Ocho siglos antes del nacimiento del Salvador, el profeta Isaías (11,2), nos anunció el nacimiento del Mesías que sería lleno de los dones del Espíritu de Dios. Se enumeran seis: (sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, temor de Dios) y para completar los siete, la tradición de la Iglesia propuso el don de la piedad.
Un don es un regalo que viene de Dios y que debe ser utilizado no solamente para beneficio propio, sino para toda la comunidad.
La sabiduría es la contemplación, la admiración por todas las cosas creadas. Pero ya los antiguos, decían que se había perdido el sentido de la admiración, y debemos recuperarlo para poder descubrir en todo un poco de la hermosura de Dios. Sabiduría es preferir amar a pretender tener siempre la razón.
El entendimiento, que es sinónimo de inteligencia, significa leer por dentro. En la gran mayoría de las ocasiones, ya sea que se trate de sucesos positivos o aún más, negativos a nivel humano, nos quedamos en lo superficial. Al leer por dentro los acontecimientos de nuestra historia, por trágicos que parezcan descubrimos que todo sucede para bien de los que ama Dios. Es ver el mundo y los acontecimientos de la historia con los ojos de Dios.
La ciencia es tener una escala de valores, en donde Dios ocupe el primer lugar en nuestras vidas. Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Si nuestro sol es Cristo, y en toda circunstancia pensamos; ¿qué haría Jesús en este momento?, actuaríamos conforme a su voluntad. El don de ciencia nos da una visión amplia para no caer en fanatismos ideológicos o religiosos, para dar razón de nuestra fe frente a tantas propuestas religiosas que el mundo de hoy nos ofrece.
El consejo es orientar, guiar pero a la luz de Dios al hermano que se encuentra en situaciones de encrucijada. Pero un consejo iluminado por el Espíritu Santo, porque también se pueden dar consejos que pueden venir del mal. Un buen consejo dado a tiempo puede cambiar una vida. Un buen consejero no da consejos, orienta decisiones.
La fortaleza es el ancla que hace que la barca de nuestra propia vida permanezca firme en el mar de la existencia. Aunque se levanten olas, arrecie el huracán, aparezcan las tormentas, podemos decir, como el Apóstol Pablo: “Todo lo puede en Cristo que me fortalece”.
El temor de Dios. Que no es terror a Dios. Él es solamente amor. Es la sagrada reverencia de creer que Él habita en cada uno de nosotros. De allí el respeto por la dignidad del ser humano y por la creación.
La piedad. Es la ternura. No es tener únicamente actitudes externas de devoción que son buenas. No se trata de una manía y repelente por prácticas religiosas, sino una orientación alegre hacia las cosas de Dios, que no “empacha” a los demás, sino los motiva y anima a buscarlo. Como es de sanadora una palabra de cariño, de aliento y sobre todo de seguir proclamando que la mayor ternura de Dios, es Jesucristo, el Emmanuel, el Dios con nosotros, amor que se ha hecho niño y renace cada Navidad en nuestros corazones.
No hay que buscar los dones del Espíritu Santo de manera extraordinaria o espectacular, sino en la intimidad de la vida familiar, comunitaria o en una amistad bien llevada que se orienta según el querer de Dios.
Que la proximidad de la Navidad nos haga vivir el pleno sentido de una vida en Cristo.