La oposición democrática de Nicaragua tiene la ventaja —con respecto a la de otros países iberoamericanos que son gobernados en forma parecida a la de aquí—, de contar en la Asamblea Nacional con una mayoría suficiente para legislar. Y cuenta también con el respaldo mayoritario de una población que ha rechazado de manera sistemática y categórica a Daniel Ortega en las elecciones presidenciales de los últimos 17 años, incluyendo las del año pasado, las cuales sin embargo las ganó el actual titular del Ejecutivo gracias al pacto con Arnoldo Alemán que le permitió alzarse con la victoria con sólo el 38 por ciento de los votos.
Ahora Ortega se está imponiendo a la brava sobre la mayoría de la Asamblea Nacional y de la población, no sólo por el apoyo de magistrados y jueces del Poder Judicial que son mayoritariamente orteguistas —también gracias al pacto de Arnoldo Alemán—, sino además porque la oposición luce incierta y errática, sin una estrategia de lucha política y parlamentaria clara y eficaz. Al parecer a la oposición le hace falta un buen asesoramiento jurídico y político. Por esa carencia se muestra a la defensiva ante las marrullerías del orteguismo, que es sumamente hábil para retorcer la ley y manejar las oportunidades de asestar sus golpes de mano y de efecto, en contra de la oposición y en perjuicio de la quebrantada institucionalidad democrática del país. Incluso el Partido Liberal Constitucionalista (PLC), que es el sucesor político del somocismo y por lo tanto heredero de sus mañas y artimañas, hasta ahora sólo ha utilizado ese legado para favorecer a Daniel Ortega mediante el pactismo. Esto le ha permitido participar en el reparto del botín del Estado pero ha sido incapaz de enfrentar, neutralizar y derrotar las estratagemas del orteguismo, ni siquiera cuando atentan contra los intereses del mismo PLC.
Los dirigentes de la oposición democrática deberían aprender de las experiencias y de los estrategas políticos de otros países, en donde los pueblos también están enfrentados a gobernantes y proyectos antidemocráticos, como el de Daniel Ortega en Nicaragua. Un excelente maestro de la estrategia política, con mucha experiencia tanto militar como política, es sin duda el general retirado venezolano Raúl Baduel, ex Ministro de Defensa y ex jefe de las Fuerzas Armadas de Venezuela. Baduel fue compañero de promoción de Hugo Chávez en el ejército, en 1971, y en los años ochenta formó parte del grupo de 4 militares que creó el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, que posteriormente daría vida al Movimiento Quinta República (MVR), partido con el que Chávez logró la Presidencia de Venezuela. Baduel dirigió la operación militar en abril del 2002 para restaurar en el poder a Hugo Chávez, pero ahora es uno de sus más fervientes opositores y contribuyó de manera decisiva a la trascendental derrota chavista en el referendo constitucional recién pasado.
Baduel aconseja a las fuerzas democráticas de Venezuela, que después de derrotar a Chávez en el referendo deben movilizarse por una asamblea constituyente, obviamente que para sacarlo del poder. “Una vez que se conquista un objetivo, no es tiempo de desmovilizarse, ni tiempo de echarse a dormir. ¡Es tiempo de consolidar el objetivo!”, advierte Baduel. Y agrega que: “No hay tiempo para descansar. A Dios rogando y con el mazo dando. No se trata de conquistar un objetivo e irnos de vacaciones, se trata de consolidar el objetivo y la invitación es a que sigamos haciendo más fuerte el muro infranqueable que ya construimos el 2 de diciembre”.
Cabe señalar al respecto que precisamente un grave error de la oposición de Nicaragua en el caso de los CPC, fue que no consolidó el objetivo logrado con el rechazo al veto de Daniel Ortega. O sea que no mandó a publicar la ley derogatoria de los CPC cuando el presidente orteguista de la Asamblea Nacional, René Núñez, se negó a hacerlo, en desacato a la Constitución, por lo cual debió destituirlo.
Pero con Ortega no cabe la política de contemplaciones. Los políticos democráticos entienden de buenas razones, pero Ortega no es un demócrata. Con este hay que jugar decididamente al golpe y el contragolpe, procurando siempre golpearlo antes de que él asuma la iniciativa. La dirigencia opositora debería estudiar el comportamiento de Daniel Ortega durante su primera dictadura, en los años de 1979 a 1990. Comprenderían que Baduel tiene razón y tal vez harían las cosas como este lo aconseja.