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Noticias >> Opinión
Reelección indefinida
Porfirio Cristaldo Ayala
El autor es corresponsal de AIPE y presidente del Foro Libertario
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Si no existe un sólido Estado de Derecho que pueda garantizar las libertades individuales por sobre la voluntad de las mayorías, la reelección tiende a corromper las instituciones, pervertir la justicia y llevar a la tiranía. Los gobernantes reelectos concentran el poder y se vuelven los principales administradores de bienes y servicios; la tentación es tan fuerte que lleva a buscar la reelección a cualquier costo.

Asunción (AIPE).— Una característica que define al neosocialismo es el desmedido afán por la reelección presidencial indefinida. El proceso “legal” debe ser sancionado por una Asamblea Constituyente, como la que ofreció Hugo Chávez a su aliado y discípulo Evo Morales: bendición en una unidad militar sin la participación de la oposición y bajo la protección de una guardia pretoriana de campesinos leales al Gobierno. Pero, ¿qué sentido tiene la reelección legalizada en el seno del despotismo criollo?

Al igual que todos los déspotas, de izquierda y derecha, los neosocialistas anhelan “refundar el país” con una nueva Carta Magna, buscando el “hombre nuevo”. En general, los mandatos de presidente y de vicepresidente son de cinco años, aunque se permite la reelección consecutiva e indefinida. ¿Por qué forzar esta situación con referendos y consultas ahora que son numerosos los Estados que cuentan con este sistema?

Una razón es que como los antiguos romanos, un gobernante experimentado tendría mejores posibilidades de asegurar la paz y estabilidad a sus pueblos. No obstante, la idea ha chocado siempre con la sentencia de Lord Acton: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Una excepción notable fue Lucio Quinto Cincinato (siglo V a.C.), designado dictador por el Senado para liberar a Roma del peligro, luego de vencer a los enemigos del imperio dejó el poder y regresó a su arado. En Estados Unidos, 2,200 años más tarde, George Washington, triunfador de la guerra de la independencia y padre de la nación, entrega su espada al Congreso, se niega a ser rey, rechaza la reelección y vuelve a su granja.

“A esta República cualquier ciudadano debe poder gobernarla”, decía Washington. Pero Washington no era Hugo Chávez, ni Lula, ni Evo Morales. En países que desde hace muchos años tienen el mismo gobierno impera la voluntad de los gobernantes que se ubican por encima de la ley y, cuando necesitan, hacen la ley a su medida. Si no existe un sólido Estado de Derecho que pueda garantizar las libertades individuales por sobre la voluntad de las mayorías, la reelección tiende a corromper las instituciones, pervertir la justicia y llevar a la tiranía.

Los gobernantes reelectos concentran el poder y se vuelven los principales administradores de bienes y servicios; la tentación es tan fuerte que lleva a buscar la reelección a cualquier costo. Si antes los caudillos compraban los votos con dinero, los políticos actuales los compran con promesas de leyes, cargos y expropiaciones. La corrupción sobre la base de sobornos es más nociva que la corrupción política de los que buscan el poder mediante la reelección, como en el caso Chávez, Morales, Correa, Ortega, Kirchner.

Levantar esta excomunión exige eliminar toda posibilidad de reelección, y no sólo para presidente, sino también para legisladores y otros cargos electivos. El costo será la pérdida de la experiencia de los gobernantes, pero los beneficios serán mayores, pues acabará su nefasto primogénito: el “político profesional”, padre de políticas estatistas que promueven abusos, favoritismos e imposibilitan a los pueblos prosperar.

En realidad, el “político profesional” o de carrera es una contradicción de términos. La política no es una profesión ni una industria, sino una carga pública que los ciudadanos deben asumir, dedicando algunos años de su vida a trabajar por el bienestar del país. La remuneración por este “trabajo temporal” debe ser mínima, ya que no se trata de “atraer” a los mejores con elevados ingresos, sino a aquellos que demuestran espíritu de servicio, aptitud y honestidad.

El político profesional, sea presidente, legislador, o simple “operador de base”, es una persona que administra el poder, pero no produce para la sociedad. La reelección le permite vivir de la política, aunque a menudo de la política sólo se puede vivir y prosperar traficando influencias, robando fondos públicos y practicando el clientelismo. El temor está en que sin la reelección los políticos profesionales pronto quedarían desocupados y tendrían que conseguir un empleo, lo que aborrecen y temen notablemente.

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