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Cada vez más caro: América Latina empieza a sufrir. ()
CRUDO AMARGO
La posibilidad de tener un barril de petróleo entre los US$ 90 y US$ 120 en los próximos años desafía a las economías de la región
Carlos Vasconcellos y Rodrigo Lara Serrano
São Paulo y Buenos Aires
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Cambios en matriz energética

Hay, sin embargo, una esperanza distinta a las energías alternativas para los países. Recientes avances en estudios del impacto del alza del petróleo (Why do oil prices shocks no longer shocks?, de Paul Segal, del Oxford Institute for Energy Studies) concluyen que es clave la interacción entre la política monetaria e impositiva de cada país (unida a su estructura industrial y el impacto microeconómico sectorial), para amplificar o anular los efectos de un alza violenta del crudo.

Dicho en otras palabras, políticas adecuadas pueden hacer que no sea inevitable una recesión con un barril a US$ 100 o US$ 120.

Tal vez sea enriquecedor que los gobiernos y el sector privado debatan el uso de estas nuevas evidencias, ya que, como dice Antonio Correa de Lacerda, de PUC-SP, el mundo tendrá que convivir con valores de energía más altos en los próximos dos o tres años: “El precio actual puede ser exagerado, pero no veo cómo revertir la tendencia al alza en el corto plazo”, porque “en el largo, el mundo va a necesitar cambiar su matriz energética”.

Cecilia Niezen, en Lima

La Historia tiende a ser injusta, pero no carece de sentido del humor. Que las mayores reservas de petróleo del mundo tiendan a estar en países hipercálidos -que no se han desarrollado pese a su acceso a combustible barato- hace que una sonrisa se encienda en los labios.

Algo parecido ocurre con la que será una de las frases más recordadas de los dos gobiernos del presidente brasileño Lula Da Silva: “Este descubrimiento prueba que Dios es brasileño”, dijo al confirmar que Tupi, un yacimiento de crudo gigante en aguas brasileñas, catapultó al país al ranking de los 10 mayores en reservas del planeta.

La felicidad del presidente Lula en particular y de sus compatriotas tiene que ver menos con el inquietante “nacionalismo teológico” que con la percepción —cada vez más generalizada— de que vivimos la madrugada del agotamiento del crudo. Tradicionalmente, los bandos estaban divididos entre los pesimistas que auguraban que se acercaba el momento en que la mitad del petróleo del planeta habría sido sacado de las profundidades, y los optimistas que decían que faltaba mucho para ello.

En los últimos meses surgió un nuevo bando: el de quienes afirman que nunca el mundo podrá extraer más de 100 millones de barriles diarios a costos bajos. Y, dado que las necesidades van a seguir creciendo, la era de los precios altos llegó para quedarse.

LOS BLOQUES

¿Cómo enfrentará Latinoamérica lo anterior? Sin duda, los efectos serán distintos según la disponibilidad de hidrocarburos.

Un primer grupo, integrado por Brasil, Ecuador y Venezuela, tiene reservas de mediano y largo plazo importantes. Otro, formado por México y Argentina, se autoabastece, pero no lo hará por mucho tiempo más. Y el tercero, donde militan las naciones de Centroamérica, Chile y Perú, ya vive su destino de importadores netos. Como respondan estos países podría ser fundamental para determinar las posibilidades de crecimiento.

En el caso de Brasil, el precio del crudo ha sido una barrera que los frustró al menos dos veces. En los 70 el primer shock petrolero puso fin al “milagro brasileño”. Y en la década siguiente, el segundo despegue de los precios perjudicó el crecimiento hasta mediados de los 90. Pero llegado este siglo XXI, el barril de oro negro escalando a US$ 100 ya no asusta tanto. Antonio Correa de Lacerda, profesor de Economía de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo, explica que el crudo ya no tiene el mismo peso en la balanza comercial: “El país importa poco petróleo”.

Los números lo confirman. Si en los años 70 Brasil importaba el 85 por ciento de lo que consumía, hoy produce casi todo el combustible que necesita. Importa sólo petróleo liviano para mezclarlo con el pesado y facilitar la refinación en las plantas locales.

