta en la confusión de la cabalgata, rabiató las cinco mulas en fila enrollando el bozal de una en la cola de la otra.
Él iba delante de la familia en su caballo con el tierno en brazos; le seguían la señora y los otros dos niños, y la criada por último. Era aquel un espectáculo comiquísimo. Sin embargo, todo iba saliendo bien hasta el momento de la partida cuando a la mula de nuestro filósofo se le antojó iniciar un bailongo. Brown trató de sujetarla un momento con una mano, y en un abrir y cerrar de ojos se pasó al niñito debajo del sobaco izquierdo, y con ambas manos tiró de las riendas para atrás. La maniobra le salió bien, pero el grupito de que venimos hablando se metió en la comparsa como el viento causando el asombro de todos, y muchos los recibieron con palmadas y risotadas. De trecho en trecho la mula de Brown se paraba a corcovear, y luego los otros animales se enredaban en un imposible enmarañamiento de patas y mecates. Claro que aquí Brown tenía que soltar un instante al tierno y reacomodárselo en seguida. Renegaba el hombre como un condenado (pero a la sorda) y sudaba como un negro. La caravana entró al fin a La Virgen, pero aun antes de llegar ya todos se habían metido en el vaporcito. Los animales, por fin, respiraban en sosiego; todos con la cabeza gacha, y era difícil decir quiénes estaban más cansados y tristones, si ellos o los jinetes. Aquello era como un cortejo fúnebre embutido en la turbulenta hilaridad de aquel gentío desembarcado del vapor.
4. Los volcanes gemelos
1 de enero, 1867. Alojados ya en el barco, nos sentamos bajo el toldo y comenzamos a almorzar. Fumamos, escribimos las notas de nuestro alegre resbalón a través del istmo, compramos hermosos bastones de caoba hechos por los nativos, y por fin quedamos abstraídos contemplando los rizos de las aguas del Lago de Nicaragua y los dos majestuosos conos volcánicos que surgen de las profundidades azules y entapujan sus verdes cumbres entre nubes.
Del centro del hermoso lago emergen dos maravillosas pirámides en un verde fresco y suavísimo, veteadas sus faldas de luces y de sombras; sus cimas perforan las errabundas nubes. Parecen los volcanes apartados del vértigo del mundo, tan tranquilos así como están, inmersos en sueño y en reposo. ¡Qué bien se podría vivir en sus boscosidades, en sus laderas bañadas de sol, y sus aireadas cañadas después del fatigoso trabajo diario, lejos de la ansiedad y el desasosiego de un mundo estrepitoso y agresivo! A estos volcanes no se les ve basamento, pues surgen abruptamente del agua. Por ningún lado se les ve hinchazones ni resaltos; son bien proporcionados y simétricos, de aristas lisas. Uno tiene 4,200 pies de altura y el otro alcanza 5,440, pero como están bastante separados parecen idénticos. Un extraño les pondría igual altura. Hay quienes dicen que se alzan 6,000 pies, y así parece. Aun cuando en el cielo no se ven nubes, en sus crestas hay siempre algunas en las que se embozan majestuosamente. Ambos están apagados, de suerte que su suelo de lava desintegrada es muy fecundo. Hay en ellos muchas haciendas de ganado, de granos básicos, de café y de tabaco. Su delicioso clima es el más saludable del istmo.
El vapor comenzó a cruzar el lago a las 2 de la tarde, y a las 4 de la mañana del siguiente día entramos en San Carlos. De aquí fluye el río San Juan hacia el Atlántico (cien millas en doce horas) a no muy grande velocidad que se diga, pero la navegación es cómoda.
Allí cambiamos a un cascarón de vaporcito con rueda de paletas en la popa, largo y de dos cubiertas sin camarotes ni tabiques divisorios, todo al raso, con nada que obstruya la vista como no sean los delgados parales que sostienen el toldo. Y partimos río abajo sobre la ancha y bella corriente en la gris alborada de una apacible mañana de verano.
