Hoy el silencio es como la noche. Apacible, apagada, tranquila, quieta y sosegada. No se puede oír nada en la lontananza taciturna de la niebla del ensueño.
Cae la tarde y se moja el pensamiento en el claro deseo del crepúsculo que nace en la libido y que está sublime e inerte, en la callada oscuridad o abandono en que se encuentra desde que tú no estás más conmigo.
Sueño una fantasía-erótica en la que tú sueñas que estás desnuda.
En la oblonga habitación de cristal, las cosas ya no son las mismas, pero en el aire flota tu presencia. Tenue y gélida, en el dorado polvo del tiempo. Y la sombría memoria oscila hacia otras magnitudes que nos traen cenizas, lluvias y añoranzas de otros lugares.
Fluye el manantial. Torrente rezagado, abrevadero que te evoca con fuerza en el diáfano espacio púbico, y que hace nacer en el verde pasto de esta ardiente soledad, las esperanzas aletargadas de volver a encontrar el amor,
Mujer, alondra herida que te fuiste por los yerros de los años, y que llegaste con el alba a la hora del onírico aguacero. Cuando me encontraba sumergido en las corrientes alternas de la pasión que me arrastró hasta la bonanza nocturna. Sobre las cálidas arenas del litoral del orgasmo. ¿Dónde estás?
Náufrago, sobreviviente inverosímil de la sensual borrasca. Mirando caer el negro pizarrón de estrellas por la ventana de vidrio, me doy cuenta que el recuerdo del corazón es tan abundante como las sábanas mojadas que cubren mi sexo.
Hoy la noche es cósmica y tan vasta como el silencio, y ambas se funden con el resplandor del porvenir.