Existe, también, un factor que ayuda a que el impacto sea más leve: la caída del dólar y el alza del real. La economista Marcela Prada, de la consultora Tendências, en São Paulo, explica que la apreciación compensa en parte el impacto del precio del barril en la inflación brasileña.

Más allá de eso, cree que el alza actual es exagerada y no debería durar mucho. “En principio trabajamos con un precio medio de US$ 75 para el barril en 2008”. Sólo alteraciones en el escenario geopolítico, como una invasión de Estados Unidos a Irán, o un invierno excesivamente riguroso en el Hemisferio Norte, podrían mantener la cotización en niveles elevados por más tiempo. “En ese caso habría más presión inflacionaria en la economía”.

Presión que no es similar para todos los países de la región. Brasil, al igual que México, Ecuador, Venezuela y, por no mucho tiempo más, Argentina, poseen las espaldas de una producción propia alta.

No es el caso de Centroamérica, Chile o Perú. En este último país, por ejemplo, el Gobierno emplea recursos del Tesoro público para evitar que los precios locales de hidrocarburos suban. Lo hace a través del “Fondo para la Estabilización de Precios de los Combustibles Derivados del Petróleo”, creado en 2004 para compensar las diferencias de precios entre el mercado local y el internacional.

En lo que va de este año, el Estado peruano ha aportado US$ 156.7 millones y ya se han solicitado al ministerio de Economía y Finanzas US$ 66.7 millones más.

FRÁGIL EQUILIBRIO

El sistema no es suficiente. De acuerdo con el Banco Central de Reserva del Perú (BCRP), los precios internos de combustibles al consumidor final han aumentado en 6.4 por ciento en el año. Una situación preocupante en un país que importa de 60,000 a 70,000 barriles diarios de crudo y otros combustibles, cerca del 50 por ciento del consumo nacional total, que asciende a 150,000 barriles diarios.

Según Aurelio Ochoa, analista peruano en temas de hidrocarburos y director de la consultora Energie Consult, la balanza comercial del sector, el año pasado fue deficitaria en US$ 970 millones. En 2007, por el incremento de los precios, el déficit podría superar los US$ 2,000 millones. La diferencia se debería, en parte, a que Perú exporta crudo, que no vale mucho, e importa petróleo liviano, que cuesta el doble.

Para Ochoa, el Fondo no funciona porque “es un subsidio a las refinerías” y sus beneficios no llegan a los consumidores, por lo cual el problema no se resuelve. Además, el cálculo que hace el Estado peruano para fijar un precio referencial se basa en la simulación de traer el crudo u otros combustibles desde el Golfo de México (el petróleo WTI y otros combustibles cotizados en Nueva York), cuando en realidad el petróleo y otros combustibles más baratos se importan de Colombia, Ecuador y Venezuela.

Ante el constante incremento del precio del petróleo, el Gobierno está evaluando tomar otras medidas combinadas con el Fondo de Estabilización, como reducir el Impuesto Selectivo al Consumo (ISC) a los combustibles.

El mayor problema, sin embargo, radica en que la producción nacional de petróleo no aumenta, a pesar de existir potencial. De acuerdo con Ochoa, la producción de petróleo en Perú está estancada y con tendencia a disminuir por falta de inversión en el sector.

Algo parecido ocurre en Argentina. “Se dice que en dos o tres años el país debería estar importando petróleo”, cuenta Dante Sica, director de la consultora Abeceb. Como, por ahora, es un exportador y el Gobierno aplica un impuesto a la salida del petróleo.

México parece el país con mayor ceguera. Con reservas que podrían agotarse en nueve a 10 años (es la segunda fuente de petróleo de Estados Unidos) y alrededor del 40 por ciento de los ingresos gubernamentales ligados al petróleo, el barril a US$ 110 o US$ 120 le inyectaría una dosis de “azúcar” a su economía, para encontrarse con una crisis de abstinencia y un desastre presupuestario cuando deje de percibir ingresos por la exportación y tenga que empezar a comprar energía.

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