Desayunamos a las ocho. En el vapor del lago nos sirvieron té o café y sándwiches de una rebanada de jamón entre dos rebanadas de pan. Nada como la variedad.
Al poco rato todo mundo iba absorto en la contemplación del panorama de las riberas: árboles como cipreses unos, otros enjoyados de vistosas flores; descomunales árboles emplumados de helechos, y cactos gigantescos; macizos de altos bambúes; en fin, toda clase de árboles y arbustos enmarañados entre intrincados bejucales. De tanto en tanto un claro deja ver una alfombra de yerba verde que se interna en la selva y que palmo a palmo se adelgaza hasta cerrarse del todo.
5. Tumba de un vaporcito de río
En esta tierra de exhuberante vegetación no se puede hacer en el monte un claro que dure una semana infecundo. La naturaleza recoge todo átomo de polvo ambulante y lo obliga a depositar en la tierra sus bazares de verdor. De las grietas del suelo brota la maleza hasta la altura de los techos pajizos de los ranchos; si en el gancho de un árbol cae un puñito de polvo, nacen allí en seguida los helechos para mecerse al soplo de la brisa. El filibustero William Walker hundió un vaporcito en el río que al arrastrar sus arenas las fue acumulando alrededor del vaporcito hasta modelar una islita ovalada. Luego el viento le llevó semillas que la vistieron de abundante yerba. En ella crecieron árboles después y subieron los bejucos enredándose entre sí para tejer guirnaldas y coronas. Así se formó la tumba del vaporcito. Ya nosotros no pudimos ver de sus restos más que las dos grandes brazas de la popa y de la proa surgiendo de entre la yerba que crecía alrededor de los árboles. Era una preciosa viñeta.
6. El Castillo de la Inmaculada
A medio día doblamos triunfalmente un recodo del río y ante nuestra vista irrumpió un majestuoso castillo español, reliquia colonial de los días del pirata Morgan y de sus hombres sin entrañas. Se asienta en la cumbre de un cerro con la selva a sus espaldas. Dícese que el Almirante Nelson, entonces sólo un simple Alférez de Navío, lo tomó un día y que esa fue su primera hazaña. La acción, que con 250 hombres le llevó varias horas, fue sangrienta y muy luchada. En nuestros días Walker se apoderó de él con 25 filibusteros y sin disparar un solo tiro, pero fue gracias a la traición de su comandante, según decires.
A pie del cerro yace un caserío de unas ocho casuchas desgranadas sobre doscientas yardas de la ribera. Hay aquí un peligroso raudal. También se dice que fue hecho ex profeso por los españoles para impedir que los barcos piratas penetraran al interior del país. Allí tuvimos que saltar a tierra, caminar por la orilla bordeando el raudal y tomar otro vaporcito en el extremo oriental del mismo raudal. Todas las casitas que pasamos eran pulperías con ventas de frutas y otros comestibles. Los bananos, las piñas, los cocos y el café son buenos, y los puros, bueno… pues se dejan fumar; pero las naranjas, aun cuando frescas, eran muy malas. La mala calidad lo ha invadido todo. Uno puede comprar allí cuanto quiera de todo eso por sólo un real, y una suculenta comida para dos o tres por medio dólar nada más. Pero eso sí, lleve usted menudo cuando vaya por aquellos lados. El dólar es pedestal y cimiento de cuanto tiene valor, y se le acepta con más confianza que cualquier otra moneda.
7. Paraíso despoblado
Conforme bajábamos el río, se iba desplegando ante nosotros la encantadora belleza de sus contornos. Todos cautivados miramos largo rato y en suspenso la maravillosa vista que se abría en frente y a los lados. Pero al fin cesó el embrujo y se oyó un rebullicio de animadas pláticas y comentarios salpicados de exclamaciones exaltadas.
La clase de vegetación de las riberas había dejado de ser simplemente lozana y era ahora una tupida, alta y pomposa selva. Había en ella lomas, pero las espesas colgaduras de las trepadoras que subían trenzándose en los árboles, las velaban a la vista. Jamás hubiéramos creído que allí había lomas, pero las ramas cimeras descollaban tanto que nunca hubieran podido ser de árboles de la orilla.
