Dejando de lado el debate general sobre la celebración de Navidad, el 25 de diciembre, lo más importante es rescatar aquello a lo que apunta, cual es que Dios ofreció a su propio hijo como regalo a la humanidad. Según el libro del Génesis, Dios creó el mundo esencialmente bueno. Seis veces en el primer capítulo de este libro, se repite la frase, “y vio Dios que era bueno”, aplicada a la creación, y la séptima y última vez, dice: “Dios vio todo lo que había hecho y he aquí que era muy bueno”.
Esto incluía al ser humano. Sin embargo, la bondad original de la creación se deterioró cuando los primeros seres humanos se rebelaron contra Dios. Esto se conoce como “la caída”. Según se cuenta en el Génesis, el tentador de Adán y Eva fue “la serpiente”, la cual representa al Diablo o Satanás. Luego de la caída, Dios pronunció una enigmática sentencia sobre “la serpiente”: “Porque hiciste esto (…) pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y su descendencia; esta te herirá en la cabeza y tú le herirás en el talón” (Génesis 3:15).
Según la interpretación general de los teólogos cristianos, “la descendencia de la mujer” se refiere al hijo de José y María: Jesús, el cual nació en Belén de Judea como lo había anunciado el profeta Isaías 700 años antes de que ocurriera : “Por tanto, dijo Isaías, el mismo Señor os dará la señal: He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emmanuel que significa ‘Dios con nosotros’. De acuerdo con la creencia, este niño estaba destinado a morir por los pecados del mundo, a restituir la amistad entre Dios y la humanidad caída y a herir de muerte a ‘la serpiente’. Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; su nacimiento es el regalo de Dios para los hombres”.
Aproximadamente 30 ó 35 años después de que Jesús fue crucificado, uno de sus discípulos llamado Mateo escribió una breve historia de su vida la cual se conoce como Evangelio Según Mateo. En este libro, su autor reporta la tradición oral que él recibió sobre el nacimiento de Jesús: “El nacimiento de Jesucristo fue así: su madre, María, estaba desposada con José; y antes de que se unieran, se halló que ella había concebido del Espíritu Santo. José, su marido, como era justo y no quería difamarla, se propuso dejarla secretamente. Mientras él pensaba en esto, he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que ha sido engendrado en ella es del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo; y llamará su nombre, Jesús (o sea Salvador) porque Él salvará a su pueblo de sus pecados’”. (Mateo 1:18-21). Luego, Mateo hace la conexión entre este evento y la profecía de Isaías arriba citada, “todo esto aconteció para que se cumpliese lo que habló el Señor por medio del profeta diciendo: ‘He aquí, la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y llamarán su nombre Emmanuel, que traducido quiere decir: Dios con nosotros’”.
El mismo evangelio de Mateo relata la llegada de unos magos del oriente con obsequios para el niño-rey, cuya estrella habían visto. Los magos traían oro, incienso y mirra como regalos. En ese tiempo, el oro se regalaba a los reyes, el incienso era un perfume para las ceremonias religiosas y la mirra, un aceite para ungir a personas importantes. O sea que a través de sus obsequios, los magos agradecieron el regalo de Dios, adoraron al niño y reconocieron su autoridad como Señor y como Mesías.
Esta es, pues, la historia bíblica detrás de la celebración de la Navidad. Como se ve, es lógico que la ocasión se preste para que haya más actividad comercial, pues los parientes y los amigos se regalan entre sí, evocando la actitud de Dios, que “amó de tal manera al mundo que dio a su Hijo”. Es por eso que una Navidad sin regalos es inconcebible. Pero celebrarla sin recordar el don de Dios sería la mayor de las contradicciones.