A Marta Leonor González
UNO
El cielo de Juigalpa entretuvo mi niñez de arcángeles y querubines. Tropiezo todavía en calles empedradas con los duendes del pueblo, amuletos purificadores, héroes sin estrellas, vírgenes descarriadas, princesas de camay rosado, ilustradas amatistas, personajes irreconciliables con el olvido.
Aprendí de filósofos amigos que la patria es donde se vive mejor. De ningún lado nos vamos cuando estamos contentos; entretenemos los sueños con fuego vivo y eso basta para cambiar bracero. Nicaragua-Ciudad México-Tuxtla Gutiérrez señalan mi convencimiento. Los demonios son los mismos y los dioses explotan iguales soledades.
Irradian sol los días y la luna inquieta traspasa su órbita coqueteando desplantes afortunados; el viento atraviesa tristezas y retorna alegrías en plazas de ferias orquestadas, desnudadas por las voces del pueblo; leyendas y tradiciones posibilitaron vejez y nuevos llantos. ¿Los pájaros atraen en su pico el encanto y la mañana? Las palabras encuentran reposo entre las ruinas y la derrota es el inicio trazado en la vastedad del paraíso o en el cansancio próximo de vísceras rotas.
Dos
Gozo el tiempo reclamado por Chema Comecuero, avecindado de San Pedro de Lóvago, fuego sin ronda de la hacienda de los Morales, llegaba repartiendo tajonazos a los provocadores de su lengua maldita. Nos sentenciaba despertando el aire con sus cueras chirriantes cual macho cargado de zurrones.
Desvivía el habla olvidada del campisto, representaba usos y costumbres del domador de caballos, montador de toros, sorteador de desgracias. Su verbo rajado y descompuesto martajaba rescoldo de indio depredador de ínfulas ladinas; salido del monte, encontraba sus piernas en las aceras, firmeza negada en los atolladeros del llano. Chema desamarraba su lengua en las fiestas del pueblo, la alegraba con listones de colores y espejos en su sombrero de palma, se empericuetaba para tascar las mejores yerbas de la bajura.
Tres
En la mondonguería de María Lidia Mendoza se refugiaba Caite de Lora, amuleto encontrado sobre un calpuli en las márgenes del río Mayales. Tripa inflada con basta dieta de verduras; coronada calvicie, testa hirsuta de gusano de leche. Caite de Lora reptaba con libertad las calles del barrio Pueblo Nuevo e incursionaba calles y avenidas de la ciudad triunfante.
Cierto día llegaron al negocio agentes investigadores, María Lidia salió al encuentro, acostumbrada a sortear alimañas peligrosas. El indiciado era Caite de Lora. La huella prehistórica encontrada en el lugar de los hechos, pertenecía por su forma y dimensión al constrictor casero. Después de convencer a los intrusos, despidiéndolos de buenas maneras, concluyó María Lidia: ¡Véanlo! Es un enfermo, no sale de casa, se acuesta temprano. Ofendido el iluso orate arremetió contra su madrina: ¡Qué sabés vos, si después me levanto!
Después de varios meses, Caite de Lora regresó babeándose de alegría; directo del bote al plato continuó su historia sin rupturas.
Cuatro
En las fiestas del pueblo paseaba a caballo Chabelo García. Su espalda atrapaba un águila negra bordada con hilos de seda, espacio engrandecido con dos ligeras piernas y dos débiles brazos que descansaban en los estribos y jinetillo de su montura: cuatro miembros propios adicionaba a cuatro extremidades del andaluz. Bestia y vestido amalgamaban elogios contra el suelo.
Entecado de apenas sesenta libras, Chabelo esparcía a lo largo del lomo órdenes desnutridas, buscaba equilibrio entre la didáctica de Andrés Bello y el pragmatismo socializante de Paulo Freire; estructuraba estilo de pensamiento y método de evaluación equina desafiando al Príncipe del Modernismo, quien gustaba también embadurnarse con maestrías güegüenses: yo persigo una forma que no encuentra mi estilo.
La andadura chabeleana herraba huella de alebrije. Cosacos y mongoles, españoles y vieneses imitó en sus travesuras, aunque mejores trotes heredó de la cinematografía ranchera mexicana. Chabelo muy rápido perdía la pista de las melodías, pero continuaba toda la semana enganchado sobre el tordillo de Jorge Negrete sin resentir el filo de sus vértebras.
Cinco
Cuando los brujos y curanderos acaparaban el negocio de las enfermedades, Medardo Robleto llegó de París vestido de blanco ofreciendo aguas terapéuticas, polvos benevolentes y mucha paciencia. La ciencia nos entregaba un verdadero hijo de Hipócrates. Su gran negocio fue revivir moribundos, tratarlos con humildad y quedarse pobre el resto de su vida, hermoso motivo que lo convirtió en Médico del Pueblo.
El Doctor Robleto desistió enfrentar enfermedades clasificadas en infinitos textos escolares y se arrimó al pobre enfermo para observar males y enmendarlos —revisaba y atacaba problemas— sin la ambición que corona a muchos médicos del momento. Envejeció en su consultorio, engrandeciendo el ámbito de su casa con honradez de profesionista ejemplar, reproduciendo con su esposa a las mujeres más bellas del pueblo.
Seis
Virgilio Martínez recibió bendición del nicaragüense sol de encendidos oros; alejado de esgrimir frase poética, me apego a la extensión concreta del símil. Don Virgilio sudó radiación solar: mercadeaba a golpe de talón, de pueblo en pueblo, para transformar energía en monedas constantes y sonantes. Sol y oro juntos destellaron su bolsa bien administrada; circuló el día y la noche, recirculó y capitalizó.
Estirpe combatiente logró retoñar en muchas ramas. Crecieron a buena distancia para que la sombra materna cobijara libremente a la prole. Gozaba verlos profesionistas especializados y profesionales responsables de sus negocios; en ellos siempre estaba la mano de su padre conduciéndolos a buen término. Fue responsable de sus virtudes y errores.
Afincado en el centro del pueblo armó su tienda de campaña. Ahí se acuarteló para ejercer oficio y beneficio. Abría el negocio muy temprano y cerraba al anochecer, momento que despertaba su psiquis patriarcal sedentaria, aquietada por turquesas, ágatas, malaquitas y esmeraldas, piedras preciosas con las que tropezó toda su vida.
Un día de tantos el viejo Virgilio dejó sin vida su corazón solitario, lo encontraron desnudo reposando sobre el olor de su última doncella.