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Edith Telica. (LA PRENSA/Cortesía)
Edith Telica poetisa olvidada
Jorge Eduardo Arellano

Completamente olvidada, Edith Telica figura en el Diccionario Histórico Biográfico de Managua (León, Editorial Hospicio, 1945) de Gratus Halftermeyer. Insuficientes, las líneas que le dedica el cronista de la capital concluyen: “Es una poetisa cuyas producciones ya circulan en el continente”. Pero don Gratus, entusiasmado con la personalidad desenvuelta de la atractiva joven de 24 años que era entonces Telica, exagera. Realmente, era colaboradora eventual de publicaciones periódicas de algunos países de la cuenca del Caribe, incluyendo las de su patria, como la revista Orbe de Managua, en cuyo número 47 (mayo, 1943) se leen seis de sus composiciones. En ellas se revela, sin rebelarse, como una cantora de inagotable cantera romántica, ducha en versos alejandrinos pareados:

“"Cuando llegue el instante supremo de mi vida /y esté mi boca amante pálida y aterida; /cuando ya no te miren mis grandes ojos negros, /y mi faz y mis manos sean sólo despojos; /cuando despliegue mi alma sus alas impalpables /y me arrastre la muerte, y no oiga lo que me hables; /cuando duerma ese sueño tranquilo de la muerte, /hasta entonces, mi dueño, dejaré de quererte…”

He ahí el inicio de su poema Cuando Llegue el Instante, acaso una de sus escasas “perlas líricas” que aún podría admitir una complaciente lectura entre “las poetas” que hoy la desconocen. Pienso en Helena Ramos, quien —estoy seguro— le daría su aprobación. Tres años después, en su antología Poesía Nicaragüense (Managua, Nuevos Horizontes, 1948), María Teresa Sánchez incluyó un poema de Edith Telica (Celos), presentándola con estas palabras: “Pronto (de joven) viajó por Sudamérica, y allá colaboró en revistas nacionales y dirigió una de provincias”. Se refería a Ecos de la Sultana, publicada en Barrancabermeja, departamento de Santander, Colombia, donde la nicaragüense vivía y trabajaba. En el editorial del número 13 (octubre 31 de 1943), Germán Calvis Gómez afirmaba que ese órgano de difusión cultural existía tras haber seguido “la ruta trazada por la inteligente y espiritual poetisa (sic) doña Edith Telica”. Entonces ella frisaba en los 22 años.

Mas Edith Telica era el seudónimo de Maruca Bravo Duarte, nacida en Managua el 13 de abril de 1921, hija de Salvador Bravo Orozco, un cirujano dentista capitalino, egresado de la Universidad de Pennsilvania en 1899, que casó con Amanda Avilés, habiendo procreado tres hijas: Isabel, Anita y Amanda; fallecida su primera esposa, Salvador contrajo segundas nupcias con Filena Duarte Enríquez, chontaleña de Comalapa que su familia había trasladado a Managua para recibir en el Hotel Estrella de su tío Fernando Duarte Enríquez y su esposa, Dominga. Filena tenía 17 años al casarse con Bravo, viudo de 35 años, el 23 de febrero de 1907. Indalecio Bravo Duarte fue el primogénito del matrimonio. A él siguieron cuatro hermanos: Jorge, Maruca (María de Jesús de acuerdo con el registro parroquial), Filena y Fernando.

Según Halftermeyer, Maruca Bravo Duarte “casi adolescente se fue a Panamá con una tía y en Colombia contrajo matrimonio”. Barrancabermeja, ciudad junto al río Magdalena, acogía sus inquietudes literarias no sólo en la revista citada sino en “Emisoras Unidas”. Su Canto a Barrancabermeja —dos sonetos en alejandrinos— fue declamado en 1941 por Stella Balcázar en un programa de dicha radio. Esta experiencia, de regreso en Nicaragua, le sirvió a finales de 1943 para dirigir “programas radiales de poesía y arte en general en radiodifusoras nacionales” —consigna María Teresa Sánchez. ¿Era la primera de su género en tomar esa iniciativa? Es muy probable. Lo cierto es que fundó el programa “Serenata lírica”, trasmitido desde los estudios de La Voz de la América Central.

No duró mucho en esa actividad Edith Telica, nombre tomado del volcán de la cordillera de los Maribios, al que dedicó un soneto. Otro volcán cantado por ella fue el Momotombo. Y también su ciudad natal inspiró sus versos de Canto a Managua y Primavera en Managua. En la misma línea apuntan sus romances vernaculares, entre ellos Marimba pinolera: “Sabes a caite y petate, /a frijoles y a maíz; /me hueles a sacuanjoche, /y a tierra de Nindirí. //Cuando oímos la marimba /nos llenamos de emoción /y es que somos pinoleros /como el indio Pantaleón. //Marimba nicaragüense /tan india como el atol, /mi sangre indígena vibra /con tu ritmo de pinol”.

Entonces ya había laborado para el gobierno de los Estados Unidos en la base naval “Río Hato” de la Zona del Canal de Panamá y planeaba, desde Managua, promover el intercambio literario con Sudamérica. Así declaró en una entrevista del diario La Noticia: “Tengo ya en mi poder muchas colaboraciones de algunos poetas y escritores colombianos, venezolanos y puertorriqueños. Pero yo quiero publicar un solo libro que me dé gloria, que no será mía sino de mi Patria. Por eso no quise aceptar el ofrecimiento espontáneo del Gobernador de Santander, García Cadenas, para editar un volumen de mis versos”.

Este poemario nunca se concretó, pues —al concluir la Segunda Guerra Mundial— Edith Telica se marcharía a California, abandonando sus planes de promoción literaria, limitados a “cantores y prosistas magníficos que no tienen renombrada fama como la Mistral y otros”. A saber: los pronto olvidados Ángel Robot, Rafael Ortiz González y Julio Vives Guerra, “viejo ya, muy agradable, que escribe en castellano antiguo y viste a la antigua usanza: de capa y chambergo”. Al mismo tiempo, Maruca Bravo Duarte matrimonióse de nuevo con Ralph Taylor y fueron sus hijos, Rose Marie y Mario José Taylor Bravo, quienes dieron a luz una póstuma colección de sus poemas dispersos en la “Corona de recordación” que le consagraron a raíz de su fallecimiento el 23 de octubre de 2000. Maruca B. Taylor era ya su nombre legal y había proseguido la explotación de su cantera romántica, incluso en inglés. Por tanto, fue una poetisa bilingüe.

La referida colección ofrece, al menos, un poema en ese idioma, evidentemente protestatario: The System; una traducción de Paisaje Desolado (Bare Landscape), quizás lo mejor que pergeñó; más unos Poemínimos que no desmerecen ser transcritos: “Como la llama /cruje y clama /mi dolor. /En mi alma /ya no hay calma /sin tu amor. //Murmullos /arrullos /calor. //Caricias /primicias, amor. //Gozamos /y amamos /los dos”.

Edith Telica (María de Jesús Bravo Duarte o Maruca B. Taylor) debe incorporarse a la nómina y a una antología general de nuestras mejores poetas o poetizas —estas palabras, en sus años mozos, aún no había desaparecido— ya que dejó algunas notas perdurables de carácter amatorio, aunque haya manejado convencionalmente la versificación y no haya trascendido como se ilusionó en su juvenil plenitud.

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