Veinte Mujeres Abandonadas, Catorce Hombres, Un Perro y Un Chocoyo, más algunas referencias de las que lectores se darán cuenta, es el nuevo libro de Rafael Vargarruiz, escritor y cineasta nicaragüense, que en esta oportunidad nos entrega una especie de catálogo de variables del amor, el dolor y las despedidas con destino al que sus personajes recurren: la muerte, recurso caprichoso del autor empecinado en desenlaces nada felices hasta formar un cementerio de amantes y aviones siniestrados.
En total son treinta historias escritas en poemas y narraciones que asumen como pretexto letras de canciones seleccionadas en una rokonola por el susodicho personaje que se instala a partir de las siete y treinta y cinco en punto de la noche en la cantina Zandor’s Drinke, lugar imaginario, donde el tiempo se congela y adquiere cualidades dislocadas y elásticas en un trayecto nocturno y etílico, con sonrisas rutinarias de meseras que circundan la inventiva del autor-personaje artificioso, como para hacer más livianas las frustraciones o decepciones de amor, escuchando: ¡Amor Mío!, ¡Abrázame!, De Quererte Así, La Gata Bajo la Lluvia, Bésame Mucho, Me Vas a Extrañar, Un Gran Amor y Nada Más, Por Ti Volaré, A Mi Manera, etc., que dan título a las historias.
Mientras en El Decamerón, de Boccaccio, diez narradores evaden el peligro inminente de la muerte contando cien historias en diez días, destacando lo sensual y erótico, la vida al aire libre, los juegos y devaneos amorosos, en el libro de Vargarruiz nos encontramos, al fin y al cabo, con un autor-personaje caprichoso, mentiroso y obstinado en el amor y el romance en circunstancias tortuosas, despedidas dolorosas, ausencias, añoranzas, suicidios, esperas eternas y la fatalidad. Aquí no se evade a la muerte sino que ésta aparece repentina y desafiante en cada delirio creativo de la ingesta espirituosa.
Casi todas las historias están marcadas por la presencia de un avión que resulta siniestrado, símbolo y también personaje, metáfora del irse lejos, quizá huida, renuncia u olvido. Como en La Carreta (1932), del uruguayo Enrique Amorim (1900-1960), donde los personajes son arrastrados —por este medio de transporte que da título a la novela— hacia un destino incierto, quizá buscando una felicidad efímera en un panorama de miseria y desconsuelo.
También lucen metafóricos los desenlaces de estas historias, donde las rupturas, desilusiones y decepciones, dolores y heridas, insatisfacciones e irrealizaciones, la falta de plenitud existencial resultan ser un desastre, como si todo lo humano condujera a un destino irónico, ridículo y absurdo reñido con la felicidad. Así se explica la espera a quien jamás llegará, a no ser en un intento de regresión del tiempo en presente ilógico desde la perspectiva del sufriente frente a una botella de guaro, abrazado por la depresión y el zumo lacerante de las melodías, desgarrándose con recuerdos intemporales y distante de buenos deseos y del buen amor, porque la vida se ha tornado superficial y cosmética, confundiendo felicidad con posesión material y consumismo. A la postre, el gran fracaso.
Veinte Mujeres Abandonas… es irreverente al relato de Happy End, se ubica al margen de la linealidad y hace uso de recursos contrariados del humor, constituye una especie de burla al amor trillado, cursi y sensiblero, de ahí su toque de locura y lujuria, desamor y despecho, infidelidad y traición, ardores homosexuales, sacerdotes arrebatados en sexo, el crimen atroz y calculado, pasión y muerte. Por eso, al autor se le pegó la regalada gana de no dejar personajes sin cabezas, que como perfecto asesino en serie hasta les inventó un cementerio, así como al susodicho que entra y sale de la misma cantina a la hora de siempre, convencido que sus víctimas resucitan cuando la mecánica del reloj se paraliza. Entonces aparece angustiada y confundida María Mercedes Encarnación, repartiendo su carta en las calles de Managua como un fantasma.
El tiempo está planteado en dos planos. El primero, la totalidad de la obra, que tiene como universo el conflicto mental y existencial del susodicho, cuyo efecto temporal no va más allá de las horas detenidas en melodías que se transmutan en historias, connotando sufrimientos y fracasos. El segundo, la parcialidad contenida en la obra, cada historia es el clímax crítico de una composición musical, con sus ambientes y enredos temporales que explotan circunstancias y conflictos humanos.
Los relojes, ausentes o detenidos en paredes imaginarias, se presentan como símbolos de los intersticios creativos del Zandor’s Drinke, o de cualquier cantina, donde tan sólo al entrar, a las siete y treinta y cinco en punto de la noche, se experimenta la digresión del tiempo, y como en la rokonola, una tras otra, se imponen canciones que hacen ladrar al perro, volar al chocoyo y que al nuevo susodicho esperando turno —usted, él, aquél o yo— lo busque desesperada la Paquita del Barrio con su Rata de dos patas. Otra variable del amor aunque no sea bolero ni balada. Y adiós avión, de lejos.