Nicaragua y sus pobres tendrían mucho que ganar si sus actuales dirigentes políticos leyesen el libro Cuentos Chinos, de Andrés Oppenheimer, el galardonado periodista argentino que recientemente visitó Nicaragua. Su obra da a conocer las experiencias de aquellos países que han tenido el mayor éxito en reducir la pobreza en las dos últimas décadas.
Uno de los principios de la sabiduría es aprender de los mejores. En su búsqueda por encontrar los secretos de la prosperidad social, Oppenheimer no recurrió a teorías ni ideologías. Sencillamente visitó los países más exitosos e indagó lo que habían hecho.
Una de sus noticias más optimistas es que la pobreza puede ser reducida y derrotada más rápidamente de lo que todos sospechamos. Sociedades que, por razones culturales o demográficas, se creían irremediablemente condenadas al atraso han dado ejemplos espectaculares. Irlanda, que apenas hace doce años era “la cenicienta” de Europa occidental, con una población deseosa de emigrar, hoy es uno de los países más ricos del mundo. La India, que en 1991 era la nación de las castas tradicionalistas y de los moribundos callejeros de Calcuta, ha entrado desde entonces en un acelerado proceso de modernización que ha sacado de la pobreza a doscientos millones de sus habitantes. ¡Un millón por mes! Los chinos continentales, que sufrían de hambrunas espantosas en la década de los cincuenta, hoy están en vías de alcanzar el ingreso per cápita de los Estados Unidos, antes de que envejezcan sus adolescentes.
En sus viajes a Europa, Asia y América Latina, Oppenheimer descubrió muchos casos semejantes: Polonia, República Checa, Chile, etc., aunque también se topó con países cuyos pobres apenas disminuyen y que en lugar de construir un futuro de bienestar están contando “cuentos chinos”.
¿Qué diferencia a los países exitosos de aquellos empeñados en contar tonterías?
Aunque la variedad entre los países exitosos visitados por Oppenheimer es muy grande —unos son inmensos y otros pequeños, unos autoritarios y otros democráticos—, todos comparten entre sí un poderoso común denominador. El más notable de todos es ser imán para las inversiones. Factor a su vez ligado a otros unánimemente presentes: apertura a la economía mundial, priorización de la educación y continuidad o estabilidad política.
Los países que se han quedado atrás tienen de común exactamente lo opuesto. Han ahuyentado a los inversionistas y, en diverso grado, han obstaculizado el comercio internacional, descuidado la educación e incurrido en lo que Oppenheimer llama la enfermedad de los “bandazos”, esa propensión, medio mesiánica y medio narcisista, de tantos caudillos, a querer refundar cada tanto tiempo la república.
La esperanza de mejoría de los pobres de Nicaragua depende de la medida en que sus dirigentes aprendan las lecciones de los exitosos. El nivel de empleo y remuneración de los nicaragüenses podrían aumentar rápidamente, sólo si la clase dirigente se obsesionase por hacer de este el país centroamericano más atractivo para hacer negocios. Lo único que de verdad puede acabar con la miseria es que miles de inversionistas encuentren mayor seguridad y rentabilidad aquí, que en Costa Rica, Panamá u Honduras.
Todo lo demás son cuentos chinos. Los CPC, las reformas constitucionales parlamentaristas y reeleccionistas, los programas hambre cero y otras ocurrencias similares, en el mejor de los casos no espantarán inversionistas. Pero en ningún caso serán capaces de crear las condiciones para que ciudadanos y corporaciones con recursos concluyan que Nicaragua, y no los países vecinos, es el mejor lugar para sus negocios.
Crear esas condiciones, enfocar los esfuerzos no en aumentar cuotas o mecanismos de poder, sino en hacer de Nicaragua un país más atractivo que los demás —porque hay seguridad y estabilidad, porque funciona la justicia y se cumplen las leyes, porque el Estado facilita las cosas y es amigo de los empresarios—, es la única forma de sacar adelante este país y es un imperativo de caridad. Las principales y más indefensas víctimas del desatino de los demagogos no son los ricos, sino los pobres. Los primeros pueden, con un clic de su mouse (ratón), transferir en segundos su plata a regiones más hospitalarias. Los segundos son pobres en pan y en opciones; les queda emigrar o rebelarse.
El hambre cero y el desempleo cero —o casi cero— pueden ser realidades. Eso lo demuestran varios países del mundo moderno. Pero sólo puede lograrse con lo que presenció Oppenheimer: inversión, inversión y más inversión. Quienes con sus políticas las promueven son amigos de los pobres. Quienes con sus acciones o palabras las espantan, son sus peores enemigos. Aunque se vistan de ovejas.