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La muerte de un dictador
Rosa María Vivas Moncada
La autora es Licenciada en Sicología

El editorial de LA PRENSA publicado en la edición del miércoles 3 de enero (La ejecución de Saddam Hussein), representó de una forma magistral mi posición sobre esta controversial condena.

La pena de muerte es la alternativa más radical a la que suelen recurrir los tribunales de justicia para castigar los crímenes más crueles propios de individuos que llevan a cristalizar sus más retorcidos instintos de poder y superioridad sobre sus semejantes, siendo éstos más vulnerables e indefensos.

La naturaleza humana está dotada por el invaluable privilegio del raciocinio (pensamiento, ideas y actitudes) y por un complejo estado emotivo y sensitivo. Pero es un tercer mecanismo el que se encuentra en un nivel más espiritual, el cual va más allá de lo que la ciencia puede definir, y es la presencia de valores morales y éticos propios de personas civilizadas las cuales difieren de los individuos antisociales en sus diversos niveles de gravedad.

La capacidad de reflexionar sobre las consecuencias de nuestras acciones y las lecciones que nos dejan, dependen de la formación de criterios éticos los que se perfilan como eje de convivencia social que promueve el respeto a sí mismo y a los demás.

Una de las tantas consecuencias de un mal proceder del individuo común y corriente —salvo que tenga alguna patología psiquiátrica de personalidad antisocial— es el sentimiento de culpa ante una acción incorrecta. Por muy severo y cruel que sea un individuo, tengo la impresión que los dictadores como Saddam Hussein y Augusto Pinochet, dictadores de izquierda y derecha respectivamente, no tenían un perfil psiquiátrico que justificara sus acciones irracionales como padecimiento de un problema mental. Lo que sí puedo decir es que los sentimientos de culpa tarde o temprano invaden su más inquebrantable fortaleza de mecanismos defensivos. Y es en la senectud cuando la culpabilidad hace más mella, porque se percibe la muerte como un fin inevitable, las energías que antes se poseían están deterioradas, la autonomía y libre albedrío ya no tienen el mismo significado que antes, las amistades y seres queridos que son contemporáneos se pierden, entre otras cosas más.

No hay mayor tormento que la culpa, sobre todo cuando se ha pecado tan gravemente. La mayor condena de estos criminales no ha sido morir sino vivir. Condenar a la horca a Saddam Hussein sólo provocó que sus más fieles lo martirizaran y a sus ejecutores, los criticaran severamente. Para este hombre, la muerte fue una salida fácil, murió sin haber reflejado arrepentimiento porque sabía muy bien que los que lo condenaban eso esperaban de él, que se “doblegara”. No se logró ni una cosa ni la otra, sólo la desaprobación internacional de implementar la pena de muerte como una condena terrenal.

El ser humano promedio que ha cometido errores y que es impopular —por no decir despreciado o rechazado por otros— posee una condición que dificulta la calidad de vida, difícil de superar y que hace soslayar incluso hasta los más fuertes. Cuando una persona es hipersensible, llegar a sobreponerse es una tarea casi imposible y se ve obligada a recurrir a la ayuda de experimentar algún avance o alivio. Si fracasa, en el más extremo de los casos, suele recurrir al suicidio como vía de escape a las dificultades terrenales.

Eso fue lo que se proporcionó al dictador iraquí, una salida fácil que lo vende al mundo como un ser humano digno de compasión por la muerte dolorosa que enfrentó. En lo que a mí se refiere, puedo decir que el castigo fue benevolente porque se liberó de sus culpas internas y el repudio de todos los rincones del mundo. No obremos por la mano de Dios, sólo él puede decidir quien vive o quien muere. No debemos convertirnos en lo que condenamos.

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