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Don Eustaquio y doña Gilda, junto a Maruca, Julia, Tono, Humberto, Alfonso y Mario fundadores de la familia Salvo Lazzari. (LA PRENSA /J. ORTEGA)
La Casa salvo
Una semblanza histórica de la familia Salvo y cómo era la vida de estos habitantes en la vieja Managua
Róger fisher

A finales de los años cuarenta, cuando se inició la pavimentación de Managua, la Casa Salvo ya estaba construida. Era una hermosa casona de dos pisos, llena de puertas y ventanas, alta, a solo cuatro cuadras de la Roosevelt sobre la calle del Cine Trébol y apenas a dos cuadras de La l5 de Septiembre y de la Sala Evangélica.

Managua entonces estaba aprendiendo a ser ciudad, aunque ya existía el Club Terraza, en el edificio Pellas. El Estadio en vías de construcción, el Club Managua, el Gran Hotel y algunos edificios y cines llamados teatros, tales como El Tropical, donde pagábamos luneta y saltábamos a palco, cuando se apagaban las luces para podernos acercar a la novia de turno.

La Casa Salvo nunca cerraba sus puertas, siempre estaban abiertas al cariño y a la amistad de todas las edades, pues los Salvo, una familia grande, tenían hijos y nietos y amigos viejos, jóvenes y niños. Don Eustaquio y Doña Gilda, italianos, habían vivido en Honduras y de esas tierras del norte, decidieron afincarse para siempre en Nicaragua.

Yo conocí a los Salvo en La Quijada, ahora Pochomil, donde los Salvo fueron sus fundadores y año con año, construían grandes “enramadas” frente al mar. Una Semana Santa de 1948 me enamoré de una chavala guapa, ojos verdes, piel canela, prima de los Salvo Labreau y habitante de aquella casa que desde entonces, todos y cada uno de los Salvo pasaron a ser parte de mis afectos.

Don Eustaquio Salvo y Doña Gilda Lázzari fueron el tronco de una hermosa y respetable familia nicaragüense. Don Tino Bermúdez, jovial, chispeante, bailarín de sones nicas y buen jugador de póker, era el esposo de Doña Julita, un amor de mujer, fina, dulce, servicial, prudente y mamá de Arturito Bermúdez Salvo, afable, tranquilo, trabajador, brazo derecho de Poncho, su tío. Precursores de las empresas de la construcción, de la cal empacada y del cemento. La Nena y Aída, fueron las hermanas de Arturo. La primera, un encanto de persona: dulce, sencilla, tierna, que en aquella época disputó la corona de Miss Pacífico con María Adelina Recalde. Aída la menor, tímida, bondadosa, de una gran religiosidad; es madre del destacado periodista Eduardo Enríquez. Arturito emigró a El Salvador y murió “el día que le tocaba” por hacer una llamada telefónica, desde un aparato donde se escondía la araña que le picaría mortalmente.

Humberto Salvo Lázzari fue el esposo de Margarita Labró, padres de Rolando, Cesar y Armando con quienes jugábamos hand ball en la calle a pesar de las quejas de mi novia, los aguaceros y la ropa enlodada. Los gemelos René y Humberto, Margarita y María Eugenia se fueron sumando a la familia. Humberto fue Gerente de Empresa Nacional de Luz y Fuerza y su esposa, nieta del Mariscal Xatruch, personaje de gran trayectoria en la Guerra Nacional y cuyo apellido mal pronunciado, es el origen del término “Catracho” con que conocemos a los hondureños. Doña Adriana Xatruch viuda de Labreau, era la suegra de Humberto viejo y abuela de Nidia. De belleza especial ya venerable anciana, me hizo solicitar “la entrada formal” para poder ser el novio oficial de su nieta, y a mis 16 temerarios años, de saco y corbata, llegué a solicitar con rostro de ajusticiado, su permiso oficial.

Poncho y Wicha eran los Salvo-Selva. Padres de Hilda de Griffith, la siempre bien recordada Auxiliadora, muerta trágicamente en un accidente automovilístico, Alfonso hijo y María Mercedes. La Constructora Salvo fue pionera de la construcción nicaragüense. Poncho, un hombrón de buen corazón e inmensa sonrisa, me impresionaba por las grandes bolsas de sus pantalones, donde le alcanzaban los cuadernos de las planillas y otros apuntes. “Salvo Construye” eran rótulos que en una época se veían frecuentemente por las calles del viejo Managua.

Doña Maruquita Salvo, como cariñosamente le decíamos, junto al inefable Don Guillermo, eran el matrimonio perfecto, siempre amables, siempre educados, siempre en su lugar. Atendían su mayoreo y detalles de cigarrillos, chicles y golosinas. Dulces como los dulces que distribuían, así eran los papás de Memo Maltez; Yolanda, esposa de Alejandro Bermúdez y Gloria, la de Luis Tellería.

Toño era todo un personaje, ingeniero, hacía sus cálculos matemáticos desde Noche Criolla, su cantina predilecta. Los chavalos le decían “sobre las olas”, por su mecido andar, provocado por dolorosos juanetes. Poseedor de un mohín particular, soñaba con su mundo de Quijote solitario, sin armadura y por lanza en ristre siempre su mano generosa extendida a los amigos.

Mario Salvo era el cumiche, esposo de la Pinita Horvilleur, trabajaba como ingeniero eléctrico, dando servicio a varias empresas de Nicaragua pero traveseaba con paletas, y helados, con mirada visionaria, con la certeza de cambiar lo tradicional, por algo más moderno, sabroso y oportuno. Tenía un cuarto de refrigeración en una esquina pintada de azul y blanco en la misma calle de la Casa Salvo. Un día nos reunió a todos y nos llevó a degustar su gran invento... una deliciosa paleta de chocolate rellena de helado de vainilla. Todos, encantados, saboreamos el primer Eskimo que se producía en Nicaragua. Mario y la Pinita fueron creciendo con tesón e inteligencia. Por el edificio Ramírez Goyena construyeron su casa y primera planta de producción. Después abrieron El Restaurante El Eskimo por el teatro Salazar, y construyeron también una serie de bonitas casas, diferentes, con buen gusto que alquilaban para aumentar su patrimonio. Mario y la Pinita siguieron creciendo, formando a sus hijos como profesionales, trabajadores y creativos. Recuerdo a Lucía a cargo de las ventas y en la caja siendo aún niña. Mario y Pinita siguieron creciendo, hicieron el nuevo restaurante a la par de su planta productiva. Y “familiudos” como todos los Salvo, construyeron su complejo de viviendas en la Carretera Sur. Lo mejor que hicieron Mario y Pinita fueron sus propios hijos... Lucía, Enrique, Roberto, Mario, Doria y Regina, herederos de la Casa Salvo, donde las puertas nunca se cerraban, igual que ahora siempre abiertas al cariño, a la amistad, a la bonhomía. Los años han pasado, ya no celebramos el siete de diciembre en coches de caballos descapotados y adornados con chimbombas de todos colores, ya no vamos a las misas del Perpetuo Socorro, ya no compramos los regalitos de Navidad donde la Matilde Uriarte. Ni vamos al matiné del Cine Darío, ni comemos repostería de El Verdi, pero sí recordamos como el primer día a la Casa Salvo y a sus habitantes, a aquellos viejos de ayer, a aquellos viejos de hoy que crecimos admirando la simpatía y cordialidad de una familia inolvidable.

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