LA DESPEDIDA
No está de estreno esta semana ni es el título de alguna película que se esté filmando. Aquí no hay trucos, ni segundas partes ni efectos especiales. Es el adiós. Dejo esta columna así como el periódico en el que me formé como editor y en el que pasé los últimos ocho años en correrías de la hora del cierre, en escoger las mejores fotos, el titular adecuado, la entrada precisa y el lugar indicado para llevar la nota o el reportaje.
Donde me desayuné la caída de las Torres Gemelas, la de Saddam Hussein, donde observé el sentimiento de miles de personas en el mundo por la muerte de Papa Juan Pablo II, de Augusto Pinochet, aquél catastrófico maremoto que mató a 250 mil personas, la devastación de Katrina, de Stan, del Beta y de Félix, la enfermedad de Fidel, las dos últimas elecciones presidenciales en Nicaragua, una cantidad de eventos que me estremecieron y me dieron la oportunidad de llevarlos a los lectores a como lo hice en cada una de las decenas de cintas que fui a ver.
Anduve en barco, en el espacio, en naves espaciales, con un niño mago y un enano loco por un anillo, un pirata demente, con un todopoderoso, con Nicole y sus fantasmas, Nicole y Virginia, Nicole y el virus, tantas veces con Nicole, con asesinos, románticos, aventureros, trapecistas, escaladores, espías, soñadores, entrenadores, aviadores, conservadores, alquimistas, perseguidos y perseguidores, talentosos y mentirosos, una convención de grandes personajes que se fueron sumando cada jueves para darles un poco de humor, de cariño o rechazo, en un acto de calificar películas por intuición más que por profesión porque he sido amante del cine no especialista del cine.
Hoy me despido de aquellos que acudían cada jueves a consultar los tantos perros calientes que recetaba, de quienes nunca estuvieron de acuerdo conmigo o que se jalaban los pelos de desesperación, de los indiferentes y de cualquiera que por allá leía la columna.
Estos años fueron hermosos llenos de incontables retos, satisfacciones, desvelos, deshoras, fines de semanas y feriados trabajados, y claro, de muchas decepciones, de enojos, de temores, de ese montón de sentimientos aprisionados para que no me saltaran en las narices, años de aprendizaje, que no fueron en vano porque viví el mundo del periodismo desde la calle, el barrio hasta pasar por cada uno de los procesos antes de llegar a ustedes, los lectores, esos fieles que buscan todas las mañanas el periódico para bañarse del nuevo mundo que les ofrecemos.
Y en esta despedida agradezco a quienes me dieron la oportunidad de permanecer ocho años en LA PRENSA creciendo y ampliando mi horizonte como editor de varias secciones y en el HOY al mando de Nacionales e Internacionales para aportar al diario trabajo de hacer noticias e intercambiar ideas con otros periodistas porque las ideas son la colmena que siempre debe estar llena.