Al pie de estos ribazos contemplamos encantadoras ensenadas orladas de guirnaldas florecidas y fantásticas grutas misteriosas cuya umbrosa profundidad no podía penetrar el ojo; y túneles de misteriosas vueltas y revueltas que llevaban qué se sabe a dónde. Y también preciosos templos, columnas, torres, pirámides, túmulos, cúpulas y muros vegetales. En fin, todas las figuras y formas y líneas de la arquitectura forjadas con los dúctiles y hojosos bejucos, todo ello volcado caprichosamente sobre un crisol de vegetación.
De cuando en cuando huía precipitadamente entre el boscaje un miquito saltarín, o bien de lo más profundo de sus recónditas mansiones brotaban grandes melodías de cantores invisibles. Las perspectivas cambiantes del río renovaban siempre aquel paisaje intoxicante; los meandros y parajas que torcíamos e íbamos pasando presentaban nuevas maravillas adelante que podían ser elevados muros de follaje —brillantes cascadas de enredaderas que caían desde ciento cincuenta pies para confundirse con la yerba del suelo—, bellísimas cataratas de hojas verdes hábilmente sobrepuestas unas sobre otras como escamas de pescado, inmensa muralla, maciza a veces, y luego al avanzar descubríase un nicho vegetal, como ventana gótica, con columnas y diversidad de figuras bellas y curiosas.
Encontramos otro vaporcito destrozado que también se ha convertido en isla de esmeralda: árboles que llegan a la altura de la armazón del balancín; las obstinadas trepadoras suben sobre su oxidada, ampollada y decrépita caldera. De allí a poco andar divisamos en el interior de la selva primitiva, algunas altas y empinadas lomas montañosas; las copas de sus árboles de un verde delicado, untadas de sol, se iban ensombreciendo hasta borrarse por completo; cúpulas sobre cúpulas alzábanse a lo alto hendiendo la esplendente atmósfera, contrastando sus brillantes tintes con un cielo de púrpura violento.
En las riberas dormitaban asoleándose lagartos de gran tamaño. Pájaros de plumaje llamativo y tremendo pico estúpidamente inmóviles emperchados en las ramas que entoldaban las orillas le quitaban a uno de momento aquella vaga idea de que esos pájaros sólo existían en los zoológicos; las loras volaban alocadamente sobre nuestras cabezas (qué raro era ver volar a una lora en vez de contemplarla balanceándose en un arco para en seguida dar aletazos de contento) sin hablar una palabra... Cuando pasó la primera sin decir: “¡La lorita quiere masa!”, parecía que eso fuera contra su natural, pero no. Y vimos un pajarote larguirucho con un pico como cuerno, y que arqueando en S su alongado cuello alzó vuelo estirando hacia atrás sus largas patas para juntarlas como barra de timón. Se me ocurrió entonces que ese pajarraco estaría mejor en una jaula, a la que naturalmente pertenecía. Y no negaré que desde el momento en que pisé tierra nicaragüense, eso de ver a un mono encaramado en un árbol me pareció extremadamente absurdo y descaracterizado, ya que nunca había visto uno así, y sentí entonces ganas de cogerlo y encadenarlo a la rueda de un vagón debajo de la jaula del tigre de Bengala, en donde se sentiría más en casa y no se vería tan ridículo como en el monte.
8. Sandwiches, etc.
En este otro vapor de rueda de paletas en la popa nos dieron té, café y sandwiches con una recóndita rebanada de jamón metida subrepticiamente entre dos rebanadas de pan. Nada como la variedad, ¿verdad? Le da cierto sabor a la más simple dieta.
