Haciendo una tediosa y larga fila en un banco local, escuché una conversación entre un señor y un sacerdote. El señor se mostraba muy enojado y no ocultaba su indignación por cómo marchan las cosas en la política y la justicia. En un banco las conversaciones son poco comunes, todo mundo está apurado y ansioso por su turno.
Después de hacer severas críticas al Gobierno, el señor le preguntó al sacerdote su opinión y el padre le contestó: “Hay que orar por el señor presidente, si a su gobierno le va mal, todos la vamos a pasar mal, las decisiones que tome el mandatario, sean buenas o malas nos afectan a todos, pero creo que no sólo hay que criticar sino también reconocer lo bueno que pueda hacer y motivarlo a que lo siga haciendo porque si sólo criticamos lo malo no estamos contribuyendo a resolver los problemas sino que los empeoramos nosotros mismos. Eso no significa que renunciemos a defender nuestros valores democráticos, cívicos, morales y cristianos ante cualquier tiranía o represión”.
El señor le replicó entonces: “Ah, yo no sabía que usted era un cura danielista”.
No lo soy para nada, le respondió el joven sacerdote. Yo recuerdo la guerra, era muy pequeño, pero recuerdo las balaceras en mi barrio. La gente corría con sus pocas pertenencias hacia un lado y estaba de frente la guardia disparando, corríamos hacia otra dirección y estaban los sandinistas también disparando, vi caer y morir a muchas personas en medio del fuego cruzado y yo tirado en el suelo junto a mi familia en plena calle, con las balas volando sobre nosotros. Mi hermano fue al servicio militar obligado, a la fuerza y lo mataron. Mi padre murió de pena moral y mi madre nunca superó ese golpe y su vida desde entonces ha sido triste y apagada.
El hombre que le causó ese dolor a mí y a mi familia está otra vez gobernando en la presidencia, pero yo como religioso y hombre de Dios no puedo guardar rencor en mi corazón, sino entonces ¿cómo voy a hablar del amor de Dios ante mi pueblo?, ¿cómo voy a pregonar en público la reconciliación, el perdón y la paz, si en realidad no he perdonado a los que me hicieron un mal? Sería un hipócrita y un gran mentiroso.
Si yo pudiera ver de frente al Presidente le diría: “Aproveche esta segunda oportunidad que Dios le dio. Esfuércese por redimirse y enmendarse de los errores del pasado. Gánese la confianza y el cariño de la gente, aún de aquellos que lo adversan y lo critican, quizás con justa razón. Rectifique con los que ha ofendido y demuestre con hechos y actitudes su arrepentimiento. Demuestre la sinceridad de sus intenciones y no haga arreglos debajo de la mesa y de espaldas al pueblo en la oscuridad. De usted depende que bajo su mandato el país viva una bendición o un infierno”.
El señor agregó: “Con Ortega no puede haber debilidad ni negociación porque no tiene palabra y no cumple tampoco”.
En Nicaragua, refutó el padre, pareciera que dialogar es muestra de debilidad y temor, cuando en realidad es muestra de carácter y fortaleza. ¿Vamos a iniciar otra guerra?, ¿cuántos deben morir para que lleguemos a entender que la paz es un desafío permanente y la responsabilidad de todos los ciudadanos? Le aseguro que después de otra guerra vamos a terminar igual o peor que antes. No importa cuánto mal haya hecho el Presidente, Dios a su momento se encargará de hacer justicia y darle su merecido castigo. Pero a nosotros nos toca construir la patria desde el amor y la convicción cristiana, porque yo creo que si algo nos une a todos es la preocupación de llegar a tener una sociedad donde gocemos de paz, libertad y bienestar para todos.
Al despedirse del señor, el padre le dijo: “Feliz Navidad y que Dios lo bendiga”.