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Orlando López-Selva
El autor es Máster en Ciencias Políticas
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La existencia de gobiernos de izquierda radical en Ecuador, Bolivia, Venezuela y la ya medio centenaria Cuba, no son indicativos de que el llamado socialismo del siglo XXI es fuerza liberadora que va a aniquilar la democracia en América Latina. El mundo marcha en una sola dirección y América Latina no es tierra de jupiterinos o humanoides excéntricos.

Estadísticas en ascenso no son verdades confirmadas; son sólo tendencias que pueden revertirse en cualquier momento. Es más, cuando tan firmes parecían la URSS, los países socialistas del Este europeo y los de la península Indochina, de repente, sin un solo tiro, o golpe de Estado de la CIA, se desplomaron. Simple. Se cayeron porque eran dictaduras. Los ideólogos fantasearon sobre falsas promesas y los gobernantes atropellaron a pueblos nobles.

Muchos revolucionarios se ufanan de que ahora las condiciones son distintas y que Chávez tiene mucho dinero. ¿Y cómo se pueden llamar revolucionarios los que se jactan de que un socialista tenga mucha plata? ¡Ahora ven de menos a Fidel! ¿Dónde están sus valores humanitarios y desinteresados, idealizados por el Che Guevara, que tanto pregonó liberar a los pobres del Latinoamérica de la riqueza de los burgueses explotadores?

¿Por qué más bien no ven que Chile, después de 17 años de dictadura está entre las economías más prósperas del continente? Mientras que Cuba, después de medio siglo socialista, sigue siendo un país de escasez y racionamientos. Y desde luego el discurso revolucionario lo justifica: “Es por el bloqueo inmoral y perverso de los Estados Unidos”. ¿Por qué en su discurso del 26 de julio pasado Raúl Castro pidió un nuevo sistema económico más eficiente y que dé para todos (y que aquí nos lo quieren imponer) y abrir un diálogo con los Estados Unidos, contra quienes despotrican segundo a segundo? ¿Cuántas veces se ha referido el presidente Bush a Nicaragua en un año versus el número de veces que lo mencionan a él y a su imperio capitalista y salvaje?

En los ochenta en Europa se sentía mucha simpatía por la revolución sandinista porque la mitad del Viejo Continente era socialista. Pero ahora desde Praga hasta el Báltico se tiene la certeza que la democracia, con todas sus imperfecciones, es mejor que cualquier socialismo que sólo subdesarrolla a los pueblos. Agreguémosle que los partidos comunistas de Europa Occidental, los países más desarrollados regionalmente del mundo, hasta el nombre se cambiaron y ya superaron la idea de destruir al capitalismo.

La existencia de socialistas moderados en Brasil, Uruguay y Chile es una opción más cercana al modelo socialdemócrata europeos que sí deja buenos frutos para las clases sociales desprotegidas, sin necesidad de dejarse expoliar la libertad o las pocas pertenencias heredadas o compradas con sacrificios.

Ya el socialismo no es de una sola vía. Hay más opciones aceptables por todos y para todos. Cuba no es el modelo que los economistas recomiendan; es el sistema que sólo los dictadores imitan.

Con todo y lo injusto que se perciban la globalización y el neoliberalismo, son soportes efectivos de la idea universal de que la democracia es insustituible para alcanzar el desarrollo. Nadie querrá desandar ese camino y virar hacia el empobrecedor marxismo. Baste un ejemplo. ¿Cuánto se ha desarrollado China al convertirse al capitalismo versus la vecina socialista, ortodoxa y paupérrima Corea del Norte?

El mercado luce más fuerte que los ideales porque es el centro de convergencias y deseos humanos: instintos, pasiones o ardides. Pero también permite la creatividad, el progreso material, el intercambio y la libertad. Adam Smith le ganó la batalla a Marx, aunque este último tuviera más imaginación. Pero Smith sí supo comprender la naturaleza humana con sus defectos y virtudes. Fue realista. Por eso el capitalismo perfectible es más perecedero que el idealismo dictatorial leninista. Porque permite la libertad, no la quita; da a cada quien según su esfuerzo, no reparte migajas; deja pensar y actuar, no impone. Se sustenta en la aceptación tolerante de las desigualdades humanas, no en la falsedad de igualitarismos paradisíacos.

Tortilla y circo no bastan. La historia nos enseñó bien una dura lección. Los paleosocialistas antes de llegar al poder prometen felicidad y paraísos. Luego de conquistar el poder, sumisión y sacrificios.

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