Los hombres fumaron, cantaron, tiraron lagartos, hablaron del guayacán, de la caoba, del falso cacao y de otros árboles extraños a nosotros, y se pasaron todo el santo día extasiados en el embrujante panorama del río. Por la noche atracamos en la orilla a 30 millas de San Juan del Norte. Colgaron sus hamacas los que la tenían, y los que no convirtieron en cama sus abrigos. Poco rato los dos lánguidos fanales de la proa y de la popa vertieron su tímida luz sobre el apiñamiento fantasmal de la soñolienta multitud. Como dije antes, la cubierta de la caldera estaba completamente al aire; al amanecer cayó una lluvia fina y fría que nos despertó a todos. Algunas mujeres se levantaron quejándose de huesos adoloridos, y así también ciertos caballeros no acostumbrados a dormir en piso duro. Pero estas nimiedades fueron pronto olvidadas cuando aparecieron los pinches de cocina con el desayuno, y los famélicos pasajeros se lanzaron en tropel sobre las bandejas gritando ¡sándwiches, sándwiches! Con regocijo descubrimos que no sólo venían té y café con los benditos sandwiches sino también ¡queso! Verdaderamente, la variedad es la sal de la vida. Y ya nadie volvió a hablar de huesos molidos.
9. San Juan del Norte
Arribamos a San Juan del Norte temprano del último día del año, y vimos anclado allí al vapor que nos llevaría a Nueva York. El pueblo no es gran cosa que se diga. La tierra sobra por todos lados, por lo que uno se extraña de que no lo hubieran hecho más grande; pero así es la cosa. Consta de unas doscientas viejas casas de madera y de algunos hermosos predios vacíos, y su gracia la aumentan grandemente —estoy por decir que llega a la magnificiencia— las muchas ruedas de paletas que se ven en lo que es el puerto.
Tiene el poblado alrededor de 1,800 habitantes que son un mosaico de nicaragüenses, estadounidenses, españoles, alemanes, ingleses y negros jamaicanos. Todos, por supuesto, hablan español. Algunos negritos andan completamente desnudos, y las vacas se pasean de arriba para abajo entre la gente con tanta familiaridad que la pluma no se atreve a describir. Los criollos no son vanidosos, no les importa el lujo y no tienen muebles buenos. Casi todos tienen venta de puros que llaman “poco tiempo” a diez centavos la “mano” (que son cinco), y guaro, frutas y hamacas de cabuya. Todo muy barato, y hasta vinos y otros artículos importados, pues los derechos de aduana son bajos. El tránsito de pasajeros es tal que de cada dos casas una es posada; allí, por medio dólar, le dan a usted una buena cama. No cuesta trabajo hacer la cama en San Juan del Norte, ya que se limita a un colchón, dos sábanas y un mosquitero. Engalanan el pueblo unos cuantos cocoteros, lo bordean chaparrales y por donde quiera sonríen entre la grama los botones rosados de las mimosas. ¡Qué delicia es sonreír sobre la grama!
El vapor Santiago de Cuba, en su último viaje, llevó el cólera a Nicaragua causando treinta y cinco muertes. De eso murió un joven porteño. Esta desgracia sumió a su madre en profundo dolor. La ciudadanía creó entonces una Junta de Sanidad que prohibió al cólera entrar al puerto. Y en él estábamos cuando arribó el vaporcito de rueda en la popa con los pasajeros de segunda y de tercera, al que inmediatamente se le ordenó quedarse anclado en el río y que ninguno de sus pasajeros saltase a tierra. No fue sino hasta después de veinticuatro horas de estar en cuarentena allí, y al momento de zarpar nosotros, que esos pobres diablos descubrieron la causa del tabú. Se supo entonces que cuando Brown bebía en una cantina del lugar, dijo que ese guaro estaba aguado, pero que, habiendo ya escapado del cólera en el istmo y de las viruelas entre los pasajeros de tercera, creía poder sobrevivir también a esos puercos tragos. En el acto un diligente porteño que lo oyó llevó en carrera la novedad a la Junta que seguidamente impuso la cuarentena. Por eso ninguno de esos pasajeros pudo pisar tierra sanjuaneña. Se habló entre ellos de colgar a Brown, pero se quedaron con las ganas.