Rasurados en secreto
escondemos nuestros rostros
en los
de las almohadas
para ocultar arrugados párpados
gruesos y amarillos que se imponen
como curtidos trasplantes de carnaza
sin poder evadir la angustia que nos brinca
en el cuerpo de una rata cruda y pegostiosa
que en el carbón del delirio
se aferra a remarcarnos
la mordedura de la oreja
mordida de su carcajada.
Porque no podemos disimular nuestra basura
esconder la pila de cazuelas en gangrena
las manos tiznadas y caniculares del hostigamiento
las sonrisas que son dedeos
adulaciones aguardientosas
que destrozan como perros las ventanas.
Nos sabemos prepotentes corruptos abusivos
con el desplome paranoico del cerebro de las moscas
nos sabemos pestilentes
como el latido en las pantaletas
embarradas de feto seco.
Simples
degradables
con la camisa de fuerza planchada en el baúl
(el anímico llanto ya no nos conmueve)
somos ofensivos porque no
convivir con el rechazo.
Nosotros sabemos del rechazo
porque nos conocemos en secreto
dueños, de las carreolas negras.